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| 11/10/2002 12:00:00 AM

Lobo de mar

Juan Carlos Botero acaba de presentar 'La sentencia', su primera novela, una obra basada en sus experiencias como buzo y buscador de tesoros.

La oscuridad de las aguas lo hizo caer en cuenta de que ya era hora de salir a la superficie. Sin embargo, al emerger de las profundidades, no vio la lancha que debía esperarlo. Los audífonos que usaba con el detector de metales para buscar tesoros en el fondo del océano no le habían permitido escuchar el zumbido del motor y seguramente por la turbulencia el piloto había perdido el rastro de las burbujas que salían de su boquilla al respirar. En ese momento se dio cuenta de lo terrible de la situación: eran cerca de las 5 de la tarde, hora predilecta de los tiburones para cenar, y además era diciembre, época en que el oleaje se hace más fuerte. En poco tiempo ya no estaría flotando sobre 10 metros de profundidad sino sobre 100 y ahogarse sería cuestión de minutos. Estaba a punto de perder la batalla, tratando en vano de sujetarse con una pequeña ancla cuando detrás apareció Gilberto, el piloto, conduciendo con trabajo la lancha. El alivio fue indescriptible.

Este episodio tuvo lugar hace dos años en aguas cercanas a Cartagena y lo vivió en carne propia Juan Carlos Botero, el hijo menor de Fernando Botero y Gloria Zea. En la ficción el protagonista de la escena es un cazador de tesoros profesional llamado Francisco Rayo. Juan Carlos decidió prestarle varias de las anécdotas de sus 20 años como buzo a un personaje al que dio vida en la novela La sentencia, que acaba de lanzar en Colombia después de haberla presentado en España. Esta es su primera novela y su tercera publicación después de sus libros Las semillas del tiempo (1992) y de Las ventanas y las voces (1998), una colección de siete cuentos.

A los 18 años, cuando estudiaba literatura en la Universidad Javeriana, trató de estrenarse en el género pero después de 100 páginas escritas a mano se dio cuenta de su fracaso. Y aunque por algo se empieza no se siente orgulloso de esta frustrada novela: "Mi dignidad me impide hablar del tema", afirma con una sonrisa que parece mas bien vergüenza. Algo bueno sí quedó de la experiencia: disciplina. Desde aquellas épocas Juan Carlos suele dedicarle ocho horas sagradas y de corrido a escribir.

De la mano de esa constancia hizo su entrada triunfal al mundo de las letras cuando en 1986, en París, se convirtió en el primer colombiano en recibir el premio Juan Rulfo con su cuento El encuentro. Según el escritor Mario Mendoza, amigo y compañero de estudios de Botero, él siempre prefirió presentar sus trabajos en concursos internacionales, "porque sentía que en esa época, en el exterior, sus apellidos no gozaban de la poderosa influencia que tenían en la cultura nacional". No es casualidad que a la pregunta obligada ¿qué tanto le ha afectado ser hijo de quien es? responda pausadamente como es su costumbre: "Al igual que para mis hermanos, a nivel privado es un privilegio tener un padre como Fernando Botero. Desde el punto de vista profesional es un desastre porque genera prejuicios".

Cuatro años más tarde ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento celebrado en Puebla, México, con su relato El descenso, en el que ya deja ver su pasión por el mar. Así como en El arrecife, una novela que aún no publica porque cuando estaba en el capítulo 34, de 36 que había planeado, lo interrumpió la aparición de un nuevo personaje con la frase: "Mi nombre es Francisco Rayo y mi tarjeta personal anuncia sin rodeos mi profesión: Buscador de Tesoros", palabras con las que inicia La Sentencia.

La idea venía dándole vueltas en la cabeza desde que leyó el libro Barco de oro, de Gary Kinder, que contaba la recuperación de los tesoros del Central America, un vapor que se hundió en 1857. Por ello se inició en el arte de buscar sus propios naufragios, de manera que las experiencias narradas las ha vivido en primera persona. Si bien estas aventuras sólo le han dejado esporádicos encuentros con viejos cañones fueron la inspiración de sus 263 páginas.

Capítulo del libro de Juan Carlos Botero, "La sentencia"
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