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| 3/10/1997 12:00:00 AM

LA ULTIMA CORTESANA

Acaba de morir Pamela Harriman, la embajadora de Estados Unidos en Francia, una mujer cuya vida amorosa la convirtió en una leyenda.

Cortesana era un concepto que se utilizaba en los siglos XVIII y XIX para describir a las mujeres que ofrecían favores y entretenimiento a los poderosos a cambio de su sostenimiento económico. En el siglo XX esta palabra no se ha utilizado nunca. Con una excepción: Pamela Harriman, la recientemente fallecida embajadora de Estados Unidos en Francia, cuya agitada vida sexual la convirtió en una leyenda en vida. La historia de Pamela Digby Churchill Hayward Harriman _que ya ha sido tema de dos biografías_ parece extraída de un guión cinematográfico. Ella sedujo a la mayoría de los hombres que la conocieron. Entre los que fueron sus amantes y mantuvieron sus exquisitos gustos y su lujosa vida de mujer de sociedad en la escena internacional se encuentran el industrial italiano Gianni Agnelli y el barón francés Elie de Rothschild. Y su tercer esposo, Averell Harriman, ex gobernador de Nueva York y ex embajador en la Unión Soviética, de quien heredó hace 10 años una fortuna estimada es 100 millones de dólares.Desde que hizo su aparición en sociedad en 1938 en el Palacio de Buckingham, ante el rey George VI, Pamela Digby mostró su habilidad para seducir a los hombres. Aunque no era muy hermosa, la hija menor del barón Edward Kenelm Digby logró ser, durante sus 76 años de vida, el centro de atracción tanto en los salones de sociedad como en los círculos políticos de dos continentes, donde manejaba el poder con la misma facilidad con que lo hacía con los hombres. Como todas las hijas de la aristocracia de esa época, con más títulos que dinero, Pamela sólo tenía un destino en mente: casarse con un hombre rico y poderoso. Tenía 19 años cuando conoció a Randolph Churchill, de 28 años, el único hijo del primer ministro británico Winston Churchill. Tres meses después se casó con él a pesar de las protestas de su familia por su fama de extravagante y alcohólico. Según los chismes de la época, el hijo de Churchill ya le había propuesto matrimonio a otras mujeres porque quería asegurarse de tener un heredero antes de ir a la guerra. Al comienzo Pamela se fue a vivir con sus suegros en su residencia del número 10 de Downing Street y el primer ministro Winston Churchill, reconociendo su encantadora personalidad, la encargó de organizar reuniones para animar a los norteamericanos a seguir en la guerra. Pero después, mientras su esposo estuvo en los campos de batalla, la casa de Pamela Churchill se convirtió en la sede de los estadounidenses en Londres, quienes la llamaban Eisenhowerplatz. A través de Churchill conoció al barón de la prensa Max Beaverbrook, quien llegó a ser su tutor. Al terminar la guerra también se había terminado su matrimonio y, acosada por las deudas de juego de su marido, se fue a Nueva York, junto con su hijo Winston Churchill Jr. Allí, gracias a su apellido de casada, consiguió un destacado lugar entre la sociedad y empezó a trabajar como corresponsal del Daily Express _de propiedad de Beaverbrook_ cubriendo noticias de la escena social. Sus affaires con el cantante Frank Sinatra y con el príncipe Ali Khan, el playboy hijo del Aga Khan, fueron objeto de registro en la prensa europea y estadounidense. Sin embargo la relación sentimental que más revuelo causó fue con el periodista de la CBS Edward Murrow, a quien había conocido en Londres como corresponsal de guerra, y que terminó cuando ella supo que Murrow había decidido no dejar a su esposa para casarse con ella. Entonces abandonó los Estados Unidos.A los 26 años empezó una nueva vida en París junto con su hijo, el nieto del estadista inglés, a quien ella crió y educó. En la Ciudad Luz se involucró en un tórrido romance, que duró muchos años, con el industrial italiano Gianni Agnelli. Se dice que ella se convirtió al catolicismo en un infructuoso intento porque el heredero de la Fiat se casara con ella. Después de este rompimiento amoroso pasó a ser la amante clandestina del barón Elie de Rothschild, cabeza de una aristocrática familia de vinicultores y quien estaba casado con una conocida mujer de la sociedad parisiense. Se dice incluso que hasta el propio Charles de Gaulle sucumbió a su encanto. En 1958, durante una visita a Nueva York, Pamela Churchill conoció al productor de Broadway Leland Hayward, con quien comenzó un sonado romance dos años antes de que éste se divorciara de su segunda esposa para casarse con ella. Aunque se amaban, la relación fue tormentosa a causa de la furibunda oposición de los tres hijos del primer matrimonio de Hayward. Después de la muerte de Leland, su hijo Brooke escribió un malévolo best seller sobre Pamela Hayward titulado Haywire. La viudez de su segundo esposo duró poco. Cinco meses después, en medio de su agitada vida social, ella se reencontró con el ex candidato presidencial Averell Harriman, heredero de la fortuna de la Union Pacific Railroad y con quien había tenido un romance 30 años atrás. Harriman tenía 79 años y acababa de enviudar. En 1971 se convirtió en Pamela Harriman. Como regalo de bodas le pidió a su tercer esposo la ciudadanía estadounidense. Durante 15 años Pamela Harriman fue sólo la esposa de un hombre influyente y millonario. Su única incursión en la política era estar al lado de su marido en las concurridas y frecuentes cenas que ella organizaba para el partido demócrata. Al morir Harriman, en 1986, ella heredó una fortuna estimada en 100 millones de dólares y su casa se convirtió en el cuartel demócrata de la campaña que llevó a Bill Clinton por primera vez a la Casa Blanca. Hace tres años su nombramiento como embajadora en Francia despertó suspicacias al otro lado del Atlántico. Pero poco después de haber llegado a París ya había conquistado a los franceses. Sin embargo, a pesar de su aplaudido desempeño diplomático, Pamela Harriman nunca pudo dejar atrás su leyenda de seductora, que conquistó el corazón de algunos de los hombres más ricos, atractivos y poderosos del mundo y fue el terror de las esposas.
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