20 abril 2013

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La vida sin sexo

EXPERIENCIAAgotada de relaciones íntimas vacías, la escritora francesa Sophie Fontanel narra en su nueva novela sus 12 años de abstinencia, que a la vez fueron una liberación y una tortura.

La vida sin sexo. El libro de la escritora Sophie Fontanel vendió más de 1.000 ejemplares diarios cuando se publicó en Francia.

El libro de la escritora Sophie Fontanel vendió más de 1.000 ejemplares diarios cuando se publicó en Francia.

Foto: AP

Sentado al lado de Simone de Beauvoir en un banco del jardín del palacio de Louvre, en una noche de verano de finales de los años veinte, el joven Jean-Paul Sartre le propuso a su amante un pacto: “Nuestro amor es un amor necesario, pero conviene que vivamos, de lado, amores contingentes”. 
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Desde ese entonces, quienes se convertirían en la pareja de intelectuales más famosa del siglo XX tuvieron una relación profunda que atizaron toda su vida con incontables relaciones sexuales y numerosos amantes. Para la joven Beauvoir no había ningún problema: ella era dueña de su cuerpo. En los años cincuenta y sesenta su vida se volvió un referente para las jóvenes que veían en la liberación sexual una forma de rebeldía.

La exitosa escritora Sophie Fontanel, heredera de De Beauvoir como la mayoría de las francesas, también se sabe dueña de su cuerpo, pero ha ejercido la libertad sobre él de otra manera: sin sexo durante 12 años. “La peor insubordinación en esta sociedad hipersexual”, como ella llama la abstinencia, es el tema principal de su novela autobiográfica L’envie (El deseo), que pronto será publicada en inglés bajo el título The Art of Sleeping Alone (El arte de dormir sola). Su libro ya es un bestseller en Europa y promete serlo en todo el globo.

Convencida de que el sexo ya no es tan tabú como el ‘no sexo’, Sophie se atrevió a cruzar la línea. Adinerada parisina de 50 años, intelectual y exitosa periodista de la revista Elle, podría ser el modelo para muchas mujeres. Creció en el riquísimo distrito XVI de París donde cultivó una vida que combinaba lo burgués y lo bohemio,  entre prendas Chanel y Givenchy y libros de García Márquez y Camus.

Su primera vez fue anodina. Perdió la virginidad a los 13 años con un hombre mayor que la llevó a un cuarto de hotel. En su adolescencia salía a bailar a la discoteca de moda de la época en la Ciudad Luz, la Elysée-Matignon. Allí se dejaba seducir por todos. Comenzó una vida sexual desenfrenada y no tardó en conocer todos los clichés: desde los hombres que se equivocaban de nombre hasta aquellos que ni siquiera la reconocían cuando se volvían a ver.

Y un día, repentinamente,  Fontanel quiso comenzar de cero. “A veces ser poseída y sacudida es delicioso, es el picante de la vida. Lo que no está bien es cuando es por inercia, cuando todo el erotismo se reduce a una forma mecánica de hacer el amor”, contó a SEMANA.

La revelación se dio durante unas vacaciones en las que viajó sola a las montañas para practicar esquí. Dormir sin nadie en una cama y poder hacer las cosas a su ritmo le pareció una delicia. El acto de insubordinación llegó como una epifanía, como una imposición de su cuerpo, que pedía un poco de respiro. Decidió no tener relaciones sexuales y sintió la felicidad de “no tener que ser invadida de nuevo”. En una ocasión, bajo el silencio de la isla española Formentera, entró desnuda al Mediterráneo y se sintió conectada con el mundo. “Hacer el amor de verdad se debe sentir así”, se dijo.

Pero la tranquilidad no duró mucho. Sophie se convirtió en la oveja negra de la hedonista alta sociedad parisina. Para no levantar sospechas, debía inventar amantes frente a sus amigas, que se ufanaban de sus intensas vidas sexuales. Después de la publicación del libro, recibió todo tipo de ataques: “amargada”, “frígida” y “lesbiana”, escuchaba a diestra y siniestra. “Ya no me sentía mujer, no paraba de preguntarme si todavía podría ser deseada”, afirma.

En la época de la juventud de una Simone de Beauvoir, en un mundo más puritano, la decisión de Sophie hubiera sido más respetada que hoy, donde “para vivir fuera de la norma sexual hay que ser fuerte”. Ella lo único que quiso probar, en el fondo, es que “ser verdaderamente libre es tener la posibilidad de seguir su música interior”. 
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