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| 6/17/2002 12:00:00 AM

La musa inspiradora

Luisa Santiaga Márquez contó las anécdotas de su vida a su hijo Gabriel desde que era niño. La semana pasada falleció pero sus historias perdurarán en las obras del Nobel.

"Se llamaba Luisa Santiaga, y era la tercera hija del coronel Nicolás Márquez Mejía y de su esposa y prima hermana Tranquilina Iguarán Cotes, a quien llamábamos Mina. Había nacido a orillas del río Ranchería, el 25 de julio de 1905, cuando la familia empezaba a reponerse del desastre de las guerras civiles, y dos años después de que su padre mató en duelo a Medardo Pacheco por un pleito de honor. El primer nombre se lo pusieron en memoria de Luisa Mejía Vidal, su abuela paterna, que aquel día cumplió un mes de muerta. El segundo le cayó en suerte por ser la fecha del apóstol Santiago el Mayor, decapitado en Jerusalén. Ella ocultó este segundo nombre durante media vida porque le parecía masculino y aparatoso, hasta que un hijo infidente la delató en una novela".

Gabriel García Márquez describe así en el primer capítulo de sus memorias Vivir para contarlo a Luisa Santiaga Márquez, su madre. A pesar de que la semana pasada falleció a los 97 años, ‘la niña Luisa’ será siempre protagonista de las obras del Nobel. La historia de amor que vivió con Gabriel Eligio García, a quien conoció cuando llegó como telegrafista a Aracataca, inspiró el romance entre Fermina Daza y Florentino Ariza en El Amor en los tiempos del cólera, "una historia de amor que se hizo con puntos y rayas", como explica el librero Alvaro Castillo. Aunque los padres de Luisa se opusieron a la relación y decidieron mandarla de viaje no lograron separarlos.

Tan en serio era el romance que cuando en una fiesta un muchacho la sacó a bailar ella le dijo que estaba comprometida y que tenía que pedir permiso. Por eso fue al telégrafo y pidió que enviaran un mensaje a Aracataca preguntando: "¿Luisa puede bailar?", a lo que enseguida Gabriel Eligio respondió: "Que baile".

"Luisa era dueña de una gran memoria y fue una figura central en la vida de Gabriel. Incluso hubo un hecho que influyó en que se hiciera novelista y fue cuando acompañó a doña Luisa a vender la casa en Aracataca. Vio el pueblo, los almendros caídos, casas arruinadas y ella se encontró con viejas comadres. Eso fue como una epifanía para Gabo", comenta el escritor Juan Gustavo Cobo.

Crónica de una muerte anunciada es una historia que Luisa vivió y en la que aparece como personaje. Durante años evitó que su hijo la publicara para que ninguno de sus protagonistas, a los que conoció, saliera perjudicado. En Cien años de soledad no hubo restricciones pues ahí se relatan las historias que Luisa les contaba a sus hijos cuando eran niños.

El día que Gabriel García Márquez ganó el Nobel de Literatura Juan Gossaín le preguntó a doña Luisa sobre cuáles eran los fines prácticos. La respuesta que le dio recorrió el mundo: "Con tal de que me sirva para que me arreglen el teléfono". Silvia Galvis fue testigo del "verbo mamagallista" de ‘la niña Luisa’ cuando entrevistaba a los García Márquez para su libro Los García Márquez. No era para menos. Cuando le preguntaron a que creía que se debían las cualidades de su hijo mayor ella respondió: "A la emulsión de Scott".

Manejaba los hilos del poder de la familia pero a la vez era tranquila, silenciosa, de una imaginación desbordada, pragmática y muy creyente. Características que, junto a la habilidad narrativa de García Márquez, dieron vida al mundo macondiano. Una vida tan real y maravillosa que en 1970, cuando la periodista Alegre Levy le preguntó cómo le gustaría ser en otra vida, ella respondió con gran sencillez: "Me gustaría ser como soy ahora".
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