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| 5/7/2011 12:00:00 AM

La madre misteriosa

Casi todo el mundo conoce el pasado africano de Obama, pero muy pocos saben sobre su madre: una mujer blanca y revolucionaria que estaba segura de que su hijo haría historia. Un nuevo libro revela su vida.

Antes de que Barack Obama siquiera pensara en presentarse a unas elecciones presidenciales, fue su mamá, Ann Dunham, quien supo que algún día ocuparía la Oficina Oval: "Es tan brillante -solía decirles a sus amigos- que puede hacer cualquier cosa en el mundo, incluso ser presidente de Estados Unidos". Siempre presumía de sus logros con sus compañeros de trabajo y repetía, medio en broma medio en serio, que su hijo era una mezcla entre Albert Einstein, Mahatma Gandhi y Harry Belafonte.

Obama, por su parte, se refiere a ella como una mujer de Kansas, "blanca como la leche", que se enamoró de un keniano seis años mayor. En Sueños de mi padre, sus memorias, el hoy presidente reflexiona sobre la influencia que tuvo su papá en su vida y deja a su mamá relegada a un segundo plano. Durante los comicios de 2008 ocurrió lo mismo, pues el pasado africano del entonces candidato demócrata ocupó los titulares de medios en todo el mundo y casi nadie se acordó de sus raíces blancas. En ese entonces, la mayoría de perfiles hablaban de Ann como una simple estudiante de Antropología que poco había tenido que ver con la educación de su hijo, mientras que los tabloides la pintaban como una madre desalmada que lo dejó en manos de su abuela cuando tenía 10 años.

Consciente de las versiones distorsionadas que han circulado sobre Ann, la periodista Janny Scott se dio a la tarea de reconstruir la verdadera historia. Para eso, dejó su trabajo en el diario The New York Times y, durante dos años y medio, se dedicó a entrevistar a más de doscientas personas que la conocieron. El resultado de la investigación es A Singular Woman: The Untold Story of Barack Obama's Mother, un libro publicado en Estados Unidos la semana pasada, en el que Scott revela detalles inéditos de la infancia del presidente y de la relación con su mamá.

"Describirla como una mujer blanca de Kansas resulta tan esclarecedor como decir que su hijo es un político al que le gusta jugar golf", escribe con ironía en el libro. Ann fue una mujer revolucionaria para su tiempo. Se casó con un negro cuando el matrimonio interracial estaba prohibido en la mitad de los estados gringos y, años más tarde, se enamoró de un indonesio con el que se fue a vivir a su país cuando recién terminaba la sangrienta campaña anticomunista. Se divorció de ambos y, a pesar de lo difícil que resultaba ser madre soltera, logró sacar adelante a Barack y a su hija menor, Maya, sin descuidar su profesión.

Otro aspecto que la diferenciaba de las mujeres de su generación era que su primer nombre era masculino: Stanley. Su papá, un vendedor de muebles, siempre había querido tener un niño y no le importó que su hija se llamara como un hombre en una época en que el movimiento feminista no había despegado aún. Pasó la mayor parte de su infancia viajando hasta que su familia decidió instalarse en Hawái. Sus compañeros de colegio la recuerdan como una estudiante brillante, que le huía al compromiso. Por eso se sorprendieron cuando supieron que se había casado a los 18 años.  

Su historia de amor con Barack Obama padre, el primer africano en ingresar a la Universidad de Hawái, empezó en una clase de ruso. Contrajeron matrimonio en febrero de 1961 y, al poco tiempo, él se fue becado a Harvard. Ella se encargó sola de la crianza de su bebé. El plan de su esposo era llevárselos a Kenia una vez terminara su doctorado, pero Ann no quería. Entonces le pidió el divorcio y retomó sus estudios. Como no trabajaba, tuvo que sobrevivir con cupones alimenticios del Estado. Sus papás le ayudaban a cuidar al pequeño Barry, como le decían a Obama. 

Fue por esa fecha que Ann conoció a Lolo Soetoro, un estudiante indonesio de intercambio en Honolulu. Se casaron en 1965 y se mudaron a Yakarta. En esa ocasión, Ann no lo pensó mucho y se fue con su hijo de 6 años a una ciudad sin calles pavimentadas ni electricidad. A pesar de eso, la joven se enamoró de la cultura indonesia. Lolo, en cambio, consiguió un trabajo en una petrolera norteamericana y empezó a adoptar costumbres occidentales. Esperaba que su esposa siempre estuviera arreglada para que lo acompañara a las cenas de su empresa, pero a Ann no le interesaban los vestidos ni los eventos sociales. Se fueron alejando y se separaron en 1980. Se ha rumorado que Lolo golpeaba a su mujer, pero la Casa Blanca siempre lo ha negado.

A pesar de que predominaba el racismo en Indonesia, Obama describe su estadía allá como una experiencia positiva. Le gustaba jugar fútbol con sus compañeros de escuela y parecía no importarle que trataran de insultarlo al decirle "negro". Una vecina suya en Yakarta recuerda que, mientras daban un paseo por la calle, unos niños empezaron a tirarle piedras. Barry, en lugar de vengarse, prefirió esquivar las rocas como si estuviera jugando ponchados. Fue su mamá quien le enseñó a ser respetuoso, tolerante y, sobre todo, a no tener miedo.

A Ann lo único que le preocupaba de vivir en el país asiático era que la educación era muy mala y que su hijo no tenía contacto con gente de su color. Por eso, lo levantaba a las cuatro de la mañana para darle lecciones de inglés. Por las noches le leía los discursos de Martin Luther King y le ponía música gospel. Solo cuando Barry cumplió 10 años decidió que lo mejor era mandarlo de vuelta a Hawái.

El presidente dijo hace unos meses en entrevista con la autora que vivir lejos de su mamá en realidad fue más difícil de lo que había querido admitir en ese momento. Y cuando le preguntó sobre las limitaciones de Ann como madre, Obama reconoció que aunque era una mujer fuerte, era desorganizada con la plata. "A veces daba todo por sentado y decía: 'Todo va a estar bien'. Pero la verdad es que de no haber sido por mi abuela, nuestra vida habría sido muy caótica".

Ann se reunió con su hijo en Hawái un año después, tal como se lo había prometido. Sin embargo, no duró mucho a su lado porque se fue de nuevo a Indonesia a hacer un doctorado. Obama, quien ya estaba en bachillerato, prefirió quedarse y continuar sus estudios en Estados Unidos. De vuelta en Yakarta, Ann no solo cumplió con sus metas académicas, sino que también se convirtió en pionera de un programa de microfinanzas para personas de escasos recursos.

Una noche, durante una cena con unos amigos, sintió un fuerte dolor de estómago. Al principio los médicos le diagnosticaron indigestión, pero luego descubrieron que era cáncer de útero y de ovarios. Murió el 7 de noviembre de 1995, a los 52 años. Una década después, Obama convirtió su enfermedad en su bandera de campaña a favor de la reforma al sistema de salud, pues, según recuerda, su mamá pasó sus últimos días más preocupada en pagar su tratamiento que en mejorarse.

Por eso, a pesar de que el mandatario ha centrado su historia en la figura paterna que nunca tuvo, en el prefacio de la última edición de sus memorias, publicadas originalmente cuatro meses antes de que su mamá falleciera, reconoce que de haber sabido que la invadiría el cáncer, habría escrito un libro diferente: "Menos una meditación sobre mi papá ausente, más una celebración de mi mamá, quien fue una constante en mi vida".
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