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| 11/13/2000 12:00:00 AM

Los Borgia del siglo XX

Una nueva biografía revela datos desconocidos de la familia Gucci, una dinastía marcada por el odio y la ambición.

El 27 de marzo de 1995 el último heredero de los Gucci, la poderosa familia de la moda italiana, cayó abatido en las calles de Milán. Ese día un inexperto sicario llamado Benedetto Ceraulo esperó a que el empresario Maurizio Gucci saliera de su oficina para ultimarlo a tiros y luego huir en un Renault Clio. Las investigaciones preliminares señalaron como culpable del homicidio a Patrizia Reggiani, la viuda de la víctima, debido al odio visceral que le profesaba. Después de tres años de pesquisas las autoridades llegaron a la conclusión de que Patrizia tenía suficientes motivos para ordenar la muerte de su ex esposo quien, además de abandonarla por otra mujer, había dilapidado la fortuna familiar en malos negocios. La ‘viuda negra’, como la conocen en Italia, purga desde hace dos años una pena de 29 años en la prisión de San Vittore y sus abogados no han logrado convencer a la Corte de Apelaciones para que le otorgue la casa por cárcel por razones de salud.

Con esta historia se inicia The House of Gucci, una candente biografía escrita por la periodista Sara Gay Folden, quien se atrevió a escudriñar en el pasado de una familia que a lo largo de tres generaciones subió al cielo y bajó al infierno.

La saga de los Gucci se remonta a 1921 cuando Guccio Gucci, un modesto comerciante que comenzó su carrera lavando platos, abrió un pequeño taller de artículos de cuero en Florencia. El negocio familiar logró consolidarse con el paso del tiempo y sobrevivió a la crisis económica de la gran depresión de los años 30 y la posguerra. Pero así como sus bolsos seducían al jet set internacional, Guccio también daba de qué hablar por su temperamento agresivo. Se dice que el patriarca alentaba a sus hijos para que se pelearan entre sí y las reuniones familiares terminaban convertidas en batallas campales en las que volaban ceniceros y se daban carterazos a diestra y siniestra.

La actitud paterna desalentó a los herederos y cada uno intentó labrarse un camino lejos de la sombra de Guccio: Ugo se dedicó a la política, Aldo y Vasco abrieron una tienda en Roma, Rodolfo se volvió actor y Grimaldina se retiró del taller para contraer matrimonio. Ni siquiera la amenaza de perder la herencia los hizo regresar a su lado.

Con la muerte de Guccio, ocurrida en 1953, las acciones de la empresa se repartieron entre Rodolfo y Aldo, siendo el primero el encargado de manejar el negocio en Europa mientras el segundo se dedicaba a expandir la firma en los mercados norteamericanos y asiáticos.

Pero los hermanos Gucci no sólo heredaron fama y fortuna. La mala sangre de Guccio infectó a las nuevas generaciones y en lugar de trabajar en equipo procuraron destruirse los unos a los otros. En 1982 Paolo, hijo de Aldo, le comunicó al clan su deseo de independizarse con el ánimo de lanzar su propia marca de ropa y accesorios. Aldo montó en cólera al enterarse de los planes de su hijo y le hizo entender a la fuerza que no podía hacerle competencia a la familia. En venganza Paolo le entregó a las autoridades fiscales documentos que demostraban que su padre era un evasor de impuestos. El desenlace no pudo ser más dramático: a los 81 años Aldo fue a parar a la cárcel traicionado por su propio hijo.

Los descendientes de Rodolfo tampoco corrieron con buena suerte. Tras la muerte de su esposa el empresario se entregó por completo al cuidado de su hijo Maurizio y, para evitar que personas de dudoso proceder se aprovecharan de la ingenuidad de su único heredero, Rodolfo optó por controlar cada minuto de la vida de Maurizio. Cuando el joven le expresó sus intenciones de contraer matrimonio con Patrizia Reggiani, una nueva rica de la sociedad italiana, Rodolfo se opuso al enlace por considerar que Patrizia era una cazafortunas. Al no lograr su cometido el magnate prefirió castigar a la pareja y en un abrir y cerrar de ojos Maurizio quedó por fuera de la herencia.

Al morir Rodolfo, Maurizio regresó a los cuarteles generales de Gucci reclamando la mitad de las acciones que le pertenecían a su padre. Para ese entonces Aldo ya se encontraba despojado de su cargo y Maurizio pasó a ser la cabeza de la compañía. Pero sus primos no se quedaron tan tranquilos. Lo acusaron de falsificar la firma de Rodolfo y Maurizio no tuvo más remedio que huir a Suiza para no ir a prisión. En 1987 logró comprobar su inocencia y regresó por su 50 por ciento de la empresa. Aldo, por su parte, vendió su mitad a la firma Investcorp y dejó el control de Gucci en manos de Maurizio.

Fue entonces cuando los temores de Rodolfo respecto a su hijo se hicieron realidad. Maurizio no tenía olfato para los negocios y sus buenas intenciones se quedaron sólo en eso: intenciones. En cinco años Maurizio llevó a una empresa avaluada en 800 millones de dólares a la bancarrota. Patrizia se irritaba ante la torpeza de su marido y le preocupaba que su mala gestión fuera a tener consecuencias nefastas en su patrimonio. Sobre todo después de que Maurizio le vendiera sus acciones a Investcorp, que terminó siendo el dueño absoluto de Gucci. Lo anterior, sumado a las infidelidades de Maurizio y su posterior divorcio, terminó por desestabilizar a Patrizia, quien tomó la determinación de deshacerse de su marido. Según la autora, tanto Patrizia como Maurizio realizaron exorcismos en sus respectivas propiedades pues estaban convencidos de que les habían hecho brujería.

Pero el libro de Sara Gay Folden no es el último capítulo en la saga de los Gucci. El director Martin Scorsese está preparando una película en la que piensa mostrar con lujo de detalles los desmanes de la controvertida dinastía italiana. No en vano los Gucci han sido catalogados como los Borgia del siglo xx.
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