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| 8/16/2014 3:00:00 PM

La risa triste de Robin Williams

Con su muerte Robin Williams se convirtió en la expresión máxima del comediante trágico. Un recorrido por su carrera revela el extraordinario pero contradictorio talento de un hombre que marcó el cine y la televisión.

En una de sus últimas entrevistas, Robin Williams dejó entrever su rechazo por la fama: “Estados Unidos siempre mitifica a la gente cuando muere”, se quejó en el periódico británico The Guardian en 2010. Cuatro años después, su nombre es el mejor ejemplo de esa obsesión que tanto criticaba. Y no es para menos. Con 63 años recién cumplidos, Williams, el actor más feliz de Hollywood, decidió quitarse la vida. Sin quererlo reforzó el mito del comediante que hace reír a los demás, pero que esconde tras su personaje una tristeza irredimible.

Varias generaciones crecieron con sus películas y por eso no solo Estados Unidos, el país donde nació, se ha dedicado a convertir en mito su historia durante los últimos días. El mundo entero le rinde homenaje al hombre de las mil caras. Williams comenzó a labrar su fama a principios de los ochenta y, aunque últimamente sus proyectos no eran los más brillantes, nunca dejó de trabajar. Lo agobiaba ser una celebridad, pero se mantenía ocupado siempre porque en el fondo le daba miedo que el público lo olvidara. Sin embargo, pocas horas después de que la familia confirmó la trágica noticia, las redes sociales se inundaron con mensajes de despedida, el presidente Barack Obama publicó sus condolencias y las ventas de sus películas se dispararon en Amazon. La gente no lo olvidó.

Williams fue hallado muerto en su casa de Tiburón, una península en la bahía de San Francisco, el lunes 11 de agosto. Su esposa, Susan Schneider, lo vio con vida por última vez el domingo. Esa noche durmieron en habitaciones distintas y a la mañana siguiente la mujer salió a hacer unas diligencias mientras su marido supuestamente seguía dormido. Pocos minutos después la asistente del actor llamó a la puerta, pero como nadie respondía, entró a la fuerza y vio a Williams, levemente suspendido, con un cinturón alrededor del cuello y algunas cortadas en la muñeca izquierda. Los servicios de emergencia determinaron que llevaba varias horas muerto y que la causa oficial había sido “asfixia por ahorcamiento”. Dentro de un par de semanas se sabrá si en su cuerpo había rastros de alcohol o drogas.

Esa misma tarde su representante admitió que Williams luchaba desde hace tiempo contra la depresión y el jueves su esposa reveló además que tenía principio de párkinson. A principios de julio el actor ingresó a un centro de desintoxicación en Minnesota para hacerle frente a su alcoholismo, adicción que lo perseguía desde 1980. Volvió a internarse en días recientes para “centrarse en su meta de permanecer sobrio”, un estado del que estaba “tremendamente orgulloso”, decía el comunicado. Parecía algo rutinario, pero hoy muchos lo ven como un síntoma del fatal desenlace.

Si bien la máscara de comediante le sirvió para esconder sus demonios, Williams siempre intentó hablar abiertamente de ellos. La cocaína, “la caspa del diablo”, como le decía él, fue el peor de todos. “Había noches en las que consumías unos gramos y creías que te ibas a morir –solía contar–. Pero al otro día te despertabas y decías: ‘¡Sigo vivo! Hagámoslo de nuevo’”. En sus shows en vivo tampoco perdía oportunidad para tocar el tema: “¡Qué droga tan maravillosa! Cualquier cosa que te ponga paranoico o impotente, dame más de eso”. Solo se detuvo en 1982 al enterarse de que su primera esposa (tuvo tres), Valerie Velardi, estaba embarazada de su primogénito, Zachary. Así se mantuvo hasta 2003, cuando recayó en el trago.

“La adicción no tiene una causa. Está ahí. Espera a que pienses que todo está bien y lo siguiente que notas es que las cosas no están tan bien”, admitió. Volvió a beber mientras filmaba una película en un pueblo perdido de Alaska. “Me sentía solo y asustado, y creí que si me tomaba un trago, iba a sentirme mejor. Y fue lo peor”, le reveló al Guardian. De ahí en adelante su vida empezó a hacer crisis. En 2004 murió Christopher Reeve, uno de sus mejores amigos, y dos años más tarde, ingresó de nuevo a un centro de rehabilitación. Para completar, el matrimonio con su segunda esposa, Marsha Garces, la niñera de Zachary y madre de sus otros dos hijos, Zelda y Cody, terminó en divorcio en 2008. Un año después, su salud le pasó factura y tuvo que someterse a una delicada cirugía de corazón.

Entonces siguió un periodo de altibajos, en el que “su armadura se rompió” y se sintió “realmente expuesto”. Williams por fin decidió bajarle al ritmo de trabajo –en poco más de un año había participado en ocho películas– y en 2011 volvió a casarse, esta vez con la diseñadora gráfica Susan Schneider. Poco a poco retomó su carrera, pero sus gestos frenéticos y frases atropelladas ocultaban sus verdaderas angustias, tanto así que hoy sus amigos más cercanos confiesan que nunca llegaron a conocerlo del todo. Se ha especulado que el dinero lo agobiaba –dos divorcios, decía, rompen el corazón y la billetera de cualquiera– y eso también pudo empeorar su frágil estado. En los próximos días seguramente nuevos detalles completarán la crónica de sus últimos momentos. Mientras tanto, el mito del comediante trágico seguirá creciendo.


Nace un talento



Cuando un joven regordete, de muecas exageradas y palabras sin sentido, presentó audición para el papel de extraterrestre en la popular serie Mork & Mindy, el director lo contrató porque efectivamente parecía de otro planeta. “El único ‘alien’ del ‘casting’” recuerda. Hijo de una modelo y un ejecutivo de Ford, Robin McLaurin Williams siempre se destacó por su talento. De niño creció muy solo, pues no tuvo hermanos y sus papás casi nunca estaban en la casa. Esa ausencia estimuló su imaginación –decía que le gustaba jugar con sus 2.000 soldaditos en uno de los cuartos vacíos de la inmensa mansión de Chicago donde pasó su infancia–, y cuando llegó la hora de elegir carrera, se decidió por la actuación. Alcanzó a tomar algunas clases de Ciencia Política hasta que consiguió un cupo en el prestigioso Juilliard School de Nueva York. Desde el primer momento sus profesores lo alentaron a seguir el camino de la comedia. Al graduarse, en 1976, no le fue difícil encontrar trabajo. Estaba hecho para las cámaras.

Sin maquillaje

Williams era capaz de interpretar cualquier papel, menos a sí mismo. Aunque en las entrevistas nadie sabía cuándo hablaba en serio o en chiste, hubo momentos fuera de cámaras en los que dejó de fingir para mostrar su faceta más humana.

El amigo


Williams y Christopher Reeve compartieron habitación en Juilliard y desde entonces se volvieron buenos amigos. Cuando el actor de Superman quedó tetrapléjico, Williams lo ayudó con los gastos médicos. Era el único que lo hacía reír mientras luchaba en una camilla. 

El ciclista


Uno de los pocos momentos en los que se sentía verdaderamente cómodo era sobre una bicicleta. Aquí, con Lance Armstrong durante un entrenamiento del Tour de Francia, en 2002. 

El soldado


Viajó a una decena de países para entretener a las tropas del Ejército estadounidense. Al final de sus presentaciones, anotaba los teléfonos de algunos soldados para luego llamar él mismo a sus familias. 

El papá


Williams se casó tres veces y tuvo tres hijos, Zachary, Cody y Zelda (a quien llamó así en honor a uno de sus videojuegos favoritos). “Papá podía ser cálido incluso en sus momentos más oscuros”, publicaron en un sentido comunicado tras su muerte. 

Los comediantes trágicos

“Para hacer reír de verdad tienes que ser capaz de coger tu dolor y jugar con él”, dijo alguna vez Charles Chaplin. Eso parece saberlo la mayoría de humoristas, pues el trágico final de Williams no es el único ni el primero. De hecho, uno de sus amigos más cercanos, John Belushi, murió en 1982 por una sobredosis de cocaína y heroína, después de una noche de juerga con él y Robert de Niro. Ya en 1966 el irreverente Lenny Bruce había inaugurado la lista, cuando la Policía encontró su cuerpo sin vida con una jeringuilla de morfina al lado. La maldición del comediante es un tema recurrente y por eso durante los últimos años varias figuras destacadas se han atrevido a hablar de sus trastornos mentales: desde Jim Carrey y Hugh Laurie hasta Stephen Fry y John Cleese.

Aún no ha muerto

Williams era un confeso adicto al trabajo. Apareció en su última serie de televisión en The Crazy Ones, estrenada el año pasado. El programa, protagonizado por él y Sarah Michelle Gellar, no tuvo el éxito esperado y los productores no lo renovaron para su segunda temporada. El actor admitió que la decisión afectó gravemente sus finanzas y quizás por eso al morir tenía tantos proyectos pendientes. Este y el próximo año se estrenarán tres películas suyas: Merry Friggin’ Christmas, Una noche en el museo 3 y Absolutely Anything. Puede que no sean sus mejores cintas, pero al menos, como él explicaba, pagaban las cuentas. 
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