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| 3/31/2012 12:00:00 AM

Las orgías de Strauss-Kahn

Cada vez se conocen más detalles de las bacanales del exdirector del Fondo Monetario Internacional. Si se comprueba que además de ser el cliente número uno de una red de prostitución de lujo también organizaba las fiestas, podría pasar 20 años en prisión.

La vida libertina de Dominique Strauss-Kahn es una novela que parece no tener fin. Cuando hace casi un año una camarera del hotel Sofitel de Nueva York lo acusó de abuso sexual y tuvo que renunciar a su puesto como director del Fondo Monetario Internacional, los medios creyeron que había tocado fondo. Sin embargo, ese era apenas el comienzo de una seguidilla de escándalos sexuales que han hecho quedar a Silvio Berlusconi, el exprimer ministro italiano, como un principiante.

En el nuevo capítulo que tiene conmocionada a la opinión pública, DSK, el economista que alguna vez fue la esperanza del socialismo para gobernar Francia, se revela como un adicto al sexo capaz de orquestar orgías con tal de satisfacer su voraz apetito por las mujeres. Y aunque pagar a trabajadoras sexuales no es un delito en ese país, las autoridades creen que el político, además de ser el principal cliente de una red de prostitución de lujo patrocinada por notables de Lille, era quien organizaba las ya famosas bacanales. De ser hallado culpable por el cargo de proxenetismo agravado, podría enfrentar hasta 20 años de cárcel y una multa de 3 millones de euros.

Hasta entonces, el affaire había sido contado por terceros, por los testimonios de sus compinches o de las mujeres que los acompañaban. Pero, por lo que publicó el diario Le Monde la semana pasada, es la primera vez que se conoce directamente la versión del exdirector del FMI. Interrogado por más de ocho horas, insistió en que “no era culpable”. No obstante, las partes de la investigación que se han filtrado no dejan eso del todo claro.

Desde que el caso estalló, los medios han publicado a cuentagotas algunos de los mensajes de texto que Strauss-Kahn intercambiaba con Fabrice Paszkowski, el dueño de la cadena de hoteles Carlton de Lille y encargado de la logística de las orgías. En ellos el exministro socialista no tiene reparos en llamar a sus compañeras de alcoba “el material” o “el equipaje” que llevaba a discotecas para entretención de sus amigos. “¿Quieres venir a descubrir conmigo (y el material) una magnífica y desvergonzada discoteca de Madrid?”, le escribió DSK a Paszkowski. Al ser interrogado sobre la manera en que se refería a sus múltiples amantes, admitió que era “poco apropiado”, pero que “cuando hay varias personas, es más rápido utilizar una palabra que una lista de nombres”.

Todo empezó en octubre del año pasado cuando la Justicia detuvo a Dominique Alderweireld, mejor conocido como Dodo La Salmuera, dueño de una cadena de burdeles en Bélgica que solía organizar encuentros entre hombres de negocios, como DSK, y “señoritas”. Detrás de él cayeron otros personajes de la élite, entre ellos, el jefe de Policía del norte de Francia, que a cambio de favores políticos le presentaba chicas a Strauss-Kahn. Por eso, según el economista, nunca sospechó que fueran prostitutas. De hecho, su abogado ha insistido en que “la gente no siempre llevaba ropa en esas fiestas. No hay diferencia entre una prostituta y una señorita con clase si ambas están desnudas”.

La defensa insiste en que DSK pensaba que eran libertinas, que hacían eso por simple placer. En el interrogatorio los investigadores le preguntaron qué sabía sobre el oficio de sus “amiguitas”, a lo que les dijo, en un dudoso arranque de sinceridad: “Pensándolo ahora, creo que fui ingenuo”.

Pero su testimonio pierde peso porque uno de sus compañeros de juerga le confesó a los jueces que “todos sabían exactamente qué hacían”. Otro dijo que la “apariencia física” de algunas dejaba claro cuáles eran sus cualidades profesionales. Y una de las mujeres aseguró que DSK “insistió para saber cuánto le pagaban a una de las niñas, pues quería tener sus servicios sin intermediarios”. Él lo negó categóricamente.

Además, se conocieron las declaraciones de varias mujeres que dejan claro a qué se dedicaban. M., de 38 años, cuenta que se prostituyó por primera vez hace dos décadas y que en 2009, desempleada, volvió al oficio y frecuentó a DSK y sus amigos. Explicó que una vez la invitaron a una fiesta en un hotel en París con cuatro “niñas”. Después de cenar, tuvo “relaciones completas con DSK. Me acuerdo que eran encuentros brutales, con sodomización. No fue violento, pero se sentía que le gustaba el sexo con fuerza”. Ya fuera de la suite, uno de los amigos de DSK le dio un sobre con 900 euros.

Ese amigo, sin embargo, insiste en que M. no era una prostituta, pues “no está en la calle, no tiene un proxeneta que le pega. M. es una madre que hacía eso para llegar a fin de mes”. Jade, otra “compañera”, viajó a Washington donde están las oficinas del FMI y dice que le pagaron 2.000 euros por sus servicios. La acompañaba Estelle, también “profesional”, que con sus ojos azules y sus pechos generosos trató de concursar en varios certámenes de belleza.

La indagación de la Policía francesa también expuso la particular agenda personal de Strauss-Kahn. De día era el ejemplar director del FMI y de noche, un animal sexual insaciable. Confirmó que nunca “renunció a su vida desenfrenada” que en sus viajes oficiales tenía “almuerzos o cenas que a veces trataban temas más íntimos” e incluso “noches con parejas que querían tener sexo en grupo”. Los interrogatorios revelan que las maratones de lujuria de DSK eran interminables. El sexo era con “una tras otra” y era puro “consumismo sexual”. Incluso una de ellas dijo que “las orgías eran bestiales y violentas”. Una noche en un hotel de Washington trató de oponerse a las prácticas de DSK. Uno de los cómplices la agarró de las manos, “para impedir que me moviera”. Señaló que “es raro conocer clientes que le falten tanto al respeto como lo hicieron DSK y su amigo”. El economista negó totalmente este episodio diciendo que nunca tuvo “relaciones obligadas o impuestas”.

En París, Bruselas, Viena o Washington se reunía con banqueros, ministros de finanzas o economistas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) para resolver la crisis. Por la tarde se escapaba para encontrarse con “acompañantes”, “asistentes” o “secretarias” y amigos en salones VIP de restaurantes, suites de hoteles cinco estrellas o en lujosos apartamentos privados. DSK le mandaba mensajes a sus cómplices, preguntándoles “a quién llevaban en sus maletas”. Le contestaron: “Sylvie, siempre complicada. Jade, Catherine, seguro. La nueva quiere verte, pero en Francia”.

Y son justamente estos mensajes los que tienen al socialista contra la pared. Los investigadores y los jueces sospechan que toda la planeación de las fiestas giraba en torno a él, en función de su agenda del FMI y de sus gustos. Una de las mujeres lo dice claramente: “Estábamos ahí principalmente por él. Los demás daban igual”. DSK no era un invitado como los otros, sino que era el corazón de la red. Por eso le imputaron cargos de proxenetismo. En otro mensaje le pregunta a un chofer si quiere ganar dinero “llevando una pareja de Lille hasta la región parisina, a una fiesta swinger”.

Todas estas revelaciones ocurren cuando falta un mes para las elecciones presidenciales en Francia. Hace un año Strauss-Kahn era el candidato más firme para arrebatarle el poder a Nicolas Sarkozy y hoy, por cuenta de su libido insaciable, es el hazmerreír de la derecha, el enemigo público de las feministas y un paria en la comunidad académica que alguna vez lo consideró un futuro Nobel de Economía y hoy lo abuchea en sus conferencias por el mundo. Sea condenado o no, de ahora en adelante le va a ser muy difícil quitarse la etiqueta de ‘máquina sexual’. La prensa y la sociedad ya dieron su veredicto y no le perdonan a un hombre tan brillante haberse dejado arrastrar por sus pulsiones.
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