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| 2/27/2010 12:00:00 AM

Los 'niños buenos' del rock

La banda británica Coldplay rompe el mito de que los roqueros deben ser drogadictos y mujeriegos. Esta semana se presenta en Bogotá.

Chris Martin, el hombre que le pone la voz y la cara a Coldplay, es abstemio, vegetariano y acepta que perdió la virginidad a los 22 años cuando sus amigos ya lo habían hecho a los 16. Y para reafirmar que es un tipo bueno, dona el 10 por ciento de las ganancias suyas y las del grupo a causas benéficas. Sin duda, un bicho raro dentro del mundo del rock. "No se trata de vestirse de cuero, destruir habitaciones de hotel y aspirar cocaína sobre la espalda de una prostituta", suele decir el líder de la banda británica cuando le preguntan por su comportamiento "intachable", que rompe con el estereotipo. "Se trata de ser independiente de mente y de espíritu", afirma.

Coldplay, uno de los fenómenos musicales más importantes de los últimos tiempos, ha vendido más de 50 millones de discos en todo el mundo, ha ganado siete premios Grammy y ha sido visto en vivo por más de tres millones de personas en los cinco continentes. El próximo 4 de marzo, Martin y los suyos, otros tres muchachos ejemplares, se presentarán en el parque Simón Bolívar de Bogotá en un concierto que promete convertirse no sólo en el evento musical del año, sino en uno de los más recordados de la historia en Colombia.

"Es muy bueno que venga un referente de la música del siglo XXI , un clásico para las próximas generaciones", dijo a SEMANA Álvaro González, coordinador de programación de la emisora alternativa Radiónica.

La idea de formar una banda nació en 1996 durante la semana de inducción de la University College London. Martin entraría a Estudios Clásicos y Jonny Buckland, el guitarrista, a Matemáticas y Astronomía. Pero los dos tenían un plan en la cabeza que iba más allá de sus carreras: querían hacer música. El estudiante de Ingeniería Guy Berryman se les unió como bajista y el músico Will Champion se le midió a la batería meses después.

Realizaron sus primeros ensayos en el apartamento que Chris y Jonny compartían en el sector londinense de Camden Town, famoso por su mercado callejero y porque en sus bares se presentan a diario grupos de rock alternativo. Pero Coldplay, que antes se llamó Pectoralz y Starfish, se estrenó en las calles del barrio, donde tocaban, por monedas, canciones de los Beatles y de Paul Simon.

Después llegaron los toques en las más famosas cervecerías londinenses, los viajes a buscar fortuna en escenarios menores de ciudades como Manchester y, un hecho inolvidable, un disco de tres canciones que grabaron con plata prestada. Los integrantes aceptan que de las 500 copias que sacaron, 450 se fueron directamente a la caneca.

Cuando su música empezó a sonar en las emisoras inglesas, confiesan que se sentían "como quien oye su voz en el contestador automático". Por eso se sorprendieron cuando se enteraron de que habían sido invitados a la carpa de nuevos artistas del multitudinario Festival de Glastonbury de 1999, cuando su representante los citó para una firma de autógrafos y cuando les propuso montar su propia página de Internet. Pero fue un año más tarde, con el lanzamiento del que hoy se conoce como su álbum debut, Parachutes, que se hicieron realmente famosos. Aunque muchos expertos los criticaron en ese momento por considerar que el rock que hacían era tan 'zanahorio' y 'romanticón' como su manera de ser, y porque sus letras parecían escritas para quinceañeras y "niños que mojan la cama", la canción Yellow se convirtió en un himno entre los jóvenes. El éxito fue tal, que salieron en la portada de la prestigiosa revista musical NME y fueron escogidos por Select como la banda del año. "A veces los chicos buenos ganan", aseguró entonces la publicación.

Porque los "cuatro fantásticos" son realmente buenos. O al menos esa es la imagen que proyectan: tienen una política de no usar drogas fuertes como la cocaína, apoyan constantemente campañas de comercio justo, subastan sus guitarras para donar el dinero a los niños más vulnerables de Londres, han rechazado contratos millonarios para que marcas como Gatorade y Gap utilicen su música ("no podríamos vivir con nosotros mismos si vendiéramos así el significado de nuestras canciones") y se opusieron públicamente a la invasión de Irak. Para completar, el único que lleva una vida pública es Martin, sobre todo desde que se casó con la actriz Gwyneth Paltrow, con quien tiene dos hijos. Es él quien se roba la atención de los paparazzi. Y los demás se sienten tranquilos así, anónimos en medio de tanta fama.

El periodista musical Alejandro Marín cree que el fenómeno de Coldplay se debe a que su música está bien hecha, tiene buenas letras en medio de su romanticismo y es fácil de digerir. También al trabajo duro. Prueba de esto es que en 2005 rehicieron por completo su tercer disco, X&Y, al no sentirse conformes con el resultado final. El álbum fue elegido posteriormente como el mejor del año, y el más vendido en todo el mundo: más de ocho millones de copias. Pero Martin agrega otra clave para alcanzar la cima: la confianza. "Soy un hombre tremendamente arrogante. Creo en Coldplay hasta un punto ridículo. Sé que he puesto mi banda por encima de todo y de todos".

A pesar de esa soberbia que profesa, el vocalista sostiene que no se cree del todo el cuento. "Somos más entusiasmo que destreza. No puedo cantar como Beyoncé ni escribir canciones como Elton John, pero hacemos lo mejor con lo que tenemos". Por eso ensayan, dan conciertos y graban sin descanso: "¿Descansar? Pensaré en eso cuando tenga 35 ó 40 y se me caiga el pelo", declaró hace algún tiempo Martin. Esta semana cumple 33, y, al parecer, a él y a Coldplay les quedan muchos años de vida artística.
 
 

 
 
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