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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Las manos del Che

La investigación de una periodista argentina reveló, casi 40 años después, detalles de la muerte y la identificación de los restos del Che Guevara.

De la vida de Ernesto Che Guevara se ha contado de todo. Sus hazañas han inspirado libros, documentales y películas como la exitosa Diarios de Motocicleta. Además, está en producción una nueva cinta que será protagonizada por Benicio del Toro en el papel del legendario revolucionario. Sin embargo, sobre los hechos que rodearon su muerte siempre ha existido un manto de misterio. Para esclarecer esos episodios, la periodista argentina María Seoane, editora jefe del diario Clarín, se dio, en los últimos dos años, a la tarea de investigar y publicar en un reportaje de varias entregas los detalles de la labor de inteligencia realizada para capturarlo y asesinarlo en Bolivia, y de la identificación de sus restos. "El Estado argentino guardó silencio sobre el Che durante muchos años y mi obsesión era dar a conocer esta información", explicó la periodista a SEMANA. Además de acceder a los archivos secretos de la Cancillería y de la Policía Federal, Seoane logró que por primera vez hablaran los policías argentinos a quienes les correspondió corroborar que un guerrillero muerto en la selva boliviana era efectivamente el Che. Una diligencia que no hicieron a partir de un cadáver completo, sino de sus manos. "Guarden silencio, que se ocupe el gobierno boliviano de informar. Yo no lo haré", fue la orden que el entonces presidente argentino, Juan Carlos Onganía, dio a los policías Esteban Rolzhauzer, Nicolás Pellicari y Carlos Delgado. La periodista solicitó al Ministerio del Interior que los oficiales fueran relevados de la orden de callar, con el ánimo de poder hacer claridad sobre un episodio crucial de la historia de Latinoamérica. Fue así como después de casi 40 años los protagonistas sobrevivientes pudieron contar lo ocurrido el 12 de abril de 1967. En la madrugada de ese día, los tres fueron citados a una reunión urgente en el Departamento Central de Policía donde les informaron que debían viajar a Bolivia para certificar que un hombre ejecutado era el Che. Para ello buscaron la única ficha dactiloscópica que existía de él y que había sido archivada en Argentina cuando sacó su documento de identificación, 20 años antes. Con ese material fueron llevados al cuartel general de Miraflores en La Paz, donde les entregaron "un paquete envuelto en diarios. Era una lata de pintura que cuando la abrimos el olor del formol nos volteó. Eran las manos del Che, amputadas quirúrgicamente", relató Delgado a la periodista. Ante la sorpresa de no ver un cuerpo completo, les dieron la versión oficial: "El Che fue incinerado". Pero luego se enterarían de que esto no era la verdad. - "¡Póngase sereno y apunte bien! Usted va a matar a un hombre", habrían sido las últimas palabras del Che a su verdugo, el sargento boliviano Mario Terán, el 9 de octubre de 1967. Había sido capturado en la selva por una patrulla militar de rangers, supervisada por el gobierno militar boliviano liderado por el dictador y general René Barrientos con la colaboración de agentes cubanos de la CIA. Todo gracias a que desde 1966, el gobierno del general Onganía había seguido sus pasos hasta su ingreso clandestino a Bolivia. "Su estancia por este país era tan solo un paso, pues su obsesión era establecer un foco guerrillero en el norte de Argentina y hacer una revolución para pelear por el socialismo en su país como lo había hecho en Cuba", cuenta Seoane. Uno de los datos más impresionantes de la investigación es que el asesinato del guerrillero fue ordenado por el propio Barrientos, quien habría consultado al presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, si matar o dejar con vida a ese enemigo comunista en plena Guerra Fría. Pero quizá más revelador es que el dictador boliviano habría propuesto cortarle la cabeza al Che y enviársela a su amigo Fidel Castro como prueba irrefutable de que lo habían vencido. Según documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos, Barrientos y la CIA habían tomado la decisión de desaparecer el cadáver. "Lo odiaban, le temían y lo admiraban y por eso tenían que desaparecerlo, esto hacía parte de la guerra". Sin embargo, tenían que demostrar que el mítico Che no era inmortal. Por eso eran indispensables las pruebas que certificaran su muerte. Después de todo, como explica Seoane, Guevara "estaba precedido por una leyenda, pues desde 1964 no se sabía dónde estaba y por eso cuando lo mataron nadie lo creía". La mañana del 9 de octubre le habían tomado las huellas dactilares y dos mascarillas donde quedó estampado su rostro. En la tarde, dos médicos realizaron la autopsia y determinaron que había muerto por nueve balazos, pero no presentaron una partida de defunción. La foto tomada a los dos días de su deceso, en la que parecía vivo porque sus ojos permanecían abiertos, tampoco era prueba suficiente. Y no ayudó el hecho de que a su hermano Roberto Guevara no le hubieran permitido hacer el reconocimiento del cadáver. Según el testimonio del entonces jefe de la inteligencia militar boliviana, el general Arnaldo Saucedo, el 11 de octubre empezó a ser evidente la descomposición del cadáver y los agentes de la CIA y Barrientos acordaron preservar como prueba las manos, que fueron amputadas y guardadas en una lata de formol. Pellicari y Delgado las examinaron como peritos dactiloscópicos, y Rolzhauzer, perito escopométrico, pudo comparar la firma que aparecía en la ficha de identificación con la del diario escrito por el guerrillero. El 14 de octubre, después de ocho horas de trabajo, Pellicari, Delgado y Rolzhauzer pudieron certificar que en efecto aquellas manos pertenecían a Ernesto Guevara Lynch de la Serna. El Che estaba muerto. El cuerpo había sido enterrado en Vallegrande, Bolivia, junto a otros tres cadáveres. No se supo nada de él sino en 1997, cuando un equipo de científicos encontró los restos. Pese a los hallazgos de esta investigación, hay algunos misterios por resolver, como el destino final de las manos. Se ha dicho que están en Estados Unidos o que estuvieron en Cuba y que allí fueron enterradas en Santa Clara, junto a sus restos recuperados. De lo que sí no hay duda es de que estos interrogantes sólo han contribuido a engrandecer su leyenda. Es como Seoane concluye, tomando las palabras de un poema de Pablo Neruda: "Le cortaron las manos y aún golpea con ellas".
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