Viernes, 20 de enero de 2017

| 2002/05/26 00:00

Los últimos legionarios

En el país subsisten dos colombianos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial bajo la bandera de Francia.

Los últimos legionarios

El lunes pasado en la ceremonia de entrega de la medalla Legión de Honor al general Fernando Tapias por el gobierno francés estuvieron presentes dos invitados muy especiales. Ellos eran Tomás Oviedo y Agustín González, dos de los veteranos que participaron en la Segunda Guerra Mundial como soldados del ejército de la Francia Libre comandado por el general Charles de Gaulle—. Ellos son, además de un caleño llamado Gustavo Quintero, los únicos veteranos sobrevivientes de un grupo de aproximadamente 60 colombianos que se enlistó, de los cuales unos 10 perecieron en combate, otro tanto murieron a causa de las heridas y los que superaron la guerra no se libraron de las enfermedades, y naturalmente de la vejez. Ese día el embajador Daniel Parfait aprovechó la ocasión para exaltar el valor de estos dos hombres, quienes en la actualidad tienen 87 y 80 años, respectivamente.

Ese valor fue precisamente el que salvó a Tomás del suicidio hace más de seis décadas. En 1941 él y un viejo compañero de estudios llamado Vicente, en medio de unos tragos y por las decepciones de la vida, llegaron al salto del Tequendama con la idea de lanzarse al vacío. Pero una noticia que alcanzó a ver en un periódico que llevaba su amigo en uno de los bolsillos lo detuvo. En ella aparecía un discurso del general De Gaulle que pasaría a la historia como ‘El llamado’: “Francia perdió una batalla pero no la guerra”, afirmaba el general, al referirse a la rendición ante los invasores alemanes, y después de estas palabras invitaba a todos los hombres del mundo que quisieran ayudarlo a combatir a los agresores. “Mucho más lindo morir atravesado por una ráfaga con la bandera de Colombia y la de Francia que en un agua sucia y fría”, exclama Tomás, recordando las palabras que pronunció en aquella época. Pero su compañero lo consideró un cobarde y sin pensarlo se dejó caer al salto. Sin duda Vicente se equivocó porque Tomás vivió en carne propia la guerra sin tener una gota de sangre francesa.

El combate no tardó en mostrarle su crudeza. Cuando su barco se encontraba rumbo a Londres, donde el general De Gaulle tenía su ejército, varios submarinos alemanes se encargaron de hundir algunas de las 80 embarcaciones, en las que perecieron muchos compañeros sin siquiera haber comenzado a pelear. Durante la Segunda Guerra Mundial Tomás conoció personalmente al general Charles de Gaulle, quien se interesó en él por su nacionalidad y lo escogió para formar parte de su guardia personal hasta 1944, cuando se trasladó a Argelia. “Conocerlo fue una experiencia muy grata . A él le gustaba hacerme hablar porque le causaba gracia mi mal francés”, recuerda.

Con su compañero coincidió una vez en Londres y ahí se conocieron. Agustín llegó primero que Tomás a la guerra, en 1940. Era un joven piloto que desde comienzos de la conflagración decidió formar parte de los voluntarios en favor de los aliados. Combatió en todos los frentes y guarda la prueba en su cabeza y en su rodilla derecha, que esconden las cicatrices de algunas de las heridas de bala y explosiones que casi le quitan la vida. Vio de cerca el triunfo en el desierto del Sahara cuando los aliados rodearon a los alemanes y en Rusia cuando el frío diezmó al ejército de Hitler. Pero no pudo celebrar el fin de la guerra pues en mayo de 1945 estaba convaleciente en una clínica.

Hoy ambos se sienten orgullosos de haber luchado por un país que les era ajeno, pero les ha agradecido en innumerables ocasiones, como consta en las menciones firmadas por De Gaulle, en las distinciones y en las medallas que miran con emoción como si esa experiencia hubiera ocurrido ayer.

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