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| 10/20/2012 12:00:00 AM

Los maestros de la mentira

Una pareja de alemanes logró que obras falsas de artistas europeos llegaran a casas de subasta y museos del mundo entero. Un año después de ser condenados accedieron a revelar cómo lo hicieron.

Mucho después de la muerte de Max Ernst, uno de los artistas más importantes del siglo XX, su esposa tuvo una impresión inesperada al ver una obra llamada The Forest , que aunque figuraba en los registros de su marido, nadie recordaba con certeza. Fascinada, aseguró que era la pintura más hermosa de todas las que había creado en sus seis décadas de carrera. Werner Spies, exdirector del Museo de Arte Moderno del Centro Pompidou y una de las mayores autoridades en el tema, tampoco pudo evitar la emoción: las formas, los trazos y los colores eran simplemente maravillosos. No había duda de que era un Ernst original.

Pero aunque un admirador del pintor surrealista pagó siete millones de dólares por la pieza, ni él, ni la viuda, ni el experto detectaron que en realidad era una falsificación. Los responsables de tan perfecto engaño eran Wolfgang y Helene Beltracchi, una pareja de hippies alemanes que desde hace más de 15 años se dedicaba a crear obras inéditas de artistas de principios de siglo como André Derain, Max Pechstein y Georges Braque. Su modus operandi era sumamente minucioso: en lugar de hacer copias de pinturas conocidas, Wolfgang se aseguraba de falsificar cuadros perdidos de los que ni siquiera existían fotos. Luego su mujer, con ayuda de su hermana y un amigo, se encargaba de venderlos a coleccionistas privados, galerías y casas de subasta como Christie's, Sotheby's y Lempertz.

Pero para justificar semejantes hallazgos, los Beltracchi tuvieron que inventar una trama convincente. Según cuenta un extenso reportaje de la nueva edición de la revista Vanity Fair, siempre que algún galerista o curador les preguntaba por el origen de sus obras explicaban que el abuelo de Helene, un prominente empresario llamado Werner Jägers, se las había comprado al reconocido coleccionista judío Alfred Flechtheim, poco antes de que el régimen nazi saqueara sus bodegas. Con la muerte del abuelo en 1992, la mujer se había convertido en la heredera natural del 'tesoro'.

Y por si acaso a alguien le quedaban dudas, la pareja no solo contaba con el aval de reconocidos curadores, sino que también mostraba como prueba un álbum familiar que incluía una foto de la abuela de Helene posando al lado de varios cuadros. Por supuesto, la imagen era falsa y la anciana de aquel retrato en realidad era Helene disfrazada con vestido largo, collar de perlas y pelo recogido. El truco para que saliera irreconocible consistió en tomar la foto desenfocada con una cámara de los años veinte que consiguieron en un mercado de las pulgas.

A la hora de pintar, los estafadores también cuidaban hasta el más mínimo detalle. Además de trabajar sobre lienzos de la época, Wolfgang estudiaba a profundidad la técnica y la vida de los artistas; luego visitaba las obras originales exhibidas en museos porque, según él, los colores de las imágenes impresas nunca corresponden con la realidad. Incluso viajaba a los lugares que sirvieron de inspiración a los pintores para familiarizarse con la luz y la atmósfera de sus creaciones. Al final, y después de varios meses de investigación, podía terminar un cuadro en solo tres o cuatro horas.

Sin embargo, el sofisticado método le falló en 2006 cuando un comprador le exigió a la casa de subastas Lempertz un certificado de autenticidad de Red Picture with Horses, una pieza del expresionista alemán Heinrich Campendonk valorada en 3,6 millones de dólares. Como el documento no existía, los dueños la mandaron a examinar en un laboratorio. La conclusión fue contundente: el cuadro era falso porque contenía un pigmento que no existía en 1914. Y eso no fue todo. Meses más tarde un conocedor de la colección Flechtheim determinó que el sello al respaldo del marco -algo que a Wolfgang se le había ocurrido ponerle a todas sus pinturas para que parecieran más genuinas- tampoco era auténtico. "El juego había terminado", admite.

Después de largas pesquisas, la Policía alemana los capturó a mediados del año pasado. Aunque ya se han descubierto más de 60 pinturas, en ese entonces los juzgaron por solo 14 falsificaciones que les representaron 20 millones de dólares. Pero Wolfgang dice que imitó el trabajo de al menos 50 artistas y por eso algunos medios estiman que sus creaciones, repartidas entre Tokio y Montevideo, podrían ser más de 200. Son tantas que incluso la semana pasada una casa de subastas en Dubai descubrió en su colección una pieza falsa de los Beltracchi que iba a ser vendida a finales de este mes.

Sea cual sea el número, lo cierto es que la pareja logró amasar una fortuna suficiente para comprar dos lujosas mansiones en Alemania y Francia, y además situar sus obras en espacios tan prestigiosos como el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el MoMa y la Fundación del Hermitage en Lausana. Hoy, Wolfgang está pagando seis años y su mujer cuatro años de prisión, condena que algunos consideran demasiado laxa, pues el sistema penal alemán les permite trabajar en el día en un taller de fotografía con la única condición de regresar a su celda en las noches.

A Wolfgang parece tenerlo sin cuidado lo que piensan de él. "Beltracchi está convencido de su talento -afirmó a SEMANA la periodista Renate Meinhof, quien desde el diario Süddeutsche Zeitung empezó a seguirle la pista al caso cuando aparecieron los primeros indicios-. Yo lo observé cuidadosamente durante todo el proceso y, aunque desde el comienzo se mostró como un tipo genial, en mi opinión no lo es". Es tal la seguridad en sí mismo que, según le dijo a la revista Der Spiegel, es capaz de pintar un cuadro de Jackson Pollock o uno de Leonardo da Vinci sin que nadie note la diferencia. Pero como ya no puede hacer eso, ahora desde la cárcel por fin se está dando el lujo de firmar sus cuadros con su nombre real.
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