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| 2/28/2015 10:00:00 PM

Los últimos familiares de Hitler

La familia del genocida nazi mantiene en EE. UU. un bajo perfil que le ha permitido vivir tranquila. Esta es la historia de un linaje teñido de sangre.

En los años sesenta, en Long Island, Nueva York, los hermanos Alexander, Louis, Howard y Brian Stuart-Houston llevaron una vida perfectamente estadounidense. Crecieron en el sector de Patchogue, asistieron a la escuela, gozaron de sus veranos en las calles jugando béisbol y compartieron con amigos y vecinos. Los cuatro vivían en una casa de dos pisos con su madre, Phyllis, una estadounidense de ciudadanía y alemana de nacimiento, y con su padre ‘Willy’ Stuart-Houston, un británico-alemán que armó en la casa familiar un laboratorio para exámenes de sangre. Un hombre cuyo nombre verdadero era William Patrick Hitler, sobrino del infausto personaje que dio fama a su apellido.

De los cuatro hijos de Willy Hitler, tres siguen vivos: Alexander Adolf (sí, Adolf), Louis y Brian. En 1989, Howard, destacado en ciencias, baterista de la banda del colegio y el más extrovertido de los hermanos, murió en un accidente automovilístico a sus 32 años. Alexander, hoy de 65 años y residente de East Northport, se dedicó al trabajo social, y en esa actividad escuchó y aconsejó a decenas de veteranos de la guerra de Vietnam. Sus hermanos Louis, de 63, y Brian, de 49, montaron un negocio de jardinería, y viven juntos en una casa que compartieron con su madre hasta el día de su muerte, a cinco kilómetros de Patchogue, donde crecieron.

A pesar de la latente posibilidad de hacer dinero con su historia, los Stuart-Houston, es decir, los Hitler, han mantenido un perfil muy bajo. Sin embargo, eso no evita que cada tanto sus nombres salgan a la luz. Recientemente, el National Enquirer le preguntó a varios de sus vecinos qué pensaban de compartir barrio con los sobrinos-nietos del Führer. Varios afirmaron estar sorprendidos, pero en su gran mayoría, la gente les da el beneficio de la duda. El principio según el cual los pecados de un padre no deben repercutir en la vida de sus hijos se respeta, pero no por ello disminuye la curiosidad que generan sus vidas.

La última generación

Los tres sobrevivientes del apellido Hitler arrastran el peso psicológico del criminal que marcó la historia y sus vidas. La huella fue tal que los hermanos pactaron no tener hijos para que el linaje de la familia muriera con ellos. El trato es un secreto a voces, pero el periodista David Gardner, que explora la historia de William Patrick y de sus hijos en su libro The Last of the Hitlers, asegura que es real. El apellido Hitler muere cuando estos tres hombres mueran. Si se considera que los tres son adultos de edad avanzada y aún no tienen ni hijos ni parejas, parece que van a cumplir.

En el libro de Gardner por primera vez se vio la cara de los sobrinos estadounidenses de Hitler, en fotografías extraídas de sus anuarios escolares. El periodista se aseguró de no revelar sus apellidos o su ubicación, pero inevitablemente, y a pesar de los cuidados, los medios supieron llegar. Para 2005 se sabía quiénes eran y dónde habían vivido y dónde vivían.

Los periodistas tocaron a sus puertas. Ellos asumieron con calma y naturalidad las visitas, y respondieron muy pocas preguntas sobre su pasado familiar, pero afirmaron que consignarían su historia en un libro que escribían y publicarían una vez su madre falleciera. Hasta la fecha, casi 11 años después de la muerte de Phyllis, no han publicado nada, pues según Gardner dijo a SEMANA: “Quieren mantener su bajo perfil. Sé que tienen una gran cantidad de fotos y de información, pero es posible que jamás se conozca”.

El origen

William ‘Willy’ Patrick Hitler nació en Liverpool en 1911, hijo de Alois Hitler Jr., el medio hermano mayor de Hitler, y de una mujer irlandesa. Su tío Adolf apreciaba muy poco a William, al que llamada su “sobrino detestable”. De joven era atrevido y trató de sacar partido de su apellido en Alemania para conseguir un mejor puesto. Gardner cuenta que Willy insinuó que si no le conseguían un trabajo digno de alguien de su estirpe, expondría públicamente que el abuelo de Hitler era un judío austriaco. El dictador le presentó pacientemente dos opciones a su sobrino: o renunciaba a su nacionalidad inglesa y se postulaba a un alto cargo en el Tercer Reich, o se iba de una vez.

Willy se decidió contra el Reich. Viajó a Inglaterra, donde fue recibido con desconfianza y luego dio el salto a Estados Unidos en 1939 a dar una serie de charlas sobre su tío. Se radicó en la ciudad de Nueva York, y en 1942 le escribió al presidente Roosevelt para pedirle que lo dejara enlistarse en el Ejército. En 1944, tras investigaciones que demostraron que no tenía segundas intenciones, se lo permitieron. Terminada la Segunda Guerra, con su apellido totalmente ‘demonizado’, William Hitler desapareció.

El paso del tiempo y las investigaciones de Gardner revelaron su paradero. Willy prosiguió su vida con el apellido Stuart-Houston hasta cuando murió en Long Island en 1987. Su mujer Phyllis, a la que conoció en Alemania en los años treinta, por medio de un hermano suyo, y madre de sus cuatro hijos, murió en 2004. Con este trasfondo en mente, Alexander previno a Gardner sobre lo que había sido su padre: “Asegúrate de decir buenas cosas sobre él porque era un buen tipo. Vino a Estados Unidos, sirvió en la Armada, tuvo cuatro hijos y una vida bastante buena. Definitivamente eran antinazi y anti-Hitler”. Lo que Alexander Adolf Stuart-Houston no puede explicar es por qué su padre le puso como segundo nombre el de su tío genocida.

En los sesenta, todos los niños de Patchogue iban al Brookhaven Laboratories de los Stuart-Houston si necesitaban exámenes de sangre. Kevin Stegel, vecino de infancia, recuerda que Willy contestaba el teléfono con un inglés teñido de alemán, y describió a Phyllis como una mujer salida de La novicia rebelde. Teresa Ryther, de 51 años, contó al diario The New York Times cómo en esa casa se hablaba alemán y Phyllis tocaba música de su país de origen. Ryther recuerda cómo los chicos, chapuceando en la piscina de inflar, jugaban a quemar un botecito mientras gritaban “¡el Bismarck se hunde!”. “Eran como los otros chicos de la cuadra, y casi parecía que se rebelaban contra su pasado alemán”. Nadie puede culparlos, casi sin saber por qué, de querer pasar la página y vivir sus vidas lejos del pasado.
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