Jueves, 18 de septiembre de 2014

| 2013/08/03 03:00

Los científicos del sexo

Hace 50 años Virginia Johnson y su esposo, William Masters, sacaron el sexo de la alcoba para estudiarlo en el laboratorio.

William Masters y Virginia Johnson trabajaron juntos durante más de 30 años. Después de divorciarse en 1992, siguieron siendo buenos amigos hasta la muerte del ginecólogo en 2001. Foto: AP

Hace medio siglo hablar de sexo era prácticamente imposible, pero hoy es algo cotidiano. No solo existen terapeutas, expertos y columnistas, sino departamentos universitarios dedicados a investigar el tema. Aunque muchos lo dan por sentado, nada de eso habría sido posible sin el trabajo de Virginia Johnson y de su marido, el ginecólogo William Masters. 

Ambos se atrevieron a hablar abiertamente de ese tema en una época en la que los problemas de alcoba seguían siendo tabú y, lo que es aun más escandaloso, tuvieron la osadía de convertir la camilla de examen en una cama donde sus pacientes tenían relaciones sexuales. Así, en vivo, y con la misma naturalidad con la que estudiarían a un par de ratones de laboratorio. 

Se calcula que la pareja observó y grabó más de 10.000 orgasmos en un decenio con la ayuda de 700 voluntarios de entre 18 y 89 años. Los resultados de esos experimentos regresaron al centro de la polémica a propósito de la muerte de Johnson, ocurrida la semana pasada. De hecho su trabajo, considerado como el mayor experimento sexual en Estados Unidos, sigue siendo tan célebre que en septiembre se estrenará una serie de televisión inspirada en su vida y protagonizada por Lizzy Caplan y Michael Sheen. 

Todo empezó cuando Masters publicó un clasificado en el periódico para buscar a una secretaria que le ayudara en la facultad de Medicina de la Universidad de Washington, en St. Louis. Intrigado por las reacciones fisiológicas del cuerpo humano durante el sexo, el doctor había conseguido que algunas prostitutas lo dejaran observarlas mientras trabajaban en burdeles locales. 

Con el tiempo, sin embargo, se dio cuenta de que la muestra no era representativa –entre otras cosas, la mayoría de ellas fingía los orgasmos– y que necesitaba la ayuda de una mujer capaz de convencer a más voluntarios para sus experimentos. En pocas palabras, “alguien que pudiera persuadir a otros de bajarse los pantalones en nombre de la ciencia”, como escribió el biógrafo Thomas Maier en 2009. 

Virginia Johnson, quien tenía ya tres divorcios encima y una carrera frustrada como cantante de country, aceptó el reto pese a no tener un título universitario ni experiencia en ese campo. Poco a poco la joven se ganó la confianza y el corazón de Masters, quien terminó por convertirla en su esposa y en la segunda al mando del proyecto. 

Juntos se dedicaron a derribar mitos del orgasmo femenino con ingeniosas herramientas que ellos mismos inventaron, como una especie de consolador con una cámara miniatura. “Los médicos introducen espejos en el estómago para estudiarlo. Nosotros estamos haciendo lo mismo con la vagina y la gente se escandaliza”, se defendía Masters. 

En contra de esos prejuicios, Johnson logró reclutar enfermeras, residentes y estudiantes para que hicieran parte de los ensayos clínicos de Masters. Su objetivo era registrar todos los datos posibles –ritmo cardíaco, frecuencia respiratoria y actividad cerebral– mientras una persona se masturbaba o tenía relaciones.

El método era audaz. Hasta ese momento el biólogo Alfred Kinsey, pionero de la investigación sobre el comportamiento sexual, se había limitado a preguntarle a la gente sobre su vida íntima, y aún así, sus teorías fueron revolucionarias en 1940 y prepararon el terreno para los hallazgos de Masters y Johnson. 

La pareja publicó su primer libro, Respuesta sexual humana, en 1966. A pesar de contener un lenguaje científico, escueto y casi incomprensible para el público en general, en pocos meses escaló las listas de los best-sellers hasta vender más de 500.000 copias. 

Allí el ginecólogo y su ayudante concluyeron que las mujeres tienen múltiples orgasmos, que en materia de sexo el tamaño no importa y que tampoco hay límite de edad para tener relaciones. Esa obra los lanzó al estrellato y, como explica el diario The Guardian, “de repente palabras como clítoris, orgasmo y masturbación se instalaron en el dominio público”. 

A partir de entonces Masters y Johnson se volvieron invitados habituales de programas de televisión y Hugh Hefner, el fundador de Playboy, también les propuso que escribieran en su revista. Ante semejante éxito, se apresuraron a publicar el segundo libro de la serie, Incompatibilidad sexual humana, que trataba problemas como la eyaculación precoz, la impotencia y la dificultad para alcanzar un orgasmo. 

El texto coincidió con la apertura del Instituto Masters y Johnson, donde ofrecían terapias exprés –de menos de dos semanas– para ayudar a las parejas a superar ese tipo de disfunciones. Entre sus clientes se contaban desde políticos hasta actores dispuestos a pagar 3.000 dólares por una sesión, que en muchas ocasiones incluía sustitutas sexuales. 

Las controversias tampoco faltaron, sobre todo después de que aparecieron en la portada de la revista Time en 1970. Primero levantaron ampolla con Homosexualidad en perspectiva (1979), una obra en la que aseguraban haber descubierto la ‘cura’ para el homosexualismo. Diez años después escribieron su libro más polémico, Crisis: El comportamiento heterosexual en la era del sida, en el cual alertaban que el virus del VIH estaba “corriendo rampante entre las masas más amplias de la población” y que podía contraerse por algo tan simple como besarse o compartir una comida. 

Pese a la avalancha de críticas, la pareja siguió adelante con sus investigaciones y hoy la mayoría de los expertos asocia su nombre con el nacimiento de la terapia sexual moderna. Como solía decir Masters: “El sexo es una función natural y, si bien uno no puede hacer que suceda, puede enseñarle a la gente a dejar que ocurra”. 

Su esposa estaba convencida de lo mismo e incluso iba más allá: “Necesitaremos dos generaciones para entender que el sexo es bueno por sí solo y no es algo que debe mantenerse escondido como si fuera un cofre de joyas que solo se saca en ocasiones especiales o los sábados por la noche”. 

Paradójicamente, luego de dedicarse más de 30 años a resolver los problemas de los otros, su matrimonio terminó en 1992. La razón: Masters se había reencontrado con un viejo amor y esta vez no quería dejarlo ir. Sus seguidores, sin embargo, asumieron que su vida sexual pasaba por dificultades y le enviaron decenas de cartas a Johnson donde le ofrecían consejos para resolver sus líos en la cama. 

Años más tarde, ella confesó que en realidad nunca habían estado “conectados emocionalmente”. Aunque siempre quiso desmarcarse del apellido de su marido y abrió su propio centro de investigación, hoy es imposible referirse a su vida sin mencionarlo a él. Al fin y al cabo, Masters y Johnson formaron una de las duplas más importantes de la ciencia del siglo XX.

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