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| 11/30/2003 12:00:00 AM

La mente del niño asesino

Los siquiatras norteamericanos están sorprendidos con los patrones mentales del joven francotirador que hace un año sembró el pánico en Estados Unidos.

Sus familiares y amigos de infancia hablan maravillas de él. Al oírlos no queda la menor duda de que John Lee Malvo es un joven respetuoso, educado, obediente y de buenos modales cuyo mayor defecto es entretenerse con video-juegos violentos. Al ver sus fotografías, en las que aparece como un joven de 18 años asustado por la presión de los medios de comunicación, cualquiera se preguntaría qué razones llevaron al pueblo estadounidense a odiar a este muchacho.

Su apariencia no lo delata pero a John Lee Malvo se le acusa de ser responsable de la muerte de 10 personas en octubre del año pasado en Washington. Durante varias semanas John Lee Malvo y su compañero John Allen Muhammad, un ex combatiente de la guerra del Golfo Pérsico, de 42 años, converso al Islam y con un historial de violencia doméstica y temperamento agresivo, mantuvieron en vilo a la sociedad norteamericana y a las autoridades por cuenta de sus ataques terroristas, en un caso conocido como el del francotirador de Washington. Si bien los dos hombres cometieron varios crímenes, actualmente sólo son juzgados por dos de ellos.

La semana pasada la justicia se pronunció en contra de John Allen Muhammad y un jurado recomendó la pena de muerte para el francotirador adulto por el asesinato de Dean Meyers.

Con Malvo, acusado de matar a Linda Franklin, el panorama no es tan claro. Por un lado, aunque el joven cometió el crimen cuando aún era menor de edad y las leyes suelen favorecer el derecho de los menores de no ser juzgados como adultos, Lee está siendo procesado con toda la dureza del caso. La defensa sostiene que el único culpable es Muhammad, quien se aprovechó de la ingenuidad y vulnerabilidad del joven para lavarle el cerebro y condicionarlo para matar. Sin embargo, a Malvo su cara de 'yo no fui' no le va a servir de mucho ya que las huellas en el rifle son suyas y esta prueba lo sitúa como autor material de los asesinatos.

Por otro lado, la parte acusadora tiene como su principal prueba la confesión que el mismo Malvo hizo a las autoridades el 7 de noviembre del año pasado. Las dos cintas resultantes hacen parte de la evidencia que inculpa a Malvo y algunos extractos filtrados a la prensa dan cuenta de un hombre maduro y calculador.

-¿Le importaba quién fuera su objetivo? ¿Si era un hombre o una mujer?, le preguntó uno de los oficiales a cargo del interrogatorio.

-Nadie, respondió Malvo.

-¿Simplemente cualquiera que se atravesara en la mira?

-Sí, quien quiera que yo escogiera.

-¿Se siente mal por alguien?, insistió el oficial.

-No.

Estas frías respuestas contrastan con la imagen aniñada e inocente que quiere mostrar la defensa. Semejante diferencia ha hecho que nadie sepa a quién creerle. "¿Joven dulce? ¿Asesino a sangre fría? El caso que podría resultar en cualquiera de los dos", es la pregunta que se hace The New York Times en uno de sus artículos sobre el juicio.

Pero quizás lo que más llama la atención en este caso es la extraña relación que mantenía Malvo con Muhammad. Según se ha podido determinar, los dos hombres se conocieron hace más de tres años en la caribeña isla de Antigua, lugar al que Muhammad huyó con sus tres hijos luego de arrebatárselos a su segunda esposa, quien tenía la custodia.

Durante ese tiempo el ex combatiente se ganó la vida ayudando a los isleños de escasos recursos que pretendían llegar a Estados Unidos con documentos falsos. Una de esas personas era la madre de Malvo, una costurera de origen jamaiquino casada con un obrero que tenía puestas sus esperanzas de un futuro mejor en el exterior. La pareja se divorció cuando Malvo tenía 5 años y desde entonces su madre intentó ganarse la vida aunque eso significara dejar al niño sin atención e incluso al cuidado de otras personas. A los 12 años Malvo y su madre se fueron a vivir a Antigua, donde el niño pasó por 10 escuelas distintas y creció sin un papel paterno para imitar.

Esta ausencia familiar, aseguran los abogados de la defensa, fue la que propició el acercamiento entre el muchacho y Muhammad, quien se ofreció a darle papeles falsos para que pudieran abandonar la isla. Malvo se identificó rápidamente con su nuevo amigo, se dejó conmover por su comportamiento y no tardó en verlo como el padre que nunca tuvo. Comenzaron a pasar más tiempo juntos, se entretenían con videojuegos y hacían deporte. Al poco tiempo Malvo había adoptado el acento norteamericano, se había convertido al Islam y llamaba "papá" a Muhammad.

En mayo de 2001 Malvo viajó a la Florida. En octubre, tras discutir con su madre, el joven tomó un autobús y se fue a encontrarse con Muhammad. En ese momento, señalan las autoridades, fue cuando comenzó el entrenamiento militar. El hombre lo instruyó en el manejo de armas de fuego y lo adoctrinó para matar personas. Malvo desarrolló su destreza con videojuegos violentos y disparando contra platos desechables que hacían las veces de cabezas humanas.

El entrenamiento fue tan efectivo que incluso después de un año de no verse Malvo siguió protegiendo a Muhammad como si en realidad fuera su padre. Por ahora al joven sólo le queda esperar a que el jurado se crea la historia de que sólo es un niño inocente.
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