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| 2/12/2014 12:00:00 AM

Una cita con Fernando González Pacheco

Ser como fue, sin pretensiones. Esa fue la clave del éxito de Pacheco en la televisión y en su vida personal. SEMANA lo vió así en 1987.

Haciendo uso de su legendaria pirotecnia verbal, hace varios años García Márquez describió el fenómeno de la fama en el país.
"En Colombia --dictaminó-no hay fama que dure 15 días".

La frase, como muchas de las suyas, tomó vuelo, fue usada hasta el cansancio y terminó por ser aceptada como un axioma. En el caso de los medios de comunicación, esta sentencia garciamarquiana ha sido confirmada a lo largo de los años por estrellas que apenas alcanzan a titilar, porque se apagar a la misma velocidad con que se encienden. Pero también en los medios de comunicación se dan contundentes desmentidos a la frase del Nobel. El más categórico de todos es, sin duda, el de Fernando González Pacheco.

Treinta años al frente de las cámaras de televisión y ahí sigue su fama, gozando de cabal salud, intacta a pesar del tiempo, de la aparición de nuevas figuras y del riesgo de quemarse por el uso, y a veces el abuso, de sus condiciones privilegiadas.

La historia de este fenómeno arrancó en un barco. Pacheco, que en ese momento era sólo Fernando González, un joven de buena familia con papá español y mamá santafereña, vivía en altamar la fiebre de su última aventura: ser animador de veladas sociales que se programaban en los cruceros de paseos, para deleite de señoras con pava y de hombres de blanco hasta los pies vestidos.

"Yo tocaba, cantaba y hacía chistes y de pronto un señor, Alberto Peñaranda, de la Programadora Punch me preguntó que si yo era capaz de hacer lo mismo en televisión", recuerda ahora desde sus radiantes 55 años. Pensó que era cosa de tragos, pero, al día siguiente, Peñaranda lo retó: "Usted como que no es capaz", le dijo. Fue un pellizco en el ego del enérgico y confiado showman de abordo. Días más tarde, después de consultarlo con la almohada, y con la licencia de quince días que le dio el capitán, debutó en vivo y en directo en el programa "Agencia de Artistas". Lo hizo como un juego, aceptando un reto, a sabiendas de que, si no pasaba la prueba, volvería al mar. Cantó "Penita, pena..." y tocó puerto.

Sin embargo, y a pesar de la fe de Peñaranda, su estilo desenfadado y su figura poco telegénica confabularon en su contra en esas épocas de solemnidad. Se retiró temporalmente para regresar después, a petición del público, y anclar para siempre en los hogares colombianos. Como dijo el padre Alfonso Llano en una de sus columnas de El Tiempo: "Pacheco es como el pan de la mesa, el pan de cada día, el pan de ricos y póbres, de grandes y sencillos. Es pan fresco, pan diario, pan que se rompe y se distribuye por millones sin que nunca llegue a faltar. Pacheco es un miembro más de cada una de las familias colombianas".

Cambio de gomina

La historia del barco, según Peñaranda, el Colón de Pacheco, forma parte de la leyenda que se ha tejido a su alrededor. "Yo lo conocía desde los tiempos en que el Bogotá social veraneaba en La Esperanza y allí también hacía el show. Creo que la televisión le sirvió a Pacheco para organizar su vida. Era el único empleo que aguantaba su gusto por la noche. En TV podía levantarse a las once de la mañana, que era su ritmo".

El acierto de Peñaranda consistió no sólo en olfatear el talento, sino de aguantar la tempestad que se desató por la presentación de ese tipo tan feo. "Feo, pero respetuoso, dice Peñaranda. En el medio habla mucha gente ramplona. Pacheco se distinguió, porque podía ponerse a la altura de cualquier persona sin temerle, pero también sin tratar de ponerse por encima".

Ese cambio de estilo que impuso desde el comienzo fue la clave para su larga duración. "Pacheco estableció una ruptura con la solemnidad que tenía la televisión en esa época. Desde el comienzo hizo lo que se llamó "las pachecadas". Algo muy cercano a las payasadas. Rompió esas reglas engominadas que parecía imponer la TV. Eso fue lo que le abrió el campo, porque fue lo que hizo distinto", dice el crítico Hernando Martínez Pardo.

Para María Luisa Chaves, entonces directora de la revista Viernes Cultural, "la espontaneidad y la sinceridad, alejadas siempre de la insoportable pose de divo", son la razón de ese éxito que llega a tres décadas.

Desde su demoledor sentido común, tan afilado y tan desprovisto de vanidades, Pacheco define su propio fenómeno como algo arraigado en el hecho de parecerse a la gente.

"Simplemente eso: ser como soy, es lo que me hace ser parecido a la mayoría. Con todo el respeto que me merecen mis colegas, yo no poso de nada, no trato de ser inteligente. Soy un hombre común y corriente a quien acepta el 90 por ciento de la gente".

La autenticidad, entonces, parece ser la clave para este éxito de acción continuada. A diferencia de otras figuras de la televisión, Pacheco llega a la masa, pero no incomoda a la élite. El grueso público lo ve como al hijo del vecino y el curubito de la sociedad lo observa como un hombre que, por su misma extracción social y por su amabilidad, también cabe en su mundillo.

Pacheco está ahí, sentado al lado del colombiano más humilde o frente al más encumbrado, y en ninguna de las dos situaciones desentona.

"Yo ni pontifico, ni piso mangueras. Por eso para el grueso público soy accesible y la élite no me teme, porque no me meto en sus terrenos", afirma este "hacelotodo", que ha pasado por todos los escenarios de la actuación y del entretenimiento con propiedad y con éxito.

"Eso es lo mejor. Que yo he podido hacer en mi vida lo que me ha dado la gana y por eso me pagan. ¡Rico!".

Para León Nafta, el crítico de Cromos, el hecho de que Pacheco haya pasado treinta años en la TV, sin sufrir deterioro, se debe, entre otras razones, "a que en él la animación no es simplemente un oficio, sino una manera de ser".

Tan de Everfit

A la luz de los estudiosos de los fenómenos de opinión pública y de masas, Pacheco no se habría mantenido en ese trono de primeros lugares de sintonía, ni gratuitamente, ni por generación espontánea. Su éxito se desprendería, más bien, de la necesidad de la gente de tener un espejo en el cual reflejarse. Esta necesidad ha podido más que las exigencias internas del medio. Porque como prototipo de animador de televisión, Pacheco es atípico.

La tendencia general es exigir que quien aparezca ante las cámaras tenga una figura no sólo amable, sino atractiva; una voz no sólo audible, sino seductora; unos vestidos no solo de buen corte, sino finos; un vocabulario no sólo correcto, sino amplio.

Aunque de estos requisitos Pacheco sólo llena el último, se ha dado el lujo de contar siempre con el mayor número de público a su favor. Eso marca, otra vez, la diferencia. La gente cuando ve a Pacheco por la calle siente que puede codearlo y llamarlo por su nombre. Lo ven tan próximo, tan de ellos, tan de Everfit, que nadie se siente ante un ídolo distante. Es una persona amiga.

A pesar de que en el fondo del alma a nadie le gusta ser feo--ni siquiera a Pacheco-esa aparente desventaja estética la ha convertido en una de sus armas. "A veces la exagero", afirma.

Cuenta que no permite maquillaje, "porque yo no tengo arreglo". Y es que la feúra de Pacheco es indescriptible. E inacabable. Quizás allí radica algo de su prolongado éxito, porque, como decía alguna vez su homónimo, el filósofo antioqueño Fernando González, "la belleza se acaba, pero la feúra no. Así, mientras personajes de la televisión del mundo entero luchan contra el paso de los años, las arrugas y los kilos de más, Pacheco no le hace concesiones a la estética: es feo desde siempre y para siempre.

Sin embargo, le dice a SEMANA, "tengo un orgullo. En ese concurso de belleza masculina hecho por Carrusel tuve tres votos. Los agradezco sinceramente. No sé de quién son pero entiendo que fueron votos no a mi estética, sino a mi manera de ser. Porque la belleza interior también existe". Lo dice sin vanidad este personaje que es la encarnación del colombiano medio. "Gente bella", dirían los hippies.

Un renglón de más

A pesar de ser un personaje tan popular, recostado en una fama como un roble, no ha caído en la tentación de Reny Ottolina, el Pacheco venezolano que murió en un accidente de aviación cuando adelantaba su campaña presidencial. No tiene ambiciones políticas, y eso que no le han faltado ofertas. En una ocasión, Carlos Lleras le ofreció un renglón en las listas para el Concejo de Bogotá.

El "no" fue tajante. No propiamente por falta de ideas políticas, sino porque, insiste "no me gusta pisarle las mangueras a nadie y la política es un oficio que no es el mío".

Y ha hecho mucho más que los políticos en esas interminables jornadas de solidaridad y campañas de beneficencia, y con su capacidad de irradiar optimismo, que si bien no se contabiliza ni en votos, ni en cifras marcadas en tableros electrónicos, los colombianos registran en los incontables minutos de entretenimiento que han recibido viéndolo en televisión.

Desconfia de los que se dicen apolíticos y afirma que, "aunque no soy un activista, soy un hombre de izquierda o progresista. Como quieran llamarlo". Eso lo sabía el M-19 en 1981, cuando le concedió el dudoso privilegio de "secuestrarlo", para convertirlo en mensajero de una propuesta de diálogo.

La mensajería le costó sus buenos dolores de cabeza e incontables presentaciones ante las autoridades militares. "Fue mucho lo que me molestaron, lo que me interrogaron. Me hicieron ir muchas veces a las caballerizas de Usaquén, cuando estaban de moda. Estaba tan jarto de la situación y tan tensionado, que recurrí a Gustavo Cárdenas. Sabía que era amigo del expresidente López. Pensé que podía ayudarme". Dos días después de la conversación con Cárdenas, Pacheco recibió una llamada de la Presidencia de la República. "Muy amablemente, el presidente Turbay me preguntó cuál era mi problema y me dijo que iba a arreglar las cosas para que no tuviera que seguir rindiendo cuentas de algo en lo que no tenía arte ni parte". Pacheco supo entonces que la diligencia con Cárdenas había surtido efecto: López había tenido el gesto de interceder por él.

El encuentro con Cárdenas, aunque le sirvió para quitarle el dolor de cabeza de los interrogatorios militares, le produjo otro que aún no puede curarse: el de los balances. Lo convirtió en empresario al convencerlo de hacer sociedad para fundar una nueva programadora de televisión, Coestrellas. Entonces, un día cualquiera de 1983, supo que no podría volver a darse el lujo de no hacer un programa por estar enguayabado o de suspender una grabación porque algo le molestaba. Esas ínfulas de estrella, que a veces se daba, desaparecieron cuando entendió que le quitaban ceros a su chequera.

"S" de solitario

Pacheco, vital como un niño de doce años, cálido y grande como un oso, popular como la cerveza es, a pesar de las apariencias, un hombre de pocos amigos, casi un solitario. No entrega fácilmente sus secretos. Pero tampoco carece de amistades entrañables, todas con un denominador común: el humor. Y sobre todo, la capacidad de burlarse de sí mismo.

Por eso Daniel Samper encabeza la lista de amigos que puede contar en los dedos de una mano. Y Antonio Panesso se lleva la exclusividad de ser "el único colombiano que me cae gordo".

Un afecto, sin embargo, lo marcó para siempre: el de su padre, Doroteo González-Pacheco. La muerte temprana de la madre lo convirtió en el amigo y confidente de sus hijos Rafael y Fernando (Pacheco). Recurrentes discusiones de familia terminaban siempre en el reproche de Rafael, el trascendental, el médico: "¿Qué vamos a hacer con Fernando que nos resultó payaso?". Don Doroteo limaba asperezas y no sólo las limaba, sino que acolitaba las aventuras de Pacheco que, clandestinamente, se trenzaba por las noches en peleas de boxeo. "A través de un amigo, mi papá apostaba por mí.

Pero el padre no sólo creyó en el poder de las inmensas manos de su hijo, sino que lo apoyó en sus diversos y frustrados intentos de encarrilarse en lo que tocaba. Y, tal vez, en lo que no tocaba. Porque don Doroteo, como el que más, tuvo siempre fe ciega en Pacheco. "Un día me dijo--recuerda Pacheco-que yo no iba a tener problemas en la vida porque yo le caía muy bien a toda la gente. Gracias a Dios así ha sido".

El inmenso amor por él lo lleva a confesar, con nostalgia, que a pesar de tantas y tantas entrevistas que le han hecho, cuando le hacen la pregunta de cajón sobre el personaje de su vida y afirma que es su padre, "nadie me pregunta nada más". SEMANA tampoco, por respeto a esa intimidad que tanto defiende.

Un surco

Pacheco, sin duda, nació con buena estrella, una buena estrella que no lo abandona. Así lo demuestran no sólo sus incontables aventuras donde ha arriesgado la vida, sino los ratings de sus programas. Es un triunfador.

Es un triunfador a pesar de su inseguridad confesa y de su timidez inenarrable, condiciones que desaparecen frente a una cámara de televisión.

"Soy tímido hasta los tuétanos. No me creen si le digo que si me invitan a un almuerzo, con solo imaginarme que tengo que atravesar un salón lleno de gente, simplemente no voy". Por eso es casero y poco amigo de las rumbas. Por eso defiende con celo su intimidad.

A diferencia de la mayoría de los personajes de la farándula, poco se conoce de su vida privada. Se sabe que está casado con Liliana Grohis desde julio de 1972. Con ella, que fue virreina del Valle, tiene una relación libre de fotos, de cocteles, de fiestas y de chismes. Tampoco hay hijos. "No tenemos hijos no porque no nos lo hayamos propuesto, sino porque no se ha dado", cuenta. "Tampoco hemos pensado en adoptar. Tal vez sea mejor así, porque tal y como están las cosas es una gran responsabilidad tener hijos. Tal vez sea una suerte no haberlos tenido".

Optimista, directo, sin falsas modestias, sabio de sabiduría popular, Pacheco tiene, por ahora, cuatro años más en la televisión, en horario triple A, para seguir demostrando la clave de su éxito: la masificación del hombre medio, del colombiano típico.

"Si fuera inteligente me retiraría ya", dice al recordar que su cumpleaños numero 30 en la televisión colombiana lo puede celebrar con los 62 puntos de rating que alcanzó recientemente su "Programa del millón", colocado en el primer lugar de sintonía.
"Quizás voy a estar hasta cuando el público me aguante". La televisión ejerce para él una fascinación especial.

Pero hay un tiempo del retiro y Pacheco no descarta la posibilidad de hacerlo "lejos del mundanal ruido", en el campo. No será raro entonces verlo apostar, fiel a su obsesión (apostar por todo: por el número de las placas de un carro, por la próxima propaganda que saldrá en TV, por el resultado de un partido, por el ganador de una pelea de boxeo...), por la fecha en que un surco de semillas dé los primeros frutos.
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