Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2003/09/29 00:00

Los más malos de la historia

Un nuevo libro hace la selección de los peores personajes de todos los tiempos. Realmente eran perversos.

Los más malos de la historia

Dicen que no hay muerto malo, pero no faltan las excepciones. Malos locos, malos depravados, malos divertidos, malos por obligación, malos guerreros, malos gobernantes, torturadores y genocidas. Pero todos los que han sido tildados de perversos tienen algo en común: poder. De no ser por esta característica no hubieran merecido la fama de la que aún hoy gozan. Este aspecto fue el de mayor importancia para que la escritora inglesa Miranda Twiss realizara una clasificación y publicara su libro Los más malos de la historia. "Es importante recordar cómo era de poco valiosa la vida en otros tiempos, aunque en ciertas partes del mundo aún sigue siendo así", explicó a SEMANA la escritora, quien no deja de aclarar que a veces la maldad depende de quién cuenta la historia.

De los 16 lúgubres personajes seleccionados por la autora no todos causan sorpresa. Así, según Twiss, los primeros lugares en el ranking de malos los ocupan Adolfo Hitler y Josef Stalin, especialmente por el número de muertes que causaron: el primero, promotor de la "solución final" que acabó con la vida de seis millones de judíos, además de homosexuales, enfermos, gitanos y minusválidos. La guerra que desató significó la muerte de más de 40 millones de personas. Por su parte Stalin solía decir que "una sola muerte es una tragedia y un millón de muertes se convierte en estadística". Más de 20 millones de ciudadanos soviéticos desaparecidos es su estadística.

Otros menos conocidos han sido tan malos que sus vidas han inspirado películas de terror. Las cintas de Drácula se ven como cuentos de hadas al conocer al hombre de carne y hueso de quien surgieron. Fue un príncipe del siglo XV llamado Vlad Tepes Drácula, quien gobernó el antiguo reino de Valaquia, en la actual Rumania. Lo suyo no era realmente chupar sangre sino más bien someter a sus víctimas a innovadoras torturas. No en vano mereció el apodo de 'El empalador'. Se le acusa de haber asesinado durante sus siete años de poder a más de 100.000 personas, no sólo a los invasores turcos sino también a su pueblo y a todo el que por su paranoia considerara traidor. Tenía dos grandes aficiones: "Por regla general enganchaba un caballo a cada una de las piernas de la víctima y una estaca afilada, que medía entre 1,80 y 2,40 metros de altura y cerca de 15 centímetros de ancho, se introducía gradualmente por el ano en sentido vertical en el cuerpo y salía por la boca". Para que el suplicio demorara más engrasaba el extremo de la estaca y no lo afilaba demasiado para que el desgraciado tardara días en morir mientras se convertía en alimento de buitres. Otra diversión suya consistía en meter a sus víctimas en un gran caldero lleno de agua y sólo podían sacar la cabeza por unos orificios de la tapa. Luego encendía fuego y disfrutaba viendo las caras de dolor.

Entre quienes se llevaron la peor parte estaban los desempleados, mendigos y lisiados. En una oportunidad invitó a la mayoría de quienes hacían parte de este grupo a un banquete. Todos bebieron y comieron hasta hartarse y luego Vlad les preguntó si querían dejar de tener tantas preocupaciones. Cuando respondieron que sí el príncipe dio la orden de que cerraran el lugar y le prendieran fuego. Pero Vlad fue víctima de su propio método, pues al ser asesinado por los turcos clavaron su cabeza en una estaca.

Al igual que Vlad Tepes, hay otro personaje que ha inspirado historias de vampiros y que incluso estuvo más cerca a la sangre. Se trata de Isabel, la condesa Báthory, también llamada la condesa Drácula de Transilvania. Se calcula que asesinó a más de 650 criadas y jóvenes campesinas para consumir su sangre, que creía la mantendría joven. Uno de sus pasatiempos consistía en colocar bajo su ventana en pleno invierno a jóvenes desnudas. Luego arrojaba agua sobre las víctimas hasta que se congelaban y se convertían en estatuas humanas de hielo. También solía clavar alfileres bajo las uñas de sus empleados si no acataban sus órdenes y cuando una de sus sirvientas planchaba mal le marcaba el rostro con la plancha. Cuando empezó a notar que envejecía a pesar de los litros de sangre campesina que consumía una de sus hechiceras le aconsejó beber sangre de vírgenes de la nobleza. Pero el rumor acerca de sus prácticas se hizo cada vez más grande. Isabel fue condenada a cadena perpetua y murió en 1614, a los 54 años. La leyenda dice que por falta de sangre de vírgenes.

Pero Isabel no fue la única que tuvo una dieta extravagante. Cuentan que Atila, el rey de los hunos, que durante sus ocho años de gobierno conquistó 100 ciudades y aterrorizó a la población europea del siglo V, "se comió a sus hijos, Erp y Eitil, después de que una de sus esposas se los sirviera asados con miel".

Para no ir muy lejos en el tiempo existió un hombre que también tiene fama de haber sido caníbal. El recientemente fallecido Idi Amín Dada, dictador de Uganda entre 1971 y 1979, no se ganó el apodo de 'El Carnicero' de Africa oriental gratuitamente. La prueba de su gusto por la carne humana fueron las partes del cuerpo, incluida la cabeza de uno de sus ministros, que las autoridades encontraron en la nevera de la casa presidencial. Pero tenía prácticas más atroces: Sus oficiales "cortaban trozos de carne del reo, la asaban y le obligaban a comérsela hasta que moría". Transmitió en directo por televisión la ejecución de sus oponentes, precisando que debían vestir de blanco para ver correr la sangre. Al final de su gobierno más de 300.000 ciudadanos habían sido asesinados.

Pol Pot, gobernante comunista de Camboya, tampoco tuvo misericordia de su pueblo. En la década del 70 fue causante de la muerte de tres millones de personas, más de la tercera parte de la población camboyana. Durante su gobierno el mandatario decretó que estaban prohibidas las posesiones personales y obligó al pueblo, incluyendo niños, embarazadas y ancianos, a trabajar, especialmente en los campos de arroz. A los más jóvenes los adoctrinaban para que espiaran a sus padres y los denunciaran si infringían las reglas. La mitad de los chinos, la minoría étnica más numerosa de Camboya, perdió la vida, y quienes estaban casados con vietnamitas recibieron instrucciones de matar a su cónyuge o afrontar la ejecución.

Las torturas parecen ser el común denominador de estos personajes. Uno de los más especializados en esta área fue Tomás de Torquemada, director de la Inquisición en España, quien persiguió a los judíos, aun si se habían convertido al cristianismo, pues los consideraba herejes y los mandó a la hoguera. Siglos antes de que Hitler lo hiciera, Torquemada se obsesionó con la 'limpieza étnica'. Cuando el Papa ordenó que se procuraran torturas sin mayor derramamiento de sangre al fraile dominico se le ocurrió popularizar el uso del potro, pinzas al rojo para cauterizar las heridas de inmediato y la toca, que consistía en introducir agua por la fuerza en la garganta de la víctima. De esta manera muchos confesaban hasta delitos que no habían cometido. A pesar de todo "Torquemada murió en paz y en olor de santidad en su monasterio de Avila".

Iván IV, conocido como 'El Terrible' y zar de todas las Rusias, oía cómo Dios le susurraba al oído los nombres de las víctimas que debía sacrificar. No mostró compasión alguna por sus súbditos a quienes, en arrebatos de cólera, arrojaba a los osos, estrangulaba o arrancaba sus costillas con pinzas calientes. "Durante cinco semanas en la ciudad de Nóvgorod, cada día se torturaba y asesinaba sistemáticamente a 1.000 personas en la plaza mayor". Hirvió a su tesorero en un caldero e incluso fue el verdugo de su hijo y heredero, pues en un arranque de rabia le golpeó la cabeza con su báculo de madera.

De acuerdo con el libro, una de las mujeres más salvajes de la historia fue Ilse Koch, apodada la 'Zorra de Buchenwald' por el campo de concentración que dirigía. Como miembro del partido nazi acabó con más de 50.000 prisioneros, en quienes se realizaron diversos experimentos médicos. Les practicaron esterilizaciones sin anestesia y duras pruebas de resistencia ante el dolor. Pero su voracidad fue más allá, a tal punto que su casa estaba decorada con cabezas reducidas de las víctimas y con su piel fomentó la fabricación de artesanías. Además obligaba a los presos a deleitarla mediante la práctica de actos sexuales depravados.

Miranda Twiss es consciente de que esta lista no es completa y es producto de una selección subjetiva. "Me hubiera gustado incluir a personajes como Catalina de Médicis, a Gengis Khan y a Mengele", aseguró a SEMANA. Lo cierto es que todos los mencionados parecen confirmar la célebre frase que dice "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente".

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