Martes, 30 de septiembre de 2014

| 2013/02/16 07:00

La superestrella anónima de Sudáfrica

Fue ídolo sin saberlo, lo creyeron muerto por años y desde que fue redescubierto, el éxito no lo sedujo.

Veinte años después de grabar su primer disco, Sixto Díaz Rodríguez se enteró de que era una estrella en Sudáfrica. No ha hecho nada para recuperar las regalías de los 500.000 discos suyo que se vendieron en ese país. Foto: AFP

En la década de los setenta, en la Sudáfrica del apartheid, la guitarra acústica y la voz carrasposa de Sixto Díaz Rodríguez representaban la resistencia. Sus letras de protesta social eran himnos para los blancos liberales y sus discos alcanzaron a vender más de medio millón de copias. Sus canciones se popularizaron casi por casualidad en la radio, y aunque muchos anhelaban verlo en vivo, nunca volvió a componer. Con el paso del tiempo comenzó el rumor de que había muerto. Unos decían que se había suicidado sobre el escenario y otros que había fallecido en la silla eléctrica.


Stephen Segerman, uno de sus fanáticos más entregados y dueño de una discotienda en Ciudad del Cabo, se negó a dejar la historia inconclusa y, a pesar que solo sabía su apellido, se dedicó a averiguar qué había sido de él. Cuando comenzó a investigar en 1998, no solo lo encontró vivo en Detroit, sino que descubrió que era un obrero de demoliciones que no tenía la más mínima idea de que era un fenómeno al otro lado del océano. Segerman lo invitó a tocar en Sudáfrica y Rodríguez aceptó sin imaginarse lo que le esperaba. Cuando llegó, 30.000 personas lo recibieron en éxtasis y su presentación fue apoteósica.


La historia es tan insólita, que dio lugar a Searching for Sugar Man, una película que parece sacada de un libreto de ficción, pero que está compitiendo por el Óscar a mejor documental.


Sixto Díaz Rodríguez nació en Michigan de padres mexicanos hace 70 años y empezó desde joven a cantar en bares, donde lo descubrió un cazatalentos. El sello discográfico Sussex lo contrató y en 1970 grabó Cold Fact. Con canciones que hablaban abiertamente de sexo, drogas y que manifestaban una gran inconformidad por la segregación y la falta de oportunidades para los inmigrantes en Estados Unidos, el disco era uno de los más poderosos del año. Todos estaban convencidos de que el nuevo artista se convertiría en una estrella, en el siguiente Bob Dylan, pero esa obra pasó sin pena ni gloria. 


Aun así, el sello reconoció el gran talento de Rodríguez y le dio otra oportunidad. Con nuevos temas de protesta, el joven lanzó Coming from Reality y los directivos de Sussex confiaban en que, ahora sí, venderían hasta la última copia. Hasta el productor Steve Rowland, que después trabajó con The Cure, creía en él: “He trabajado con grandes músicos, pero nunca con alguien tan talentoso como Rodriguez”, dijo. Pero el álbum también fue un fracaso rotundo. Poco antes de Navidad, el novel cantante estaba despedido. 


Pero el destino trabajaba para él silenciosamente. Mientras en su ciudad natal desechaba sus sueños musicales y se dedicaba a tumbar edificios, en Sudáfrica lo idolatraban. Una copia de Cold Fact logró colarse entre lo poco que llegaba a ese país, que durante los años del apartheid vivía prácticamente aislado. El disco empezó a sonar en una emisora comunitaria y muy pronto se volvió el símbolo de los enemigos de la segregación racial. “Queremos mucho a Rodriguez. Hace poco salió un libro sobre los héroes de nuestro país y hay un capítulo dedicado a él. ¡Y eso que ni siquiera nació acá! Así de importante es”, dijo Segerman a SEMANA. 


Precisamente por el impacto que tuvo en la vida de tantas personas, muchos empezaron a preguntarse por qué había dejado de componer. Y ante la falta de información, creyeron que había muerto. “Yo siempre sentí gran afinidad con Rodríguez. Realmente quería localizarlo”, cuenta Segerman. A finales de los años noventa, cuando internet aún era precario, el surafricano hizo una página web en busca del artista. Y un día una mujer llamada Eva le respondió. Era una sobrina del músico que le tenía la mejor noticia: su tío estaba vivo. 


Segerman viajó a Detroit y convenció a Rodríguez de que fuera a Ciudad del Cabo. El albañil no había tocado en años, pero aceptó. “Verlo encontrarse con sus seguidores fue fascinante. Este realmente es su segundo hogar”, afirma. La escena se repitió cinco noches seguidas y en todas se agotó la boletería. Pero tan repentinamente como apareció, Rodríguez regresó a Estados Unidos sin dejar mayor rastro. Repartió el dinero entre sus tres hijas y volvió a trabajar como obrero.


En 2006, Malik Bendjelloul, un documentalista sueco, conoció a Segerman y cuando se enteró de la increíble historia, supo que ese sería su siguiente proyecto. Contactó al músico y durante cuatro años viajó a Michigan para tratar de convencerlo de participar. El resultado de ese esfuerzo es Searching for Sugar Man, que no solo ha ganado todos los premios de cine independiente, sino que le dio a Rodríguez la fama que no tuvo hace 40 años. 


Hoy, Sixto es una celebridad que solicitan todos los programas de entrevistas en Estados Unidos y que va de un lado a otro con Bendjelloul para promocionar el documental. A pesar de lo glamurosa que parece su vida ahora, él no ha permitido que el éxito se le suba a la cabeza. Sigue siendo el mismo hombre humilde y sabe que así como hoy todos los focos están sobre él, mañana pueden olvidarlo. Tal vez por eso es que siempre le dice a su público fiel: “Gracias por mantenerme vivo”.

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