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| 4/26/2008 12:00:00 AM

Las confesiones

Julie Andrews, famosa sobre todo por su papel en ‘Mary Poppins’ y ‘La novicia rebelde’, revela en su autobiografía que su infancia no fue tan dulce como sus películas.

Sé que ustedes, los norteamericanos, son famosos por su hospitalidad, pero esto es realmente ridículo”, dijo Julie Andrews a sus 30 años después de recibir el Oscar a mejor actriz por interpretar a la mágica niñera Mary Poppins. Este, a su vez, fue su primer papel en la gran pantalla. Gracias a él se convirtió en estrella y en una de las voces más famosas de mundo. Pero es precisamente entonces, antes de la gloria y los premios, cuando termina su autobiografía Home. A memoir of my early years (Hogar. Memorias de mis primeros años), publicada hace pocas semanas en Estados Unidos. La razón que ha dado la diva es que después de cantar Supercalifragilisticoespialidoso junto a su coestrella, Dick Van Dyke, sigue la historia que todos conocen. La de la dama del cine de imagen azucarada, dicción perfecta y un increíble capacidad vocal que conquistó a niños y adultos.

Pero su infancia y adolescencia tuvieron poco de perfecto o maravilloso. A pesar de su porte y su elegancia, que harían pensar que proviene de una aristocrática familia inglesa, sus raíces son bastante humildes. Históricamente sus parientes se desempeñaron como sirvientes. Su abuelo era un mujeriego y borracho que trabajaba en una mina de carbón y murió de sífilis. Y Barbara, su madre, era una pianista de vaudeville que se enamoraba fácilmente, sufría depresiones y era alcohólica.

La vida le propinó su primer golpe a los 4 años, cuando su madre y su padre, Ted Wells, se divorciaron. Barbara mantenía una relación adúltera con Ted Andrews, un cantante canadiense, y se fue con él. Para evitar habladurías, cambiaron el nombre de Julia Elizabeth Wells por el de Julie Andrews. Fue su padrastro quien descubrió que ella podía cantar, cuando tenía 7 años y vivían las penurias de la Segunda Guerra Mundial. “Varias veces contaron que mi voz fue descubierta cuando le cantaba a mi familia en el refugio durante los ataques aéreos, pero eso era un simple truco publicitario inventado por mi padrastro para la prensa”, cuenta en el libro. Julie aprendió que ese don tenía un precio y tuvo que empezar a trabajar todas las noches desde antes de cumplir 12 años. Primero en el acto que presentaban su madre y su padrastro, y luego en una revista musical llamada Starlight Roof en Londres. Su poderoso instrumento vocal se convirtió en el sostén económico de su familia.

El público enloquecía al ver a la “prodigio de trencitas” cantar la Polonaise de la ópera Mignon, acto en el que alcanzaba las notas más altas de la escala musical sin mucho esfuerzo. También entonces se convirtió en la artista más joven en tener el honor de presentarse frente a la familia real británica.

“Alguna vez me preguntaron a cuál de mis padres odiaba más. Era una pregunta provocativa e interesante, porque de repente me pareció muy obvio a cuál amaba con todo mi ser...y ese era mi padre. Mi madre era muy importante para mí y sé cuánto la anhelé durante mi juventud, pero creo que nunca confié realmente en ella”. Esa sospecha se concretó cuando a los 14 años su mamá la llevó a una fiesta en una casa lujosa en donde le pidieron que cantara. Barbara había bebido bastante toda la noche y después de salir de la reunión le confesó que su padre biológico no era Ted Wells, sino el anfitrión de la reunión en la que acababan de estar. Le aseguró que la infidelidad había sido el producto de una atracción a la que no se pudo negar. El amor de Julie por Wells creció aun más cuando después de su muerte se enteró de que él sabía que ella no era su hija, pero aun así, siempre se portó como un padre cariñoso y presente.

Wells era todo lo contrario a Ted Andrews, que era agresivo y posesivo. Además de pegar a sus hijos con un bastón para caminar, trató en varias oportunidades de abusar sexualmente de su hijastra. “Noté que olía a alcohol y respiraba muy fuerte. Estaba parado en la mitad del cuarto, me dio las buenas noches y se movió para darme un beso en la mejilla. De repente dijo: ‘en verdad debo enseñarte cómo besar de la manera correcta’, y me besó en los labios. Fue un beso profundo y húmedo, una experiencia muy desagradable”. Julie le puso una chapa a su puerta desde entonces. En otra oportunidad le ordenó que se acostara junto a él, pues quería enseñarle cómo “abrazaba” a su mamá.

En su adolescencia hizo una prueba para los estudios MGM, pero le dijeron que no era fotogénica y que tampoco sabía actuar. Sin embargo, sus revistas musicales eran un éxito total, tanto es así que a los 15 años mantenía a toda su familia. “Me sorprendió que los críticos literarios consideren mi infancia tan horrenda. Fue bastante modesta, pero fue lo que fue. Nunca sentí pena por mí misma. Hay esa cosa dentro de la industria del entretenimiento que es seguir adelante y hacer las cosas”, dijo Andrews a la revista Newsweek.
Eso fue exactamente lo que hizo, y el teatro fue el siguiente terreno que conquistó. Gracias al musical The boy friend viajó a Broadway, donde se le abrió todo un nuevo mundo. En Nueva York fue seleccionada para protagonizar My Fair Lady, una nueva obra basada en el libro Pygmalion de George Bernard Shaw. Después de encantar durante dos años al público con el papel de Eliza Doolittle, encarnó el papel de la reina Guienevere en el musical Camelot. Y fue entonces, en 1962, cuando el propio Walt Disney entró a su camerino y le preguntó si estaba interesada en hacer el papel de la niñera que volaba con un paraguas.

Después de esto les cantó a las montañas en su papel de La novicia rebelde y años más tarde interpretó a una mujer haciéndose pasar por un hombre en Victor/Victoria. Ambos papeles le valieron nominaciones al premio de la academia.

Y aunque su vida pareció perfecta durante más de 40 años, en 1998, a causa de una cirugía mal hecha en sus cuerdas vocales, no pudo volver a cantar. La música, que siempre había sido su más importante medio de comunicación, le quedó vedada. Quizá por eso decidió escribir su biografía, para expresar las emociones que su voz ya no podía.

Esto no significó el fin de su carrera como actriz, pues los niños de las nuevas generaciones han podido disfrutar de su talento en las películas Shrek (donde presta su voz a un personaje) y El diario de una princesa. Ella es la muestra fehaciente de que en efecto, como dice una de las canciones de Mary Poppins, “con un poco de azúcar” todo se puede superar, pues a sus 72 años nada ha logrado quebrar su espíritu.
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