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| 10/22/2011 12:00:00 AM

La pobre viejecita

Liliane Bettencourt, la mujer más rica de Francia, dueña del imperio L'Oréal, ya no podrá despilfarrar su fortuna. La justicia la declaró demente y dejó su patrimonio en manos de su única hija, a quien ella considera su peor enemiga.

Cuando los médicos le pidieron a la dueña del imperio de cosméticos L'Oréal y la mujer más rica de Francia, Liliane Bettencourt, que dijera "tulipán, sillón y pato", lo hizo sin ningún problema. El inconveniente surgió segundos después, cuando los especialistas le ordenaron repetir las tres palabras nuevamente. La anciana, que acaba de cumplir 89 años, no pudo hacerlo. Las había olvidado por completo. Tampoco supo responder dónde estaba, qué día era y cuántos años tenía. Los neurólogos le diagnosticaron alzhéimer y demencia.

Para hacer más crítico su estado, también le detectaron anosognosia, una condición que le impide reconocer que está enferma. En una carta pública, su hija, Françoise Bettencourt-Meyers, ya había asegurado que su madre se quedaba dormida durante las conversaciones y perdía la razón constantemente. Sin embargo, como narró en un comunicado, cada vez que alguien le hablaba del deterioro de su salud se ponía furiosa y lo negaba.

Ante su evidente fragilidad mental, la semana pasada un tribunal de París puso a la multimillonaria bajo la tutela de su nieto de 25 años, Jean-Victor Meyers, y nombró a Françoise como la encargada de cuidar y administrar sus riquezas, entre ellas, el 30 por ciento de las acciones del grupo L'Oréal. El fallo es el último capítulo de la batalla legal entre Liliane y su hija por el control de la fortuna familiar. Françoise, que temía que su madre dilapidara su patrimonio o terminara por regalárselo a un extraño, es la rotunda ganadora.

El juicio se inició por una denuncia interpuesta por Françoise en junio pasado. En esta les solicitaba a las autoridades francesas practicarle a su madre exámenes psiquiátricos y neurológicos. Ella sostenía que, aprovechándose de su situación, un "séquito de depredadores" manipulaban a la octogenaria para sonsacarle su dinero. En particular, señaló al abogado y protector de la multimillonaria, Pascal Wilhelm.

Este jurista, que recibía por sus labores la nada despreciable suma de 274.000 dólares mensuales, le aconsejó a la anciana invertir unos 196 millones de dólares en una empresa perteneciente a un amigo y cliente suyo, Stéphane Courbit. También permitió que su apoderada hiciera múltiples operaciones financieras cuando no tenía plena conciencia de sus actos. Un conflicto de intereses que llevó al juzgado a destituirlo.

No era la primera vez que Françoise denunciaba a personas cercanas a su madre que se aprovechaban de ella. A finales de 2007 tildó de vividor al fotógrafo y escritor François-Marie Banier, de 62 años, conocido por ser un artista mediocre cuyo principal talento era seducir a ancianas adineradas, pese a ser gay.

Y no era para menos. Banier estaba acostumbrado a codearse con celebridades como Salvador Dalí, Yves Saint-Laurent, Carolina de Mónaco y Johnny Depp. Le gustaba vivir rodeado de lujos que, por supuesto, él no pagaba. Así que desde que Liliane quedó viuda, en 2007, no dudó en convertirse en su bastón y su paño de lágrimas y, de paso, en el objeto de todos sus regalos.

Entre los detalles que la millonaria le dio a Banier se cuentan viajes, dinero en efectivo, cuadros de Matisse y Picasso, seguros de vida por valores astronómicos y hasta una isla paradisíaca en las Seychelles, estimada en 687 millones de dólares, con mansión frente a la playa, pista de aterrizaje y colonia de tortugas. Se calcula que los obsequios alcanzan un total de 1.400 millones de dólares.

La anciana sostenía que sus presentes no eran nada en comparación con su fortuna personal, estimada en 13.400 millones de dólares. Pero su hija no podía evitar extrañarse. El anuncio de que la multimillonaria había nombrado al fotógrafo como su heredero universal agotó la paciencia de Françoise. Para ella solo existía una explicación: su madre había enloquecido.

Aterrada ante la posibilidad de perder su herencia, denunció al fotógrafo. Por eso Liliane rompió toda relación con su hija y la declaró su enemiga. Así comenzó este culebrón francés que llegó a convertirse en uno de los escándalos políticos y financieros más grandes de la década en Europa. Hasta el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, terminó salpicado.

Todo se complicó en 2008, cuando Françoise le pidió al mayordomo que grabara las conversaciones que su madre sostenía en su oficina. El fiel empleado le entregó 20 horas de grabación que Françoise llevó a la Policía. Aunque el material era ilegal, evidenciaba que la accionista mayoritaria de L'Oréal era manipulada con facilidad por Banier y sus asesores.

Pero las revelaciones no terminaron allí. En las conversaciones salieron a relucir posibles delitos de evasión fiscal, financiación ilegal de campañas electorales y tráfico de influencias. Liliane acostumbraba a dar sobres llenos de dinero a los líderes políticos a cambio de exenciones en impuestos. Además, en el audio se escucha a Patrice de Maistre, su hombre de confianza y gestor de su fortuna, aconsejándole apoyar económicamente al partido de Sarkozy. También le sugiere hacerle donaciones a Éric Woerth, quien en ese entonces se desempeñaba como ministro de Trabajo y era el esposo de su contadora personal. Esta revelación le significaría la muerte política a Woerth, quien se vio obligado a renunciar a su cargo.

También salió a la luz que Liliane tendría cerca de 100 millones de dólares en cuentas bancarias suizas no declaradas al fisco y que su asesor Maistre estaría moviendo el dinero hacia destinos como Hong Kong, Singapur o Uruguay.

Entonces se desató una lluvia de denuncias en las que terminaron investigados el fotógrafo, el mayordomo, Sarkozy y su gabinete y, por supuesto, los estados bancarios de Liliane. Por tres años, los estrados judiciales y, ocasionalmente, los medios de comunicación fueron el ring de boxeo de madre e hija. Pero en 2010, en vísperas de Navidad, sucedió algo insólito: las Bettencourt firmaron una tregua.

Liliane accedió a alejarse por completo de Banier a cambio de que Françoise suspendiera las acciones judiciales en su contra. El artista también se comprometió a no recibir nada más en el futuro y renunció a dos seguros de vida. El único recuerdo de su vieja amiga que se empeñó en conservar fue su isla privada.

Y aunque los abogados de la anciana piensan impugnar el diagnóstico médico, lo más seguro es que Liliane pierda definitivamente la presidencia del holding que controla las acciones del grupo L'Oréal. Días antes del juicio, declaró que si su hija quedaba encargada de cuidarla, se iría a otro país con su empresa, pero, dadas las circunstancias, es improbable que la magnate pueda cumplir su amenaza. Lo que sí quedó claro es que esta telenovela familiar no tuvo un final feliz, al menos para la octogenaria, que ahora depende de la buena voluntad de su hija y de su nieto.
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