Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2013/01/26 00:00

La profesora del placer

Helen Hunt es candidata al Óscar por su papel como Cheryl Cohen Greene, una de las pocas sustitutas sexuales del mundo. La historia de cómo le ayudó a perder la virginidad a un hombre discapacitado inspiró una de las grandes películas del año.

Cheryl Cohen Greene tiene un doctorado en Sexología. A sus 68 años sigue trabajando como sustituta sexual, profesión que ejerce desde que tenía 29. Foto: AFP

Pocos hombres tienen la paciencia, tranquilidad y confianza de Bob Greene. Aunque su esposa, Cheryl Cohen Greene, es una terapeuta que también hace las veces de sustituta sexual, después de 30 años de casados el romance sigue intacto. En sus sesiones Cheryl ayuda a los pacientes con problemas sexuales a conocer su cuerpo, a sentir placer, a brindárselo a otra persona, a superar sus miedos y a generar conciencia física y emocional en la intimidad. Para eso, no solo les da lecciones teóricas como lo haría un sexólogo, sino que también se acuesta con ellos. En casi 40 años de carrera lo ha hecho con más de 950, muchas veces sobre el lecho que comparte con su marido.

Uno de los clientes que más recuerda es el fallecido escritor Mark O’Brien. Su gran anhelo era ser amado por una mujer, pero el polio le deformó la espalda, atrofió su crecimiento y lo confinó desde los 6 años a un pulmón de acero del que solo podía escapar unas horas. Pese a esas limitaciones, su mayor problema era su baja autoestima y su temor infinito al rechazo. Por eso, su psicóloga le recomendó consultar a Cheryl. La historia de esas terapias está plasmada en la película The Sessions, y el papel de Helen Hunt como Cheryl le valió una nominación al Óscar en la categoría de Mejor Actriz de Reparto.

La sustitución es un oficio poco convencional y casi siempre se confunde con los servicios de una prostituta. Tal vez por eso solo hay 50 entrenadores sexuales (tanto mujeres como hombres) registrados en la Asociación Internacional de Sustitutos Profesionales, donde Cheryl es vicepresidente. Según ella, los beneficios de este tipo de terapia son únicos. Lo mismo opina la sexóloga colombiana Martha Mejía, quien recomienda este tratamiento en casos muy puntuales: “Una trabajadora sexual se limita a suministrar placer a cambio de dinero,  mientras que una sustituta busca recuperar la funcionalidad sexual del paciente”. Es decir, los sustitutos no se encuentran en las páginas amarillas, sino que es necesario que un psicólogo ordene las terapias. 

A muchos les parece escandaloso, pero Cheryl nunca le temió a los prejuicios ni a las ideas equivocadas sobre lo que hace. Llegó a esa profesión de manera natural, “como si fuera obra del destino. Empecé en la Línea de Información Sexual de San Francisco, donde aprendí a escuchar sin juzgar. Luego, una amiga me regaló un libro sobre el tema y quedé fascinada. Supe que ese era el trabajo perfecto para mí”, dijo a SEMANA. Así, empezó a ejercer en California y su oficio tuvo un boom en los años setenta, cuando los matrimonios abiertos, como el de ella con su primer esposo, eran comunes y muchas personas estaban dispuestas a explorar.

Las terapias, que varían entre seis y 12 sesiones, no son únicamente sexo. Se trata de comunicación, relajación y conocimiento del cuerpo. Empiezan con una lección de anatomía genital: “Estudiamos nuestros cuerpos. Los toco y ellos me van diciendo qué sienten, qué les gusta y qué no”. Lo más importante es que les da la confianza necesaria para que puedan aplicar lo aprendido con su pareja. 

Para lograr el cometido, es indispensable que el cliente se sienta a gusto. Por eso, desde que Cheryl comenzó a trabajar, su clave ha sido el humor. “No te puedes excitar cuando estás tan serio”, dice. Por supuesto, no todo han sido risas. También ha tenido casos extremadamente complejos. “He trabajado con hombres que fueron abusados cuando niños, que sufren de trastorno obsesivo-compulsivo o que tienen algún tipo de discapacidad como Mark”.

Cuando el escritor contactó a Cheryl, le dejó claro que no quería trabajar más de seis sesiones, pues temía apegarse emocionalmente a ella. Mark no podía moverse del cuello para abajo, pero podía sentir y a sus 36 años quiso dejar de ser virgen. En las terapias, la sustituta lo desnudaba, lo estimulaba y le explicaba lo que podía hacer para complacer a su pareja, como el sexo oral. Su tiempo juntos terminó cuando él logró que Cheryl tuviera un orgasmo. 

Mark no solo fue el primer discapacitado con quien Cheryl trabajó, sino que formaron una bella amistad después de las sesiones. Él le envió varios de sus ensayos y la invitó a la premiere de Breathing Lessons, un documental inspirado en su vida y ganador del Óscar en 1997. Para entonces, el autor ya tenía una novia, Susan Fernbach, quien lo acompañó hasta su muerte en 1999. “Me alegra que ellos dos se hubieran encontrado, pues muchas veces creí que, como él no podía salir a conocer gente, no encontraría a alguien con quien compartir su vida”, cuenta la sustituta.

El hecho de que se hubieran vuelto grandes amigos tiene una explicación. “Tú no puedes hacer este oficio si no sientes cariño por el otro. Ellos exponen su vulnerabilidad y a ti te tiene que importar eso”, afirma Cheryl. Tal vez por eso es que su segundo esposo, Bob Greene, empezó siendo un cliente. Cuando ya habían terminado sus sesiones, él, en agradecimiento, le regaló una cámara fotográfica y le ofreció enseñarle a usarla. Después de un par de clases, la invitó a salir y a los pocos meses se casaron.

Si bien esos dos casos le representaron grandes retos, no fueron sus mayores desafíos. El oficio sufrió mucho con la aparición del sida y, el número de profesionales se redujo de más de 200 a unos 50. Eso solo la motivó a aprender más sobre el sexo seguro y enseñarle a sus clientes a protegerse. Pero, sin duda, su mayor batalla ha sido su propia salud. Cheryl es sobreviviente de cáncer linfático y de seno, por lo que tuvo que hacerse una mastectomía. “Estuve al borde de la muerte y quedé con muy poca energía”, recuerda. Su proceso de recuperación fue largo y difícil, pero no por eso se rindió. Se sometió a una reconstrucción mamaria y con la ayuda de su esposo volvió al ruedo. 

Cheryl tiene 68 años y ya no se siente tan cómoda con los jóvenes como antes, pero insiste en que si ellos quieren trabajar con ella, está dispuesta a ayudarlos. Sin embargo, ahora sueña con retirarse para dedicarse a otras cosas. “Me encantaría viajar con mi marido. Hay tantos parques y reservas que debemos visitar. Quisiera volver a Europa, explorarlo todo”, anhela. Indudablemente, Bob estará allí acompañándola en su nueva vida.

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