Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/02/20 00:00

Los secretos de Chopin

El bicentenario del nacimiento del músico polaco pone al mundo a hurgar entre la ropa sucia del pianista más revolucionario del romanticismo.

Chopin era antipático, aristocrático, avaro y se creía más que sus colegas. Fue un innovador en el piano que al darse cuenta de su talento resolvió no tener maestros.

Chopin se debe estar revolcando en su tumba de ver cómo con motivo de los 200 años de su nacimiento se airea su intimidad, que tanto se esforzó por mantener a raya a lo largo de su breve vida. Pero así son las cosas con el revisionismo histórico que, sin contemplaciones, escudriña los rincones más ocultos de la existencia de los grandes.

Frédéric Chopin, quien nació el primero de marzo de 1810 en Zelazowa Wola, cerca de Varsovia, fue un compositor genial, expatriado de Polonia, que de muy joven se radicó en París. Su vida fue dramática: enfermo de tuberculosis pasó sus últimos años sufriendo por el abandono de la escritora George Sand.

Hoy en día queda la certeza de que, más que un genio, es considerado el inventor del piano moderno. La razón, fue el primero que compuso acorde con la naturaleza del instrumento y amplió sus posibilidades sonoras y expresivas a terrenos donde nadie se había atrevido hasta entonces.

Caso único en la historia de la música: se inventó todo de la nada. En 1830, cuando tenía 20 años, salió de Polonia y ya era reconocido como un compositor consumado, que llevaba bajo el brazo sus dos conciertos para piano, además de polonesas, valses, nocturnos y sobre todo mazurcas, que entrañan el germen del nacionalismo musical que luego se tomaría Europa. Semejante obra, pese a que apenas tuvo dos maestros, Zwyny y Elsner, que se limitaron más a descubrirle a Bach y a Mozart que a enseñarle piano.

Y fueron justamente Bach y Mozart los únicos compositores a los que admiró sin reservas, además de las óperas de Bellini. Porque Beethoven le producía admiración y desagrado; sobre Mendelssohn jamás pronunció un juicio; encontraba ruidoso a Berlioz e ignoraba a tal punto a Schumann que ni siquiera determinó la Kreisleriana que éste le dedicó. Y a Liszt y a su obra los encontraba vulgares.

Casi todos sus colegas le parecían ramplones y hacía esfuerzos sobrehumanos para tolerar su entorno. Su padre, Nicolás, que era francés, llegó a Polonia sin dinero y sin abolengos, pero trabajó y se cultivó hasta convertirse en afamado profesor de su lengua entre la nobleza. Así terminó desposando a Justyna Krymanowska, descendiente de una familia venida a menos de la aristocracia polaca. Por eso, aunque Chopin no tenía un céntimo, se movía como pez en el agua entre esa nobleza a la que sentía pertenecer.

Fue un niño prodigio y lo demostraba al piano ante el zar Alejandro I, a los 14 años, o ante su madre, Maria Feodorovna. También en el Palacio de sus amigos de infancia, los Radziwil o los Rothschild, o en el Belvedere ante el gran duque Constantino, gobernador de Polonia.

Por razones artísticas y prácticas Chopin dejó Polonia. Quería desarrollar su carrera en un medio más exigente y de paso evitarse el servicio militar, porque era de complexión débil: se dice que era tuberculoso de nacimiento. Su meta era Londres, pero se quedó 17 años en París, hasta su muerte.

Apenas hizo algo más de 10 conciertos públicos a lo largo de su vida. Aborrecía las grandes salas y prefería la intimidad de los salones donde recibía honorarios elevadísimos para una audiencia que en el fondo despreciaba: "¡Son un atajo de imbéciles!", dijo.

El resto de sus recursos llegaba de su actividad como profesor: la mayor parte de sus alumnos eran aficionados, nobles y burgueses en condiciones de sufragar lo que les cobraba, y pocos profesionales, pues ninguno hizo una carrera realmente descollante. El 'cliente' llegaba, Chopin se iba hasta la ventana y sólo cuando sentía que la plata caía en una elegante caja sobre la chimenea empezaba la clase: ensuciarse con dinero habría sido vulgar.

Paradójicamente su mejor alumno fue Liszt, su 'rival', que atento como un águila aprendió los secretos de su arte y los divulgó a través de sus discípulos.

Su vida íntima ha sido el aspecto más espinoso. Nadie se atreve a dar una sentencia definitiva sobre su sexualidad, porque cuidadoso de las apariencias y formalidades no dejó rastros de ningún desliz, si es que lo hubo.

En sus años de Varsovia dijo estar enamorado de una estudiante de canto llamada Konstanja Gladkowska, pero ni se le declaró ni nada, aunque aseguró que le había inspirado el Larghetto del Concierto en fa menor.

En cambio la efusividad con sus amigos de infancia y juventud levanta suspicacias, especialmente el tono de sus cartas a Tytus Woyciechowski, a quien, refiriéndose a uno de sus valses, escribió: "Observa el pasaje marcado por una cruz. Cuán dulce sería tocarlo para ti, mi Tytus bienamado". Pero los biógrafos encuentran un muro impenetrable en la personalidad de su amigo, objeto de tales manifestaciones: un acaudalado noble de provincia, más rudo que refinado, lleno de hijos, domador de potros y alérgico a tales efusividades, como consta en algunas cartas.

Las cosas se complican cuando aparece el nombre de quien sería su amante, la novelista George Sand (Aurore Dudevant), que como él era medio burguesa y medio aristócrata. Ella descendía de Augusto II, elector de Sajonia y rey de Polonia, estuvo casada con un barón y entre su lista de amantes incluía a Merimée, De Musset y Sandeau, de quien tomó su apellido. Ella era fantasiosa, embustera y ególatra. En su lista de malquerientes figuraban Balzac, Baudelaire, Heine y Delacroix. Para completar, ¡vestía pantalones y ostentosamente fumaba cigarros!

El primer encuentro, en un almuerzo que hoy llamaríamos 'de medios' no fue halagador:

-"Qué antipática esa Sand. ¿Es una mujer?... lo dudo", dijo Chopin.

Sand manifestó:

-"Ese señor Chopin ¿es una niña?"

El biógrafo Bernard Gavotty no le da muchas vueltas al asunto: "¡Entre una mujer frígida y Chopin, casto por tibieza sexual, lindos dúos de amor en perspectiva!". La hija de Sand, Solange, con quien ésta tenía pésimas relaciones, dijo: "Mi madre era de imaginación ardiente y temperamento frío". Pese a los pronósticos, el músico y la escritora estuvieron 10 años juntos.

Pasaban varios meses del año en la casa de George en Nohant; ella no aceptaba que Chopin, avaro por naturaleza, sufragase parte de los gastos y le prodigaba generosos cuidados, más de madre que de amante. La relación se agotó, la salud de Chopin decayó y ella publicó una novela autobiográfica -Lucrezia Florián- que lo puso en ridículo. Luego, en medio de una compleja situación doméstica, su amorío terminó.

Chopin cayó en depresión, su tuberculosis ganó terreno y un viaje a Inglaterra lo agravó. Falleció en París a los 39 años. Su lecho de muerte parecía un circo: mientras escupía sangre, dijo su amiga Pauline Viardot, "las grandes damas de París se han sentido obligadas de venir a desmayarse en su dormitorio, que está repleto de dibujantes que hacen croquis a toda prisa".

Sus restos quedaron en París donde se sentía extranjero y jamás tuvo la curiosidad de conocer a sus tías paternas, que vivían en Lorena, quizá porque pondrían en evidencia su ancestro de viñatero. Su corazón fue enviado a Varsovia.

Con el tiempo, su obra se convirtió en un asunto de vida o muerte para los pianistas. Si no se toca Chopin no se es pianista. Ni siquiera el excéntrico Glenn Gould, cuyo desprecio por su obra era públicamente conocido, consiguió evitarlo: sucumbió ante la Sonata N.º 3, que escudriñó tan a fondo que dejó una de las versiones más originales.

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