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| 10/10/1994 12:00:00 AM

LA MALA DEL PASEO

Sorpresa en Estados Unidos ante la publicación de una biografía que pinta a la viuda de Robert Kennedy como una bruja.

TANTO SE HA EScrito recientemente sobre Jacqueline Kennedy Onassis, que nadie esperaba que la historia de otra mujer del famoso clan saliera a la luz pública en algún tiempo. Sin embargo, el escritor Jerry Oppenheimer desconcertó al publicar una biografía sobre Ethel, la viuda de Robert Kennedy, madre de 11 hijos, y quien siempre había sido vista como una santa, pero que en este best-seller es la mala de la película. El libro titulado "La otra señora Kennedy: Ethel Kennedy: un drama americano sobre poder, privilegio y política", se ha convertido en la comidilla de los estadounidenses.

Según el autor, la mujer dulce y sonriente que siempre estuvo al lado de su marido -otro Kennedy con una exitosa carrera política que estuvo a punto de ponerlo a las puertas de la Casa Blanca- cambió por completo el 6 de junio de 1968. Ese día, después de un concilio familiar, se decidió desconectar a Robert de los aparatos que lo habían mantenido con vida después de haber sido baleado por el palestino Sirhan Bishasa, 48 horas antes. Con la muerte de su marido, "la vida de Ethel comenzó a girar sin control, y su volátil personalidad explotó -dice Oppenheimer-. La casa de la familia, Hickory Hila, en Virginia, se volvió famosa por ser un infierno, las relaciones de Ethel con sus hijos mayores se deterioraron por completo, y su situación financiera la puso al borde de la quiebra".

El mal genio se convirtió en su estado natural. Y sus sirvientes fueron los primeros en padecerlo. A partir de entonces, cocineros, mucamas y mayordomos desfilaron por Hickory Hill. La mayoría salía despavorida ante la tiranía de la señora Kennedy. Según Peter Lawford -su cuñado- en una ocasión le pegó una bofetada a la sirvienta, que había botado sin saber unos manuscritos de Bobby, y la sacó a patadas de su casa, gritándole: "Negra estúpida, no sabe qué está destruyendo un pedazo de historia". Sin poder conseguir servicio doméstico, lo que había sido una hermosa mansión se transformó en una casa abandonada: "Los perros hacían sus necesidad es en cualquier parte, dañando costosos tapetes persas, incluido uno muy valioso obsequio del Sha de Irán. Un marranito, regalo de un amigo de Ethel, corría por los corredores destruyendo todo lo que encontraba a su paso".
La crisis emocional llevó a que las relaciones de Ethel con sus hijos también se deterioraran. Ella se desentendió por completo de sus 11 hijos y éstos quedaron a la deriva. Sin una mano firme que los guiara, los jóvenes cayeron en la adicción a las drogas y muy pronto tuvieron líos con la justicia. A los 17 años, Bobby fue detenido por fumar marihuana y estuvo más de un año bajo vigilancia de las autoridades. Joe, conduciendo drogado, tuvo un accidente que dejó a su mejor amigo, Pam Kelley, de 18 años, completamente paralizado. El caso nunca llegó a los tribunales, pero le costó a los Kennedy un arreglo de un millón de dólares. No obstante el mayor drama es el de David, quien desde el día que vio por televisión el atentado contra su padre se había convertido en el "dolor de cabeza" de Ethel y, en abril de 1984, murió por una sobredosis de heroína solo en la habitación de un hotel de la Florida. A pesar de que la muerte de su hijo fue una tragedia, ella no tuvo inconveniente en afirmar públicamente: "Soy lo que soy porque vengo de una familia de alcohólicos. Si no miren cómo estamos".

Pero la muerte de Robert Kennedy no sólo afectó a la familia emocional sino económicamente. En los meses siguientes al asesinato, Steve Smith -encargado de dirigir las finanzas del clan- llamó a Ethel para advertirle que debía ponerle punto final a su costoso estilo de vida. Acostumbrada a un presupuesto de 650.000 dólares al año (unos dos millones de hoy) sólo para gastos personales, Ethel se enfrentó a la noticia de que los bienes que su esposo había dejado representaban apenas un millón y medio de dólares, de los cuales, la gran mayoría, se destinó para pagar deudas. A pesar de la advertencia de su cuñado, Ethel continuó con su desenfrenado ritmo de gastos. Según Oppenheimer, en una sola tarde de compras Ethel podía girar varios miles de dólares, ya que acostumbraba a comprar dos o tres trajes exactamente iguales para asegurarse de que nunca le faltaría su ropa favorita. Pero como sabía que no tenía cómo pagar esas cuentas, las cargaba a nombre de los Kennedy. Aunque la situación le causó a la matrona del clan, Rose Kennedy, más de una rabieta, y la familia desesperada con la frecuente llegada de facturas de Ethel llegó inclusive a vender los caballos para cubrirlas, nunca lograron disuadirla de la manía de utilizar su famoso apellido para adquirir todos los lujos que deseaba.

La última vez que Ethel Kennedy apareció en público fue en el entierro de Jacqueline. Y no fueron pocos los allegados a la familia que recordaron la abierta enemistad que siempre hubo entre las dos señoras Kennedy. Una enemistad que nació desde 1953, cuando Ethel conoció a Jacqueline y la apodó 'la debutante'. Ella nunca se lo perdonó.
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