Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/10/06 00:00

La utopía como vida

A los 40 años del asesinato del Che, el profesor Eugenio Gómez Martínez muestra qué hubo detrás de ese hombre mitológico convertido en imagen consumista.

La utopía como vida

Pocos personajes concitan tanto la imaginación como Ernesto Che Guevara, el argentino que murió este lunes hace 40 años tras dedicar su vida a la revolución mundial para convertirse, con el paso del tiempo, en un símbolo tanto del idealismo como de la sociedad de consumo que tanto odió. En este hombre nacido en 1928, todo fue una implacable búsqueda del paraíso sobre la tierra, de la utopía. Criado en el seno de una familia burguesa, él prefirió entregarse a los pueblos latinoamericanos, sobre todo a combatir la pobreza y la injusticia, para lo cual le sirvió su cinematográfico recorrido en motocicleta por la región. Ya graduado de médico, antes que ejercer ese trabajo para ganar dinero, se fue implicando en luchas reivindicativas: contra Juan Domingo Perón en su país natal; a favor de una verdadera reforma agraria en su primer paso por Bolivia y a favor del gobierno progresista del presidente Jacobo Arbenz, en Guatemala.

Comprometido desde su encuentro en México con Fidel Castro, en la lucha contra el dictador cubano Fulgencio Batista, demostró excepcionales dotes de liderazgo en el triunfo de la revolución. Triunfantes estos barbudos de verde oliva, el Che se convirtió en uno de los guías del nuevo régimen a la cabeza de los sectores bancario e industrial. Hombre generoso y cruel a la vez, duro y compasivo al mismo tiempo, ministro que cortaba caña como cualquier campesino, pretendió que la nación se desarrollara de inmediato, influyó en una frenética confiscación de bienes, predicó un socialismo puro y duro, prefirió la centralización, combatió a muerte la economía de mercado y trató de convencer a los ciudadanos de que trabajaran por la comunidad y no en pos de incentivos materiales. Creyó que así construirían el 'hombre nuevo' ya esbozado por Lenin y, mucho más atrás, desde la óptica cristiana, por San Pablo. Al mismo tiempo, abogó por las naciones atrasadas y subyugadas por las potencias y, en cuanto a América Latina, de la Conferencia de Punta del Este de 1961 confirmó una de sus tesis fundamentales: la necesidad de sacudirse de la hegemonía norteamericana.

Pero, en cuanto a la isla, su idealista concepción de la política económica acabó enfrentándolo con pragmáticos dirigentes del tipo de Carlos Rafael Rodríguez y con el propio programa de la Unión Soviética. Su destino estaba en propagar la revolución mundial.

Decidió buscar otros escenarios de lucha: el Congo ex belga y, de nuevo… Bolivia. En el primero pudo darse cuenta de que algunos jefes revolucionarios, como Laurent Kabila, poseían una deplorable formación ideológica, con sus consiguientes resultados. Pero lo peor sucedió en el país del altiplano.

Acá el 'guerrillero heroico' sufrió la sujeción doctrinaria y pragmática de los partidos comunistas 'tradicionales' a Moscú, que no quería promover acciones de 'aventureros' que dañaran su entendimiento con Estados Unidos tras la crisis de los misiles de 1962. Se estrelló contra la apatía y la traición de los campesinos bolivianos que él pretendía 'liberar'. Se equivocó al no buscar el respaldo de los mineros, que ya tenían una tradición de enfrentamiento con los patronos, sino que tratara de apoyarse en gentes del agro beneficiadas por entonces con una relativa reforma agraria. Y es raro es que un jefe que mostró ser implacable en la epopeya cubana, ahora resultara blando con esos guerrilleros bolivianos indisciplinados y desobedientes que él pretendió dirigir. El 7 de octubre cayó herido en combate; la lesión no era grave, pero al día siguiente, después de ser torturado, fue asesinado por un oficial, Gary Prado, quien sobrevive en una silla de ruedas.

Extremista en su análisis político, según algunos observadores, y deschavetado personalmente, para ciertos siquiatras, a Latinoamérica le había prescrito la teoría del 'foco': constituir "uno, dos, varios Vietnam". Falló en parte porque no evaluó la capacidad del enemigo que enfrentaba. Para Regis Debray, el intelectual francés que lo acompañó en su última empresa, el fracaso en Bolivia se debió a que su estrategia, triunfante en Cuba, no era aplicable a toda la región.

Sea lo que fuere, después de 1967 la lucha armada de signo izquierdista fue desapareciendo y los comunistas prosoviéticos, olvidando las discrepancias que tuvieron con el Che, hicieron uso de su carisma y proclamaron ser herederos suyos. Pero también su figura emblemática, reproducida hasta el cansancio en afiches, camisetas y hasta cervezas y cuanto objeto susceptible de ser vendido, se volvió símbolo de una difusa rebeldía más asociada con el consumismo que tanto odió.

Después de 40 años el mundo ha evolucionado. La Guerra Fría desapareció con la Unión Soviética. El problema actual ya no se da entre el bloque capitalista y el comunista, sino quizás entre la civilización occidental cristiana y la oriental musulmana, si bien la América Latina continúa sin resolver la dicotomía riqueza-pobreza injustificable. El Che no pudo aceptar aquella "división vertical del planeta", cuyos centros de poder estaban en la Casa Blanca y el Kremlin; quiso escaparse de la una y del otro, y pagó el precio por ello. ¿Comprendería el orden (o desorden) vigente hoy?

En los 60 la lucha guerrillera como camino de trasformación, de la cual el Che fue propulsor, sonaba plausible. Hoy, en cambio, en Latinoamérica la izquierda democrática ha conseguido hacerse con el poder, pero no gracias a 'la boca del fusil'. Son los casos de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa, etcétera.

Hace 40 años no era difícil encontrar personas dispuestas a entregarse a utopías como la del médico argentino. Hoy es más fácil dar con quienes hacen del pragmatismo una regla de vida, del hedonismo un sacerdocio y del provecho individual su razón de existir. Claro que en Bolivia hay gentes humildes que se encomiendan al 'Santo Che' porque "supo vengarse de sus verdugos".

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