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| 6/30/2012 12:00:00 AM

La vida en un parpadeo

Tony Nicklinson lleva siete años sin poder moverse ni hablar, solo puede comunicarse con sus ojos. Quiere terminar con su vida, pero la ley británica no se lo permite. La semana pasada abrió una cuenta en Twitter para contarle al mundo su drama.

Un parpadeo para el sí, dos parpadeos para el no. Tony Nicklinson mira fijamente el tablero electrónico que tiene enfrente y con cada guiño elige una a una las letras del abecedario. Un computador rastrea sus movimientos oculares y poco a poco va construyendo las palabras y tejiendo las frases. Es un software de última tecnología que le permite interactuar con su entorno mediante una voz robótica. Pero la máquina también falla. Si Tony llora, no puede rastrear la trayectoria de sus pupilas y lo deja incomunicado. Tampoco es lo suficientemente rápida cuando necesita pedirle a alguien que le rasque una oreja o le suene la nariz.

Desde hace siete años este aparato es su única conexión con el mundo. Como consecuencia de un derrame cerebral, Tony padece una enfermedad extremadamente rara conocida como el 'síndrome del encierro', que lo mantiene paralizado del cuello para abajo. No puede hablar, se alimenta de papillas y depende de sus cuidadores para bañarse, vestirse y para casi todo. Está atrapado en un cuerpo roto, pero su mente y sus recuerdos permanecen intactos. Está enterrado en vida y, por eso, aunque comunicarse es un proceso agotador, es lo único que lo mantiene cuerdo. Eso, y luchar por su derecho a morir. Paradójicamente, decidir cuándo y cómo será su final se ha convertido en la única razón para despertarse cada día.

Hace una semana este británico, de 57 años, abrió una cuenta en Twitter para contarle al mundo que quiere acabar con "su miserable e intolerable existencia" y, de paso, presionar a las autoridades. El número de sus seguidores no ha parado de crecer y ya supera los 42.000. Desde 2007 se ha negado a tomar medicamentos para prolongar su vida y solo admite los que le alivian el dolor. En marzo consiguió que el Tribunal Superior de Londres estudiara la posibilidad de que un médico le ayude a morir sin temor a ser condenado a cadena perpetua por asesinato. "Necesito un plan B. Sufro una constante angustia al saber que no tengo una vía de escape para el momento en que la vida se me haga insoportable, como seguro ocurrirá". Su otra alternativa es dejarse morir de hambre, pero eso supondría un gran dolor para su familia, o viajar a una clínica en Suiza para que le apliquen de forma legal la eutanasia. El problema es que no tiene los 16.000 dólares que cuesta.

Su esposa y sus dos hijas lo han acompañado en este proceso, al pie de su cama, desde que se accidentó en 2005. Tony era un ejecutivo de una constructora y pasaba sus días entre Malasia, Hong Kong y los Emiratos Árabes. Jugaba rugby y, como lo describe su esposa Jane, era "el alma de las fiestas", un conversador incansable. Pero un día, durante un viaje de trabajo en Atenas, sufrió el derrame cerebral que trastocó su vida.

Esa mañana sintió un leve dolor de cabeza, pero no le dio importancia. Creyó que era una resaca por los tragos que había tomado o la falta de sueño. La jaqueca fue aumentando y a mitad de la noche el malestar lo despertó. Lo último que recuerda es que marcó al número de emergencias y pidió una ambulancia. Cuando volvió a despertar, ya no podía hablar y estaba conectado a un respirador en cuidados intensivos.

Hoy se arrepiente de haber hecho esa llamada. "Estoy harto de mi vida y no quiero pasar los próximos 20 años así. ¿Estoy agradecido con los médicos porque he sobrevivido? No -confiesa-. Si volviera al pasado, dejaría que la naturaleza siguiera su curso y no pediría ayuda".
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