15 diciembre 2012

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Liderazgo: ¿un poco de Napoleón, Julio César y Aníbal?

HISTORIAUn historiador militar arma el perfil de lo que debe ser un buen gerente, a partir de los logros de figuras emblemáticas. ¿Por qué es mejor ser un Federico II El Grande que un triste Craso?

Liderazgo: ¿un poco de Napoleón, Julio César y Aníbal?. Federico II El Grande

Federico II El Grande

¿Qué es liderazgo? O mejor, ¿cuáles son sus claves? Las respuestas, no hay una sola, andan sueltas en millares de textos y en pocos testimonios que intentan orientar las tareas gerenciales. 
Casi siempre, en los últimos tiempos, surgidos de la experiencia de quienes han estado a cargo de las
riendas del Estado o multinacionales, o de académicos que se atreven a postular sus teorías.

Pero hay una mirada de la que también se pueden sacar conclusiones: la historia militar. Por ejemplo, ¿en qué, exactamente, radicaron los éxitos de Napoleón y, no menos, cuáles fueron las razones de sus fracasos?

Porque no hay líder perfecto, eso es lo que de entrada plantea el profesor de negocios Benito Díaz de la Cebosa, quien acaba de lanzar su libro 18 relatos históricos para persuadir y dirigir, en el que intenta dar con esos secretos que permitieron que personajes de la talla del francés trascendieran, no sólo en su tiempo sino que se convirtieran en referentes permanentes de la humanidad; bueno, para bien y para mal.

Y es que todos a los que hace referencia en su texto (Julio César, Aníbal, Federico II El Grande, entre otros) “pasaron a la historia por hacer cosas que las personas normales eran incapaces de hacer”, dice Díaz de la Cebosa en Madrid al diario económico Expansión.

Liderar, afirma, es “ponerse en todas las acciones, estar debidamente preparado, preocuparse por los demás, motivar alentando a los equipos al cumplimiento de objetivos comunes”.

Y en vista de que unos tenían más de uno o de lo otro, igual en sus carencias, el autor se queda entonces con la capacidad de trabajo de Napoleón y su incomparable asertividad a la hora de trazar estrategias; con la toma de decisiones del emperador romano Julio César; con la cultura y la claridad de objetivos de Federico II El Grande, el III rey de Prusia llamado ‘rey filósofo’ en tiempos del despotismo ilustrado; y el atrevimiento de Aníbal, el general cartaginés que puso en aprietos al imperio romano tras remontar los Alpes.

Califican en esa lista hombres como el conquistador Hernán Cortés, quien, más allá de los reparos por su tarea de colonización, dejó la imagen de emprendedor de todos los tiempos y dueño de un olfato sin par en la búsqueda de oportunidades, dice Díaz de la Cebosa. Y también el general Robert Edward Lee y su carisma al mando de los ejércitos confederados en la guerra de secesión.
Así mismo, en la otra orilla, están aquellos que malinterpretaron el concepto. Como Pirro, rey de Epiro, tres siglos antes de Cristo, quien nunca supo leer que cada victoria era, al mismo tiempo, la pérdida de sus mejores hombres, lo que no podía tener otro final que la derrota total.

O Craso, ese arquetipo de la envidia, la soberbia y la incompetencia y a quien se evoca cuando se habla de errores ‘crasos’, que no son otra cosa que el castigo a subestimar a los demás.
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