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| 10/20/2007 12:00:00 AM

‘Liberté, égalité, divorcé’

Los franceses siguen paso a paso los detalles de la novela protagonizada por el Presidente y la primera dama con motivo de su publicitada separación.

Cecilia Sarkozy ya lo había anticipado. “No me veo a mí misma haciendo el papel de primera dama, es algo que me aburre porque no soy políticamente correcta”. Desde cuando hizo tal confesión, en marzo de 2005, la esposa de Nicolas Sarkozy empezó a ser vista como una mujer independiente e indiferente a los halagos del poder. De hecho, dos meses después de pronunciarla decidió darle unas breves vacaciones a su matrimonio para irse a vivir con su amante. Pero ahora, con el reciente anuncio de su separación del Presidente francés, se confirma con más fuerza que nunca que ella estaba diciendo la verdad. Cecilia sólo ocupó el cargo que tanto la fastidiaba por cinco meses.

Mediante un escueto comunicado de 15 palabras, emitido el jueves de la semana pasada, el primer mandatario anunció que se separa de Cecilia por “consentimiento mutuo”. Con eso puso fin a la oleada de especulaciones que desde hace meses hablaban de ruptura debido a la reiterada ausencia de la primera dama de los actos oficiales. Desde la posesión sólo acompañó a su marido en tres de sus múltiples apariciones en público. ‘¿Dónde está Cecilia?’, titulaban los medios ante el secretismo del Elíseo, que no confirmaba ni negaba los rumores, mientras el semanario Le Nouvel Observateur anticipaba que el lunes la pareja ya había presentado la demanda de divorcio ante un tribunal. Los franceses parecían más preocupados por el tema que por la actividad política de su jefe de Estado.

Tal vez por ser la primera vez que en el país galo un presidente en ejercicio se separa, el episodio parece estar rompiendo su vieja tradición de mantener la vida personal de sus hombres públicos en la esfera privada. Cuando François Mitterrand estaba en el poder, era un secreto a voces que tenía una vida paralela con su amante. Sin embargo, la existencia de la hija de esta relación sólo se hizo pública un año antes de que dejara el cargo. Los discretos parisienses tampoco entendieron el alboroto que causó el affaire del presidente estadounidense Bill Clinton con Monica Lewinsky, mientras ellos guardaban silencio ante las infidelidades de Jacques Chirac.

Pero esta novela de amor intermitente de los Sarkozy tuvo desde el principio demasiados ingredientes para cautivarlos. Especialmente porque la historia de la pareja comenzó en 1984, el día en que Cecilia Ciganer-Albeniz, una modelo de 26 años, contrajo matrimonio con el presentador de televisión Jacques Martin, de 51, de quien esperaba un hijo. Y quien los casó fue el entonces alcalde del suburbio de Neuilly, Nicolas Sarkozy, de 29 años. Cuentan que desde ese momento, como olvidándose de su esposa Marie-Dominique Culioli, él decidió conquistar a esa hermosa novia. Tres años después se reencontraron y él cumplió su objetivo, pues al parecer, Cecilia estaba cansada de su papel de ama de casa. Ambos se las habrían ingeniado para que las dos familias se hicieran amigas y así comenzaron su romance secreto. Éste, se dice, salió a la luz durante un paseo cuando la señora Sarkozy descubrió a su esposo en la cabaña de su amante.
Con una hija de casi 3 años y una bebé de 6 meses, Cecilia se fue a vivir con Nicolas. Finalmente se casaron en 1996 y tuvieron su único hijo en común, el tercero para cada uno. Ella se convirtió en la mano derecha del político de futuro promisorio hasta que se cansó de ese estilo de vida. En noviembre de 2004 Sarkozy fue nombrado jefe del partido conservador UMP y escogió a la agencia Publicis Dialog para que realizara la fiesta de celebración. Uno de los socios de la empresa era Richard Attias, un publicista marroquí reconocido por organizar el Foro Económico de Davos. Ese fue el hombre por quien Cecilia abandonó a su segundo esposo en mayo de 2005, según habría dicho, aburrida de ser tratada por Nicolas como “un mueble”. Otras versiones afirman que a su desencanto contribuyeron las supuestas infidelidades de su marido.

Debido a la presión mediática, el entonces ministro del Interior aceptó que su matrimonio estaba pasando “por un momento difícil” y que iba a luchar por “salvarlo”. Extraña manera de hacerlo, pues escogió como paño de lágrimas a Anne Fulda, periodista que trabajaba en la sección política del diario Le Figaro. Al parecer, el affaire se prolongó, incluso varios medios han publicado recientemente el rumor de que como resultado de éste, la pareja tuvo una bebé hace siete meses. Al mismo tiempo, las andanzas de Cecilia con su nuevo amor en Nueva York eran exhibidas en la portada de la revista Paris Match. Sarkozy montó en cólera: una cosa era la tolerancia de la sociedad francesa frente a la infidelidad de sus gobernantes, y otra, muy diferente, un presidenciable con cachos. Aunque el daño ya estaba hecho, se habría sacado el clavo utilizando sus influencias para que echaran al editor de la publicación. También movió los hilos del poder cuando logró detener el lanzamiento de un libro titulado Cecilia Sarkozy, entre el corazón y la razón, de la periodista Valérie Domain, para el cual aparentemente Cecilia dio detallados testimonios. Pero se habría arrepentido, pues ella misma aseguró a los medios que llamó a su esposo para que la edición no saliera a la venta. Para escapársele a la censura, la autora publicó la misma historia como si se tratara de una novela con nombres ficticios.
Acostumbrado a ganar, Sarkozy montó un operativo tipo campaña electoral para conquistar a su esposa: llamaba incansablemente a sus amigos, a la empresa de Attias a presionar y a ella la bombardeaba con mensajes. A principios de 2006, cuando su candidatura presidencial era inminente, Cecilia volvió a su lado.

Pero los desplantes diplomáticos de la indómita mujer empezaron a ser célebres. Se supo que ella ni siquiera votó en la segunda vuelta. Además, levantó sospecha que no asistiera a una visita a la familia Bush en Estados Unidos. Y mientras el Presidente la disculpaba, diciendo que su esposa tenía dolor de garganta, ella fue fotografiada de compras en un centro comercial. También se escapó de la cumbre del G-8 en Alemania mostrando su desprecio por el protocolo. La mayor evidencia de que la relación había llegado a su fin fue que Cecilia no asistió a Bulgaria donde iba a ser condecorada como heroína junto a su esposo por su activa participación en la liberación de un grupo de enfermeras y un médico condenados a muerte en Libia. El Presidente volvió a disculparla tras asegurar que ella estaba muy dolida por la polémica que había despertado su encuentro con el líder Muamar Gadafi.

Por si fuera poco, hace algunas semanas el presidente fue fotografiado con la carta de una mujer en sus manos. “Tengo la impresión de no haberte visto desde hace una eternidad (...) El jueves partimos de gira, pero me gustaría verte el fin de semana siguiente. Millones de besitos”. La versión oficial, que pocos creen, es que una amiga de la pareja se la escribió a la señora Sarkozy.
Si bien Cecilia acertó al decir que no encajaba en el molde de primera dama, Nicolas Sarkozy se equivocó cuando en su libro titulado Testimonio escribió: “Ahora nos hemos reencontrado, y es seguro que ya será para siempre”.
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