Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/04/08 00:00

MARGUERITE, LA EXTRANJERA

Esta escritora francesa, alcohólica y marginal, describió como pocos los colores de la sensualidad en el siglo XX.

MARGUERITE, LA EXTRANJERA


IZQUIERDISTA, ALcohólica y desenfrenada, no representó en su vida pública un modelo del charme francés. Sus arrugas, sus gafas de aumento, su joroba y sus amantes jóvenes no la habrían colocado nunca en el glamuroso centro del jet- set. Sin embargo, durante los últimos años, con sus sacos de lana y faldas escocesas Marguerite Duras se dio el lujo de concentrar los ideales del desco sobre su figura. Esa que se hizo a sí misma, no con aeróbicos, sino con libros y palabras que nunca son capaces de pronunciar. La novela El Amante sobre su romance de adolescencia con un rico hombre chino, fue la varita mágica que le abrió el hall de la fama, le regaló el premio Goncourt. la llevó a las páginas de la actualidad, la transformó de una escritora asfixiada en los vapores del whisky en la gran sacerdotisa del amor loco y la desesperada sensualidad de la última década.
Pero aunque fue aceptada por el gran público gracias a uno de los libros franceses de mayor tiraje y a una película hecha con encuadres de postal, ella nunca dejó de ser una creole una francesa exiliada, una eterna extranjera, hasta el día de su muerte el pasado lunes.
Pero fue precisamente en esta condición de paria donde encontró la fuerza vital de la que nació tanto ella misma como sus novelas. Parodiando a muchos escritores, llegó a afirmar que su única patria era la infancia, que en su caso tuvo los colores húmedos de un Vietnam olvidado en el fin del mundo. Hija de un distraido padre matematico que murio cuando ella tenía cuatro años y de una madre desequilibrada, la pequeña Marguerite se inventó un mundo propio entre sus hermanos: el odiado Pierre y el amado Paul, que después reaparecerían constantemente en sus obras.
A los 18 años viajó a París con un traje barato y zapatos gastados, dispuesta a conquistar el mundo. La inteligente y ambiciosa jovencita no tardó mucho en graduarse en matemáticas, ciencias políticas y derecho y en codearse con intelectuales de la época como Mitterrand y Sartre, con los que compartió la militancia izquierdista. Durante los años de la guerra trabajó como funcionaria del Ministerio Colonial.
Pero después olvidó todos los oficios para dedicarse a una escritura obsesiva: 50 libros en 50 años de trabajo. Sin embargo los temas fueron muy reducidos: en El Vicecónsul, Moderato Cantabile o La amante inglesa una y otra vez salieron a flote personajes impúdicos, apasionados, más allá de las leyes del bien y del mal y que bebian sin remedio. Así lo hizo también durante muchos años la escritora Marguerite en la gran casa donde se retiraba para olvidarse del mundo exterior. En sus peliculas como India Song y en guiones como el de Hiroshima mon amour también repitió ese personaje que la perseguía en la vida real. Durante sus últimos años dejó ese whisky que para ella era la soledad y recuperada de una traqueotomía vivió con un hombre al que le doblaba la edad, redondeando su obra a la que puso final con el libro Es todo. Admirada por muchos, envidiada por las mujeres, deseada por los hombres, Marguerite deja una obra con la innegable marca del espíritu de su época.

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