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| 7/21/2012 12:00:00 AM

Las otras víctimas de Pablo Escobar: los héroes olvidados

La narcoguerra de Pablo Escobar no solo cobró la vida de importantes figuras públicas, sino la de personajes que también lucharon, pero pocos recuerdan. Ahora que reviven en la serie del Canal Caracol, SEMANA les rinde un homenaje.

Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla y Guillermo Cano son las víctimas más reconocidas de Pablo Escobar, pero de los 5.000 asesinatos que se le atribuyen muchos quedaron en el olvido. Jueces, magistrados, políticos, periodistas y policías que se atrevieron a denunciar al capo y no desistieron ante sus chantajes y amenazas pagaron el más alto precio con su vida.

El Canal Caracol, al revivir la época del terror con Escobar, el patrón del mal, ha provocado una persistente polémica. Sus creadores, Juana Uribe y Camilo Cano, insisten en que su intención era hacerles un homenaje a las víctimas, pero hay quienes creen que es inevitable que alguien la vea como una apología del delito en la que solo sobresale el criminal más buscado del mundo.

Más allá de su protagonismo, lo cierto es que la serie ha rescatado a varios héroes olvidados que con sus valientes acciones también intentaron detener al jefe del cartel de Medellín. SEMANA habló con los familiares de esas víctimas invisibles, que aparecen con uno que otro tinte de ficción, para reconstruir sus historias.

"Nunca se dejó corromper el corazón"

El 23 de julio de 1985, el juez Tulio Manuel Castro Gil iba a encontrarse con su esposa Aurora para asistir al entierro de un tío. Había tenido la valentía de llamar a juicio a Pablo Escobar por el asesinato de Lara y eso le costó la vida. Salió en un taxi de su despacho en Paloquemao y al bajarse en la avenida Caracas con calle 45 unos hombres lo esperaban para acribillarlo. Aurora se fue a esperarlo a la casa al ver que no llegó a la funeraria. A las 11 de la noche la llamaron para decirle que había sufrido un atentado. Salió a buscarlo, pero lo único que encontró fue la escena del crimen.

Para Aurora, su esposo fue sacrificado porque "nunca se dejó corromper el corazón" y eso sigue siendo el gran orgullo de la familia. Castro Gil era un hombre hecho a pulso. Nació en Siachoque, Boyacá, estudió en la Escuela Normal de Tunja y fue maestro de escuela, como su esposa, hasta que se graduó de Derecho. Desde entonces empezó una brillante carrera en la Rama Judicial. Fue juez en Moniquirá, Chiquinquirá y Tunja, y magistrado auxiliar en el Tribunal de Bogotá. Cuando le asignaron el caso del ministro era el juez primero superior de la capital. Le iba tan bien que lo nombraron magistrado en el Tribunal de Santa Rosa de Viterbo. Se iba a posesionar el 1 de agosto, pero murió ocho días antes.

Aurora quedó a cargo de sus cinco hijas: la mayor tenía 15 años y la menor 4. En los periódicos salió una noticia enorme diciendo que el Estado le había regalado un apartamento, pero la verdad es que no recibió ayuda alguna. Aunque durante mucho tiempo buscó justicia, todos los jueces a los que les llegaba el caso dejaban vencer los términos por físico miedo. La viuda incluso contrató un investigador privado para saber la verdad de lo que pasó esa noche, sin mayor éxito. "Dios les cobrará en su debido momento", concluye.

"Prefería morir que claudicar"

"Él era un hombre cariñoso, cumplidor de su deber. El mejor recuerdo es que fue un excelente papá". Así describe Carmelita Valencia a su difunto esposo, Gustavo Zuluaga Serna, un valeroso magistrado que le dictó auto de detención a Escobar y a su primo, Gustavo Gaviria. Los acusaba de haber asesinado a dos agentes del DAS que descubrieron en 1976 un cargamento de cocaína encaletado en las llantas de un camión.

Zuluaga también era un hombre estricto en casa, pero más que eso, fue un padre amoroso al que le gustaba jugar parqués y tomarse un trago de vez en cuando; un esposo que siempre quiso tener una niña que no alcanzó a disfrutar. Pablo Escobar había amenazado al magistrado con matar a su esposa embarazada para que desistiera de los cargos en su contra. Ángela nació pocos meses después del funeral de su padre.

No había sido la única amenaza. Durante cuatro años llamadas telefónicas y coronas fúnebres convirtieron la vida de la familia en un infierno. En uno de los peores momentos, Carmelita iba en su carro cuando la paró un supuesto retén del Ejército. Ella se bajó y vio cómo los hombres armados hicieron rodar el vehículo por un precipicio. Ante su mirada atónita, los secuaces de Pablo solo le advirtieron: "La próxima vez no la dejamos bajar". Tras ese episodio consideraron irse del país, pero desistieron porque no querían alejarse del resto de la familia.

Aunque Ángela no alcanzó a conocer a su papá, cree que lo retratan con mucha veracidad, tanto así, que luego de ver los capítulos en los que aparece el magistrado, le escribió una carta al libretista para agradecerle que lo hubiera mostrado como el hombre incorruptible que era: "Él tenía un carácter fuerte, era demasiado obstinado con lo que creía era correcto -comenta Ángela-. Solía decir: 'Prefiero morir que claudicar'. Por eso iba a emitir un veredicto justo".

Precisamente porque era un hombre de principios inquebrantables, en la novela, el magistrado le dice a Escobar que con él tendrá todas las garantías en el juicio. Pero eso no evitó que el capo lo asesinara en octubre de 1986.

"Mi papá era un superhéroe"

Desde que el coronel Jaime Ramírez Gómez se enteró de que Escobar y sus socios querían asesinarlo, se aseguró de investigar hasta el más mínimo detalle del complot. Logró que una moto y un viejo Renault 18 lo escoltaran -aunque este se varara con frecuencia- y además convenció al gobierno

estadounidense para que le diera los 300.000 pesos que le cobraba su informante infiltrado en el cartel de Medellín.

Ramírez bajó la guardia cuando su hombre le dijo que el sicario contratado para la misión había aparecido muerto en la capital antioqueña. Todo parecía indicar que el plan se había frustrado, así que decidió alejarse unos días de Bogotá con su esposa y sus dos hijos, de 16 y 14 años. "Estábamos cansados de la zozobra y de andar armados todo el tiempo -recuerda Jaime, el mayor-. Por eso aprovechamos y nos fuimos sin escoltas a la finca de un tío en Sasaima. Ese lunes, 17 de noviembre de 1986, pasamos un día muy agradable, nos sentíamos como una familia normal de nuevo, pero justo cuando estábamos regresando empezaron los disparos".

A la entrada de Bogotá, un grupo de sicarios los emboscaron. El coronel terminó con 40 tiros en el cuerpo, mientras que su mujer recibió una bala en la rodilla; Jaime, una en cada pierna, y Javier, el menor, en una mano. En la sala de recuperación de la clínica Bogotá, donde fueron atendidos, los tres hicieron un pacto que aún se mantiene vigente: no buscar venganza. "Siempre creímos que lo mejor era superar ese episodio como personas de bien. Aunque mi mamá dice que le quitaron la mitad de su ser, sobrevivió para ayudarnos a mi hermano y a mí a salir adelante", explica Jaime.

Durante más de cinco años, la familia luchó para que la Policía le otorgara a Ramírez el ascenso póstumo a general, el rango para el que se estaba preparando poco antes de morir. Tenía los méritos suficientes: como jefe de la Unidad Antinarcóticos desmanteló Tranquilandia, el mayor centro de procesamiento de cocaína del mundo, y descubrió el plan del capo para asesinar a Lara.

"Yo veía a mi papá como un superhéroe. No le importaba la plata, sino hacer bien su trabajo". Sin embargo, después del homicidio las autoridades colombianas ni siquiera reconocieron que Ramírez pereció en acción y el proceso contra los autores materiales del crimen quedó impune. "Esa es una de las cosas que más nos decepcionan: saber que a pesar de que mi padre dejó todas las fichas y las pruebas de su caso, no se hizo justicia". .

"No le temblaba la mano frente a nadie"

Cuando Escobar fue detenido en la cárcel de Medellín por los diez kilos de cocaína que los detectives del DAS descubrieron en Itagüí, Mariela Espinosa, entonces jueza de ese municipio, asumió el caso. Lo hizo como si se tratara de cualquier delincuente, pero no tardaron en llegar las amenazas. La llamaban a la casa todo el tiempo, a pesar de haber cambiado la línea telefónica tres veces, e incluso apareció un aviso comercial en un periódico local en el que la tildaban de loca.

Eso no fue todo. El capo ordenó quemar el juzgado para que no quedara rastro de su expediente y mandó ponerle una bomba al modesto Simca que había comprado pocos días antes, aunque Mariela alcanzó a salir del carro a tiempo. Como lo muestra la serie, en la que ella se llama Magdalena, la jueza se negó a doblegarse ante la cacería a muerte que le montaron. "Si me toca morir por meter a alguien a la cárcel, por importante que sea, me muero", solía decir ella, según cuenta Alonso Salazar en La parábola de Pablo, el libro que inspiró el programa.

"Era una mujer justa a quien no le temblaba la mano frente a nadie. Estaba convencida de la perversión de Escobar y cumplió con su deber", recuerda Juan Guillermo Jaramillo, compañero de Mariela y actual decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana. Aun así, era inevitable que su familia sintiera miedo. "En la casa no éramos capaces de referirnos a Escobar por su nombre: le decíamos 'el fulano'", cuenta Rafael, hermano de Mariela.

La jueza trató de llevar el proceso hasta las últimas consecuencias, pero el capo logró que el caso fuera trasladado a Ipiales y, a punta de sobornos, quedó libre en poco tiempo. No contento con eso, mató a los agentes que detuvieron el camión repleto de 'polvo blanco' y el 31 de octubre de 1989 sus sicarios finalmente asesinaron a Mariela en presencia de su madre mientras entraba al garaje de su casa.

Como su historia permaneció en el olvido durante tanto tiempo, cuando empezó a funcionar el sistema penal acusatorio, hace siete años, la primera sala de audiencias del Tribunal Superior de Medellín fue bautizada con su nombre. Un homenaje que ahora vuelve a tomar vigencia con el personaje que la interpreta en Escobar, el patrón del mal.
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