Viernes, 19 de diciembre de 2014

| 2013/03/02 08:00

Los misteriosos escultores de San Agustín

Hace un siglo el alemán Konrad Preuss hizo las primeras excavaciones en San Agustín, y aún no se sabe quiénes esculpieron las monumentales estatuas. SEMANA recorrió el lugar con motivo del centenario.

La sede principal del parque San Agustín comprende 78.000 hectáreas. A pocos kilómetros de allí, en el municipio de Isnos, se encuentran otros dos sitios arqueológicos: el Alto de los Ídolos y el Alto de las Piedras. Foto: Guillermo Torres / Semana

Cuando fray Juan de Santa Gertrudis viajó por primera vez a San Agustín, al sur del Huila, quedó profundamente decepcionado. En lugar de guacas repletas de oro, encontró que enormes bestias talladas con maestría en piedra adornaban las tumbas indígenas. “Son obras del demonio –escribió en su diario–. Los indios no tenían fierro ni instrumentos para fabricar semejante cosa”. Son tan impresionantes, que si en el siglo XVIII el misionero se las atribuyó al diablo, hoy algunos hasta dicen que sus autores son extraterrestres.

Ahora que ha pasado un siglo desde que el alemán Konrad Theodor Preuss hizo las primeras investigaciones arqueológicas en la región, se sabe que ni Satanás ni los alienígenas esculpieron las rocas, sino una misteriosa sociedad agrícola que habitó la parte más alta del valle del río Magdalena mucho antes de la Conquista. Al parecer, sus miembros convivieron pacíficamente durante cientos de años, pero no es claro por qué desaparecieron. Ni siquiera se conoce su nombre verdadero, pues el lugar fue bautizado en honor al municipio.  

“En la zona no hubo desastres naturales ni invasiones y hasta ahora nadie ha dado con la respuesta. Yo creo que lo más probable es que sus habitantes se hayan desplazado al norte de Nariño, pero falta información para comprobarlo”, explica el antropólogo Víctor González. Tampoco existe evidencia suficiente que demuestre que se movieron al Cauca o al Amazonas, como otros han sugerido. El enigma que rodea la estatuaria es inagotable y por eso el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) quiere aprovechar el centenario para realizar nuevas excavaciones. 

“A pesar de que esta cultura no dejó un lenguaje escrito, sus monolitos son un testimonio tallado en piedra viva que nunca va a perecer”, asegura Fabián Sanabria, director del Icanh. La celebración empieza en marzo y durará todo el año, pues la idea es que el parque San Agustín e Isnos, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1995, se convierta en un lugar de peregrinación de estatura mundial. Las actividades incluyen desde la reimpresión de la obra de Preuss y conferencias de expertos, hasta una gran muestra en el Museo Nacional con piezas reales y un concierto de la Orquesta Sinfónica en el Alto de Lavapatas. 

Tesoro abandonado

Las más de 500 estatuas que hoy se exhiben en el parque y demás sitios aledaños originalmente estaban sepultadas con los difuntos. La mayoría de los expertos coincide en que simbolizan seres sobrenaturales con rasgos humanos y animales que los indígenas construyeron para rendirle culto a la muerte. Fray Juan fue el primero en describir este centro funerario en 1757 y, años más tarde, personajes como el sabio Francisco José de Caldas y el geógrafo italiano Agustín Codazzi también lo recorrieron. 

Sin embargo, solo en 1913 Preuss tomó en serio la tarea de estudiar aquellos vestigios olvidados bajo la maleza. Después de una larga travesía en mula el alemán llegó a San Agustín en diciembre de ese año. Su viaje hacía parte de una ambiciosa expedición por México y Colombia con la que pretendía encontrar pistas sobre la evolución de las religiones. El investigador permaneció alrededor de tres meses en el pueblo y al terminar sus observaciones se llevó unas 20 estatuas que no medían más de un metro. Aunque parecía una hazaña imposible, lo cierto es que llegaron al Museo Etnológico de Berlín tan pronto terminó la Primera Guerra Mundial. 

En 1923, las directivas organizaron una exposición de las maravillas que Preuss había desenterrado. El público quedó tan sorprendido que algunos se atrevieron a compararlas con la tumba de Tutankamón. Así fue como la élite colombiana que vivía en Europa se enteró de que tenía unos tesoros prehispánicos abandonados al sur del país. El rumor se expandió y el gobierno nacional decidió convertirlo en reserva, pues eso permitiría adelantar estudios y controlar la guaquería ilegal. Este proceso tomó más de 30 años y de él hizo parte toda una generación de arqueólogos y antropólogos que sentaron las bases de esa ciencia en Colombia.

Una labor monumental

Como la mayoría de las tumbas están dispersas por el municipio, además de buen olfato se necesitaba la fuerza de unos 20 hombres para recuperar las estatuas de hasta siete metros y dos toneladas. Baudelino Grijalba fue uno de los excavadores que ayudó a los arqueólogos Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos en esa titánica labor durante la década del setenta. “Levantábamos las piedras con diferencial (una especie de polea) y tocaba tener mucho cuidado de que no se pelaran. Era un trabajo muy duro”, cuenta. Con el tiempo se convirtió en un experto en ubicar montículos funerarios y recuerda con nostalgia el día que encontró las únicas figuras que conservan su color original: “Al principio no me creían, pero yo estaba empeñado y, cuando empecé a cavar, ahí estaban los ojitos”. En 2002 se retiró, pero según él, todavía sueña con ellas. 

También comparte ese amor por las esculturas el tallador Angelmiro Guerrero, quien desde hace más de 20 años se dedica a hacer réplicas. El resultado es tan preciso que una vez, mientras transportaba unas copias, la Policía lo detuvo porque pensaba que las había robado del parque. Luego de 72 horas en un calabozo, logró demostrar que él mismo las había tallado. Ahora ya tiene la tarjeta profesional y un documento que certifica que las obras son suyas.  

Al igual que los antepasados, Angelmiro trabaja con piedra volcánica que extrae de ríos y quebradas. Para sacar el bloque puede tardar alrededor de tres meses y para tallarlo, unos dos más. “Cuento con cinco ayudantes y furgones para cargar las rocas. No me imagino cómo hicieron los indígenas para moverlas sin carreteras ni medios para transportarlas”, dice. Gracias a su labor varios aficionados a la cultura agustiniana tienen copias de los monumentos en sus fincas, cosa que no sucedía antes cuando la gente acostumbraba exhibir figuras originales. 

“El tráfico ilícito de precolombinos estuvo en auge en los ochenta. Ahora ya está controlado y hay vigilantes que recorren el lugar día y noche. Sin embargo, como existen más de 3.000 sitios arqueológicos, es difícil tener los ojos puestos en todo”, señala Isidro Ortega, administrador del Parque San Agustín. Se cree que hay millones de tumbas en la zona y por eso, 1.000 años después de que el pueblo escultor desapareció, los campesinos siguen encontrando monolitos en sus parcelas. Aunque casi siempre las entregan a las autoridades, otras veces las venden a guaqueros o intermediarios. En los últimos años, el Icanh ha recuperado piezas en lugares tan insólitos como la calle del Cartucho, el jardín de una mansión en Francia y el sótano de una casa en Dinamarca. 

David Dellenback y su esposa, Martha Gil, lideran una campaña para que el Museo Etnológico de Berlín entregue a Colombia las piezas que Preuss se llevó. “Su proeza atenta contra la ética de la arqueología”, asegura el estadounidense, quien ha estudiado la cultura agustiniana desde hace 30 años y vive allí hace cinco. Cuenta que cuando viajó a Alemania en 1992 a hacer un inventario de las estatuas, encontró algunas expuestas al público y el resto en bodegas. “Ya presentamos un derecho de petición ante el Icanh y el Ministerio de Cultura para que el gobierno las reclame –dice–. Así hizo Perú con las reliquias de Machu Picchu que la Universidad de Yale tenía en su poder y lo logró”. Sin embargo, el tema no es tan sencillo como parece, pues en esa época no había una ley que le impidiera al académico sacar las esculturas del país. Es decir, hoy son propiedad del gobierno alemán y, por lo tanto, depende de este devolverlas. 

Como Dellenback, hay otros extranjeros fascinados con la estatuaria. “El año pasado recibimos 70.000 turistas, en su mayoría alemanes, franceses, italianos y estadounidenses”, señala Isidro. Muchos se quedan para siempre porque no les basta una semana para contemplar el imponente paisaje del Macizo Colombiano y sus guardianes de piedra. Al fin y al cabo, como asegura un guía que trabaja en la zona desde hace 15 años, las esculturas son un libro abierto en el que tienen cabida todo tipo de interpretaciones, por descabelladas que sean. 

El pionero


Llegar al Macizo Colombiano en 1913 era una empresa casi imposible, pero eso no le importó a Konrad Theodor Preuss. El etnólogo siempre había querido venir al país para estudiar las esculturas de San Agustín que había oído nombrar gracias a un vulcanólogo alemán que recorrió la región en 1869. Antes de emprender el viaje, Preuss también se aseguró de leer las descripciones hechas por el cartógrafo Agustín Codazzi.

Aunque solo estuvo tres meses en el pueblo, se quedó cinco años más en el país mientras terminaba la gran guerra europea. Como buen explorador, aprovechó ese tiempo para recopilar datos sobre los indígenas huitotos en el Amazonas y los kogi en la Sierra Nevada de Santa Marta. En 1929 finalmente publicó el libro Arte monumental prehistórico, en el que relata sus hallazgos. La obra fue traducida al español dos años más tarde y ahora será reimpresa. 

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