Sábado, 30 de agosto de 2014

LUCHO I

| 1987/07/13 00:00

LUCHO I

Colombia cumple 40 años de bailar al ritmo de Lucho Bermúdez


"La música costeña era como una mujer bonita pero mal trajeada. Lo que yo hice fue vestirla bien". Con esa frase dicha con la alegría de un estribillo y la convicción de un evangelio, Lucho Bermúdez define el éxito de su orquesta, una institución nacional que está cumpliendo 40 años al servicio de la parranda.

En aquellos tiempos Bogotá era una ciudad lanuda, poblada de cachacos por todas partes, con lloviznas inagotables y silencios profundos que apenas cedían ante la perseverancia de las guabinas o la moda del jazz. Era el año 47 y antes de que empezaran a pasar todas las cosas que se desataron a partir de abril de 1948, la crema de la sociedad bajaba a los sótanos en donde quedaban los night clubs de la Avenida Jiménez, las mujeres se quitaban las estolas y los hombres los sombreros y se armaban así las fiestas de jazz con Glen Miller con Artie Show y con las lejanas melodías francesas de Edith Piaff. La Costa Atlántica era una remota zona que figuraba en los mapas y en la imaginación de los capitalinos, pero ya tenía en el páramo a un embajador que habría de cambiar costumbres: Lucho Bermúdez.

"Yo veía a los cachacos de esa época y me parecía que no bailaban bien, pero sí se amacizaban muy bien", recuerda el más célebre hijo del Carmen de Bolivar, una población ardiente en la que estudió los primeros años de escuela hasta que se jugó su corazón al azar y se lo ganó la música. El destino se lo cambió su tio José María Montes, "un verdadero genio para el flautín", quien se encargó de llevarlo del oido a los vericuetos del pentagrama. Atraido por las notas, Lucho Bermúdez dejó su pueblo por Santa Marta y el pupitre por un puesto en una banda de guerra. Después de muchos desfiles y redobles de tambor, partió con su música para otra parte, para Cartagena, en donde en 1939, cuando el mundo se lanzó al abismo de la Segunda Guerra Mundial, fundó la Orquesta del Caribe, su primera aventura empresarial que duraría cinco años hasta cuando mordió el anzuelo de Bogotá.

Pero a pesar de haber picado la carnada de la nevera, el joven músico vino, vio, se quedó un tiempo y siguió derecho. El destino musical lo llevó a Buenos Aires, entonces la capital de los discos y de los artistas. Después de reinar a punta de su ritmo guapachoso en el país de los bandoneones, regresó a Colombia en 1947 y fundó entonces, para toda la vida, esa agrupación premiada con la fama y con amaneceres llenos de baile, que los animadores de las fiestas presentaban, "señoras y señores, damas y caballeros, distinguido público, con ustedes la Orquesta de Lucho Bermúdez" y ¡tran! Llovía una tempestad de aplausos.

Lo que puede la nostalgia
Antes de que comenzara a desbancar de los bailaderos a los hasta entonces reyes de las noches, Lucho ya había naufragado en el mar de la nostalgía en el que sucumbe la mayor parte de los provincianos que se arriesgan a la capital. Pero, en su caso, el naufragio fue productivo e histórico. "Estaba triste, pensando nada más en mi pueblo. Y así, en esa nostalgia, me dio por, componer y me salió `Carmen de Bolívar'. Y así empezó el país a bailar ese "Carmen querida tierra de amoreshay luz y ensueño bajo tu cielo" que hoy, 43 años después, todavía suena por ahí para alborotar recuerdos.

Esa, hecha en 1944 antes de que se fuera a Argentina y antes de que la orquesta con su nombre levantara vuelo hacia la popularidad, no fue tampoco la primera composición. Antes de decidir su futuro bogotano, ese muchacho bajito, que usaba anteojos hexagonales, que parecía haber nacido con un clarinete entre la boca, ya le había metido varios goles a la historia musical del país. En Cartagena, en los tiempos de su primera orquesta, le había acomodado algunas canciones al repertorio de lo clásico: "Marbella", un porro como "Borrachera", el mapalé "Prende la vela" y el fandango "Joselito Carnaval", ya daban vueltas y revueltas en los duros discos de 78 revoluciones.

Pero el gran estrellato fue ese año del 47 y tuvo una sede reconocible, añorable, inolvidable: el Hotel Granada, en el centro de Bogotá (ahí en plena Jiménez con Séptima, donde queda el Banco de la República), donde Lucho Bermúdez y su orquesta de nueve músicos se puso de ruana el escenario, copado por bailarines vespertinos que estaban ya cansados de bailar con ruana y sombrero.

Para ese éxito tan inmediato (prácticamente en un año había logrado conquistar clientela y admiración), se dieron varios factores. El primero de ellos está dicho: la necesidad de la gente de ensayar otros pasos, de brillar baldosa de una manera distintas a como lo hacían con los aires andinos o con la música importada "Yo no escribía para los músicos sino para todo el mundo. Canciones sencillas", resume el maestro Lucho. Y a esa necesidad de los rumberos que entonces usaban gomina y a ese repertorio simple, se unió la voz de Matilde Díaz, que desde entonces ingresó al campo de la leyenda y a la categoría de ser, para muchas personas, la mejor cantante colombiana de todos los tiempos.

El año del arranque hacia el éxito es inolvidable ahora, 40 años después, para este hombre que sigue igual de bajito, ahora con gafas de montura oscura, con clarinete al lado de la mesa de noche y con 75 años bien vividos y bien bebidos. "Ahora no, pero en toda la vida sí fue mucho lo que se parrandió".

Dentro de los recuerdos intactos de ese origen de la orquesta, Lucho Bermúdez recuerda los viernes culturales del Hotel Granada. "Un cliente que no faltaba a las veladas de los viernes era Jorge Eliécer Gaitán. Nos admirábamos mutuamente. Le gustaba mi música. Yo llegué a componerle una especie de cuña cantada para su campaña política. Pero a mí no me tocó su asesinato en Bogotá, porque yo me había ido a vivir a Medellín".

Quince años duró la vida de la orquesta en Medellín, ciudad donde quedaban la mayor parte de las casas disqueras y donde "pasaba todo lo más importante". Por el lado de los discos, fue allí donde Lucho Bermúdez grabó una buena parte de ese "montón" de discos de larga duración cuyo número no alcanza a calcular. Y, por el lado de las cosas importantes que pasaban, las fiestas de la opulenta sociedad paisa le dieron la oportunidad de ver bailar con su música a tres generaciones.

Salsipuedes
Tres lustros en Medellín dieron para todo. Para miles de presentaciones en el Hotel Nutibara, para bailes que parecían no tener fin en el Club Campestre, para componer y grabar muchas canciones en los ritmos que su versatilidad le daba: desde porros hasta gaitas, pasando por mapalés, fandangos, cumbias, cumbiones, joropos, vals, boleros y timbasón y patacumbia, dos ritmos que se inventó, aparte de las gaitas con las que se inmortalizó, especialmente por su decisión de ponerle a todas nombres de mujeres. "Es que la gaita es una mujer".

A pesar de definirse como un hombre simple porque "no soy de ninguna sociedad. Siempre he estado en la montonera de la vida", Lucho Bermúdez le tocó mover la batuta en infinitos amaneceres de fiestas de sociedad. Eran noches que se juntaban con los días y la música seguía. En una de esas rumbas kilométricas fue de la que salió el célebre "Salsipuedes". "Era una fiesta en Medellín para inaugurar la finca de don Jorge Marín Vieco. Y no se acabó esa noche y tampoco al otro día y de ahí no salía nadie. Entonces ahí cree el 'Salsipuedes'.

Sus dones de compositor, sin embargo, han sido preservados a cualquier tentación política o a cualquier oferta económica. En materia política, el estribillo propagandístico a Gaitán, una canción sobre Alberto Lleras y una especie de cumbia protesta que fastidió mucho a Carlos Lleras, son su única vinculación con ese mundo de votos y discursos. Y, en materia económica, no ha cedido a las ofertas de componer canciones para determinado motivo, sino que ha dejado que su creatividad ruede sin frenos y sin compromisos, en su prolífica carreras que lo deja como uno de los colombianos que más canciones ha creado.

"Muchas, no sé muy bien cuántas", dice. Pero, a pesar de sentirse un hombre satisfecho con lo que ha hecho en la vida, cuando se refiere a sus composiciones y a los derecho de autor, un tufillo de resentimiento se le asoma cuando recuerda, por ejemplo, que por "Tina" le han pagado cualquier grosería como quince pesos y de "Carmen de Bolívar", de las que se han hecho unas quinientas grabaciones, los derechos de autor le han rentado dos millones de pesos.

Y eso para no citar sino dos de sus clásicos, a los que se les suman muchos otros entre ellos, "Colombia tierra querida" que, para él, es su máximo orgullo al lado de "Gloria María", la canción y la persona, que es la hija que quedó de su matrimonio con Matilde Díaz. "Ella tiene todos los talentos. Canta, baila, pinta, escribe. Por pura intuición se sentó al piano desde muy chíquita". De sus otros dos matrimonios, tiene tres hijos y su permisividad se ve a prueba con los dos menores, unos jóvenes rockeros que no cambian de sintonía de las emisoras dedicadas a esa música. "A mí me gusta eso y lo respeto".

Otra prueba de su permanencia en la vida, es que la orquesta sigue funcionando. Y él, con ella, trasnochando por todo el país, en ciudades a donde es llamado con la frecuencia de casi todos los fines de semana. Y ahí, ante un público nuevo y viejo, sin recuerdos y con nostalgia, vuelve el maestro Lucho a la batuta de su orquesta, da dos o tres golpes, levanta la mano y comienza la fiesta. Como desde hace cuarenta años.--

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×