Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/04/18 00:00

Lecciones de supervivencia

Viene a Colombia Nando Parrado, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes.

Lecciones de supervivencia

Con la poca fuerza que le quedaba, Fernando Parrado tomó una piedra, la envolvió con el papel en el que acababa de escribir su mensaje y la lanzó a la otra orilla del río, a 30 metros de distancia. El arriero chileno esperaba al otro lado la atrapó y quedó estupefacto con lo que leyó: "Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo vendrán a buscarnos? Por favor. No podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?", y firmaba con un desesperado SOS escrito con labial. El campesino por fin había entendido lo que el muchacho andrajoso estaba tratando de decirle y que por la distancia no había podido escuchar. Antes de alejarse en busca de ayuda le arrojó un pedazo de pan, un manjar para el joven de 21 años que llevaba más de 70 días perdido en la cordillera de los Andes. En ese momento terminó para él y sus 15 amigos uruguayos sobrevivientes, la pesadilla que empezó cuando el avión que los llevaba de Montevideo a Santiago de Chile se estrelló en las montañas.

El episodio ocurrió hace 32 años pero hoy el mundo recuerda a los jóvenes que sobrevivieron a temperaturas de 30 grados bajo cero y que se alimentaron de la carne de sus compañeros muertos.

Nando, como se conoce a Parrado, aún tiene mucho que contar. Uno de los protagonistas de la historia que inspiró documentales, libros y la conocida película Alive! vendrá a Colombia el 27 de abril invitado por El Tiempo para dictar una conferencia sobre su experiencia aplicada al mundo de los negocios. Se ha convertido en uno de los oradores más solicitados para motivar a los ejecutivos a ser creativos, trabajar en equipo y a tomar decisiones: "Una decisión a mí no me toma más de 30 segundos, por difícil que sea, porque en los Andes a 6.000 metros de altura y cuando sólo se veía nieve decidí en 30 segundos que me iba a morir tratando de atravesar esas montañas", explicó a SEMANA.

Su odisea es considerada una de las más grandes historias de supervivencia del mundo, una leyenda que comenzó un jueves 12 de octubre a bordo de un avión Fairchild F-227 de las Fuerzas Aéreas Uruguayas en el que viajaba el equipo de rugby Old Christians del que hacía parte. Nando estaba emocionado porque iban a enfrentarse a los Old Boys de Chile y decidió invitar a su mamá y a su hermana no sólo para que presenciaran el partido sino para que el viaje no saliera tan costoso, pues mientras menos asientos quedaran desocupados menos costaría cada pasaje. Eran 40 pasajeros y cinco tripulantes.

El mal tiempo los obligó a hacer una escala en Mendoza, Argentina, muy cerca de la frontera chilena y al pie de los Andes, y en la siguiente tarde reanudaron el viaje. Al principio fue un típico paseo de adolescentes lleno de risas y en el que un balón de rugby pasaba sobre las cabezas de los pasajeros que olvidaban la constante turbulencia. "Señoras y señores, pónganse los paracaídas. Vamos a aterrizar en la cordillera", bromeó un joven.

Hacia las 3:30 de la tarde la broma se hizo realidad. El avión entró en un banco de nubes y empezó a sacudirse. Lo que sucedió luego tomó unos segundos, pero quienes vivieron para contarlo lo recordarán por siempre: "Sentí como si mi estómago llegara al cerebro. Los motores rugían y oí la gran explosión. La nieve me pegaba en la cara y en lo que dura rezar un Avemaría el avión se detuvo. Se había partido justo detrás de donde iba. Miré afuera y nevaba, pero adentro todo estaba apretado, hierros, sillas, sangre, cuerpos", relató a SEMANA José Luis Inciarte, quien iba invitado por un amigo que murió en el impacto al igual que otras 12 personas, entre ellas la mamá de Nando.

Roberto Canessa y Gustavo Zerbino, estudiantes de medicina, tuvieron que poner en práctica sus escasos conocimientos para tratar de salvar a los heridos, como Susana Parrado. Nando, quien recuperó la conciencia al tercer día y tenía el cráneo fracturado, no se apartó de su hermana hasta que murió en sus brazos.

A pesar de haber perdido a su madre y a su hermana no se derrumbó. "Si me pongo triste y lloro, voy a perder sal por mis lágrimas, era su reflexión. Cerré mi mente a todo sufrimiento y me transformé en una máquina de supervivencia", cuenta. Todos aprendieron a sobrevivir con lo que tenían a la mano: nieve, chatarra y las golosinas que llevaban en su equipaje. La medida de su ración diaria de mermelada, chocolate y vino era equivalente a media tapa de desodorante. También hacían parte del menú pasta dental y gel. Con tanta nieve pensaron que no les faltaría agua pues bastaría con meterse un puñado a la boca hasta que se derritiera. "Sí, lo intentamos, pero la sensación era terrible. La lengua se hincha y no se produce saliva, no se puede tragar", recuerda Inciarte. La sed fue peor que el hambre. Incluso llegaron a pasar tres días sin tomar agua pues por la falta de sol no podían derretir la nieve.

Sobrevivieron a punta de inventos sencillos, la creatividad de la que hoy habla Nando en sus conferencias: Adolfo Strauch creó un derretidor de agua con láminas de aluminio dobladas que se encontraban al respaldo de los asientos, las cuales ponían al sol con la nieve. También improvisaron gafas para el sol con el parasol de la cabina del piloto y el elástico de la cojinería y de los sostenes. Para abrigarse quitaron los forros de los asientos e hicieron cobijas, guantes y gorros que cosían con el cableado del avión. Hasta llegaron a quemar 7.000 dólares para hacer fuego. Además lograron hacer funcionar un radio transistor que prendían a las 6:30 de la mañana por pocos minutos para no agotarle la pila.

Por este aparato escucharon la terrible noticia: el servicio de rescate había suspendido la búsqueda. Estaban condenados a muerte. Ahora salvarse estaba en sus manos. Sin embargo, las fuertes nevadas les impedían abandonar su refugio en el fuselaje. Salir significaba quedar enterrado hasta la cintura. Por si fuera poco, la comida se acabó. ¿Qué les quedaba? Ni una planta, ni un insecto. sólo carne humana. Después de muchas discusiones sobre Dios, sobre moral y escrúpulos, Canessa tomó la decisión más difícil de su vida: "No quería que mi madre tuviera que llorar un hijo muerto y en eso pensé cuando corté el primer trozo", contó a esta revista. Entonces crearon un código ético frente al tema: "Si yo me muero tú me comes y dile a mi mamá que yo vivo en ti. Si tú te mueres yo te como. Y si me muero y no me comes voy a venir del más allá y te pateo el culo".

Cuando pensaban que nada podía estar peor, mientras dormían, una avalancha los enterró casi dos metros bajo nieve compacta. "Sin duda fue el momento más duro. Después de varios minutos logré liberarme y traté de sacar a los demás, especialmente a Marcelo Pérez, mi mejor amigo y capitán del equipo, que estaba al lado mío. Cuando con las manos logramos desenterrarlo ya era tarde", relató a SEMANA Eduardo Strauch. Ocho muertos, entre ellos Liliana Methol, la única mujer que quedaba, fue el saldo.

Los ánimos se estaban apagando pero de vez en cuando un poco de humor bajaba la tensión. Para evitar quemarse, Carlos Páez se pintó los labios y se puso maquillaje en la cara. Además se puso un calzoncillo en la cabeza para sostenerse el pelo. "Todos le dijimos que parecía una prostituta en decadencia, recuerda Canessa. También cuando Javier Methol, que siempre estaba mareado, salía del avión apostábamos a los cuántos metros se iba a caer". Llegaron a celebrar los cumpleaños, como el de Nando el 9 de diciembre, con tortas de nieve y cigarrillos de regalo.

Tres más murieron por sus heridas y eso precipitó a Nando a hacer lo que siempre había querido: salir a buscar ayuda. Con Canessa y Antonio Vizintín, emprendieron camino hacia Chile, con carne en las mochilas para dos semanas. Al partir Nando entregó a Carlos Páez uno de los zapaticos que había comprado en Mendoza para su sobrino. El otro se lo colgó al cuello con la promesa de que cuando los zapatos volvieran a ser un par estarían a salvo. Y cumpliría.

Después de varios días escalando decidieron que Vizintín regresara al avión pues las provisiones estaban agotándose. Nando y Canessa sacaron fuerzas de sus cuerpos, que tenían 23 kilos menos, y siguieron la travesía. Después de más de dos meses vieron algo verde: unos musgos. Había vida cerca. Luego fueron vacas, una herradura y una lata vacía de sopa. Al décimo día, cuando Canessa ya no podía caminar, Nando encontró al arriero salvador. Al día siguiente sus 14 compañeros escucharon en la radio la increíble noticia. Luego de los gritos de júbilo, se lavaron los dientes y esperaron su rescate encorbatados, con saco y peinados, mientras celebraban con unos habanos reservados para la ocasión.

Quizá celebraron más sus familiares, quienes también vivieron 72 días de agonía. "Hasta llamamos a un vidente en Holanda que nos aseguró que había vida", contó a SEMANA Soledad González, la novia de Inciarte, hoy su esposa. Pero no todos festejaban porque 29 de sus seres queridos no regresaron. "Te quiero abrazar, y también a mis queridos mamá y papá, a los que quiero decir que estaba equivocado en mi comportamiento hacia ellos.fuerza, que la vida es dura aunque merece vivirse, aun el sufrimiento.valor", fueron las líneas que Arturo Nogueira le escribió a su novia antes de morir.

Hoy la familia que se formó con 16 sobrevivientes tiene más de 140 miembros, entre padres, esposas, hijos e incluso algunos familiares de los que perecieron en la montaña que se reúnen cada 22 de diciembre para conmemorar el rescate. Hace unos años Nando decidió regresar al lugar donde una cruz marca la tumba en la que reposan sus compañeros. Rodrigo Jordán, un alpinista veterano, lo acompañó. Sorprendido por lo que Nando había logrado escalar sin equipos y sin fuerzas, lo miró diciéndole: "Loco, descorchá un 'champagne' cada mañana. Tu cumpleaños es todos los días".

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