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| 3/28/2015 10:00:00 PM

El padre de Singapur

Lee Kuan Yew murió a sus 91 años. El legendario líder convirtió a su ciudad-Estado en una potencia económica mundial. Pero ¿a qué precio?

“Cuando se cierre el ataúd se conocerá el veredicto”, afirmaba desafiante sobre el balance que la historia haría de su legado. Y la semana pasada, al saber de la muerte de Lee Kuan Yew, miles de habitantes de Singapur se volcaron a las calles para despedirlo y demostrar su admiración. Lo hicieron ordenadamente, como hubiera querido su fallecido líder. Porque si algo estableció Lee fue un gobierno de decisiones firmes: impulsó el trabajo, la industria y la educación superior, y aplicó mano extrema contra el disenso, el desorden y el crimen. Forjó una identidad nacional sin distinciones raciales y sacó a su pueblo de la pobreza con creces. Y, sin embargo, el veredicto sobre su legado es agridulce. Pocos personajes encarnan como él la pregunta de si el fin justifica los medios.

“Un gran líder lleva a su sociedad de un punto donde se encuentra hacia donde jamás ha llegado, e incluso, donde jamás imaginó llegar”, afirmó Henry Kissinger al referirse a la dimensión de Lee Kuan Yew. Por su parte, el presidente estadounidense, Barack Obama, llamó a Lee “un verdadero gigante de la historia”, Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, lo exaltó como una “figura legendaria en Asia” y el presidente chino Xi Jinping lo destacó como un “viejo amigo del pueblo chino”.

El fundador

En el siglo XIX la ciudad era colonia británica y un puerto clave para el imperio que atrajo inmigrantes de la India, China, Malasia y otros lugares cercanos. Pero a mediados del siglo XX, luego de que los japoneses la ocuparon entre 1942 y 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, Singapur empezó a buscar su independencia. Lee encabezó la iniciativa junto a otros singapurenses educados –como él– en la universidad inglesa de Cambridge, y en 1954 crearon el Partido de Acción Popular (PAP) para avanzar hacia el sueño.

En 1959 Lee se convirtió en el primer singapurense en asumir el cargo de primer ministro de la colonia y en 1961 promovió y sacó adelante un referendo para unirla a Malasia. Juntos, como una federación, cortaron lazos en 1963 con la Corona británica. Pero la alianza llegó a un fin abrupto al año siguiente, cuando el primer ministro malasio Tunku Abdul Rahman expulsó a Singapur tras fuertes colisiones raciales entre chinos y malasios. Singapur quedó librada a su suerte, una ciudad-Estado sin territorio, sin el apoyo de la Corona británica y de sus vecinos. Lee lloró ante su pueblo por televisión cuando comunicó la noticia, pero tenía claro cómo lo iba a sacar adelante. Entre 1964 y 1990, el primer ministro erradicó la pobreza, el desempleo y elevó al pequeño país a la categoría de potencia económica mundial. Para muchos analistas, la pregunta no es si fue efectivo y visionario, sino cuál fue el precio a pagar por sus gobernados.

Para Tom Plate, quien escribió el libro Conversaciones con Lee Kuan Yew, es demasiado pronto para definir su legado. Sin embargo, dice en su texto que “con cada año en el poder se ratificó como una figura dual, un ícono que fusionaba a un Platón moderno, inspirado por la idea de una sociedad manejada por los virtuosos, con un Maquiavelo moderno, calculador de estrategias para mantener la utopía a flote”. Maquiavelo, añade Plate, afirmaba que para un líder era vital ser amado y temido a la vez. Ser el Platón y el príncipe maquinador. Yew siguió el dictamen casi al pie de la letra.

La vida

Jamás pidió excusas por la franqueza con la que se expresaba y refutaba a sus opositores. Tampoco temió hablar mal de otros líderes mundiales, o incomodarlos. Pero no era el dueño de todas las respuestas. Si bien su palabra era ley, escuchaba a muchos consejeros cercanos.

Lee Kuan Yew nació en Singapur en 1923, a donde había llegado su abuelo chino en 1862. Su padre trabajó para la petrolera Shell y su madre se abrió camino como una afamada profesora de cocina. Se formó en el Raffles College de Singapur, donde siempre se destacó, pero vio truncados sus estudios por la ocupación japonesa de 1942. Se adaptó como un camaleón. Aprendió japonés, sirvió de traductor y editor en el departamento de propaganda de los invasores, pero eso no le evitó los maltratos. Más de una vez fue abofeteado y obligado a arrodillarse por no hacer la venia a un soldado. El episodio lo marcó y lo convenció de que ni los japoneses ni los ingleses tenían derecho a abusar de Singapur, y entonces decidió que su patria podía y debía gobernarse a sí misma.

En la posguerra viajó a Inglaterra para concluir sus estudios de derecho en la Universidad de Cambridge. En la universidad coincidió con Kwa Geok Choo, a quien había conocido en Singapur. Se enamoraron y se casaron a escondidas en Londres en 1947, pero formalizaron el compromiso en Singapur tres años después. Afines en su amor y carrera, trabajaron juntos. La pareja tuvo tres hijos en total. Lee Hsien Loong fue nombrado primer ministro en 2004. Lee Hsien Yang dirige desde 2009 la Aviación Civil y, la mujer, Lee Wei Ling, dirige el instituto de ciencias neurológicas.

El líder


La educación a los azotes de los japoneses le enseñó que los castigos severos eran efectivos. Así pues, desde el poder castigó sin tolerancia. Ejecutaba ladrones y humillaba a palazos a quien dejara un baño sucio. Ni los extranjeros se salvaban de castigos físicos si se salían de normas tan estrictas como no mascar chicle, por el riesgo de ensuciar las calles. Así, al tiempo que domó a la población, la enamoró con resultados. Atacó de raíz problemas como la corrupción, el crimen, el tráfico de drogas, y se extendió hasta ejercer una especie de ingeniería social: montó una agencia estatal de citas para mujeres, para garantizar que se casaran. Y ante la posibilidad de que la mezcla de nacionalidades arruinara sus planes de integración, lo llevó a imponerla. Las reglas forzaron a singapurenses de distintos orígenes a trabajar, vivir y estudiar juntos.

El bloguero Yoong Siew Wah trabajó con el gobierno en los setenta, y no cree en la ‘magnanimidad’ de Kuan Yew. No solo argumenta que el líder se atribuyó el trabajo de varios genios, también afirma que encarceló cientos de detractores sin juicio (el famoso caso de Chia Thye Poh quien pasó 32 años en la cárcel, es el más crítico), y a otros miles los quebró económicamente con demandas. Su facilidad para aplicar la pena de muerte también era cuestionable: ahorcaba a ciudadanos que traficaran poco más de una onza de cocaína. Todo mientras hacía de la prensa un ente de propaganda estatal.

Lee y sus consejeros extirparon a ultranza los vicios de su sociedad y convirtieron al recurso humano en la piedra angular del desarrollo de un Estado sin recursos. Kuan Yew generó empleos creativamente, impulsó la formación académica de primer nivel y se aseguró de que la mayoría de los singapurenses tuvieran casa propia y mejoraran sus ingresos. Ese fue su objetivo, y se consiguió. De ese modo, a las malas, logró que su pueblo lo apreciara. Como Yeo Siew Siang, ciudadano de 65 años, quien asistió a la velación de su admirado exlíder, y cuando un reportero le preguntó sobre su lado oscuro, respondió, tan pragmático como su líder: “No se puede hacer una ‘omelette’ sin romper unos cuantos huevos.”
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