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| 4/29/2017 10:00:00 PM

La historia detrás de las 95 quejas de Lutero contra la Iglesia

Hace cinco siglos el monje clavó en la puerta del templo de Wittenberg un documento con profundas críticas sobre el poder del catolicismo. Ese papel habría de cambiar la historia de la humanidad hasta hoy. Esto fue lo que pasó.

En 1510, cuando a sus 27 años llegó a Roma por primera vez, el monje Martín Lutero estaba impaciente por conocer la ciudad que consideraba más cercana al cielo. Devoto, peregrinó por dos meses desde Alemania hasta el corazón de la Iglesia católica, que lo recibió harapiento, penitente y desgastado, como se esperaba de un monje sacrificado como él. No podía estar más emocionado. La metrópoli no se parecía a los pueblos y aldeas que había conocido, y la época era especial. Miguel Ángel trabajaba en la Capilla Sixtina, Rafael decoraba el apartamento privado del papa, el Renacimiento campeaba y todo parecía mágico. Pero el benedictino, un hombre de principios férreos y lógicos, se sintió abofeteado por la realidad que encontró.

La impronta de San Pedro y los restos de cientos de mártires y santos palidecían ante la corrupta burocracia de la Iglesia, que operaba como una corporación de tentáculos económicos y brazo militar. La ciudad, como la describió, “un lugar espiritual lleno de gente sin espíritu”, vivía en torno a la riqueza generada por la religión. Lutero sufrió con la hipocresía eclesiástica, que señalaba al dinero como la raíz de todo mal, pero lo prestaba a interés, lo derrochaba en construcciones, festines absurdos y caravanas de celebración o pujas de poder contra Venecia. Para financiarse, el papado de Julio II cobraba por el más mínimo gesto, acta o permiso, y explotaba descaradamente su monopolio de la salvación. En un momento en el que la peste acechaba, la muerte rondaba y nadie quería pasar la eternidad en el purgatorio. Era un negocio sencillo y muy rentable.

Lutero pagó una suma para entrar a las catacumbas de San Calixto, ver los restos de 46.000 mártires y hasta para comprar una ‘indulgencia’, un pase comercializado por la Iglesia (gran fuente de sus ingresos) para evitarle al portador pasar por el purgatorio. Confirmó en carne propia la mercantilización del miedo y de la fe, y esto lo perturbó.

Regresó destruido y confundido a su monasterio en Erfurt. “Por más que viva irreprochablemente como un monje, me veo como un pecador lleno de culpa”, escribió. Trataba de limpiar su alma confesándose por horas cuatro veces al día. Y justo al borde del quiebre con un Dios que decía odiar, sintió que la providencia le lanzó un salvavidas. En 1511 su comunidad lo envió al pueblo de Wittenberg, donde encontró alivio gracias a su superior Johann von Staupitz, quien reconoció sus virtudes y le encargó enseñar estudios bíblicos en la universidad del pueblo, recién fundada por un hombre que resultaría clave en su vida: Federico III, el Sabio, príncipe de Sajonia.

Lutero, obsesivo en lo que asumía, se sumergió en la Biblia. La leyó en latín, griego, hebreo, y así encontró la revelación que cambió el curso de la historia. Según interpretó en las escrituras sagradas, la relación entre el hombre y Dios no requería intermediarios. Ese postulado le dio una paz que jamás había vivido. “Siento que nací de nuevo”, aseguró, “y que entré por las puertas del cielo”.

Años después, en 1517, en Roma, el papa León X, sucesor de Julio II, había dado rienda suelta a sus gustos estrafalarios, entre estos la caza de jabalíes salvajes y fiestas para las que encargaba tortas gigantes de las cuales salían niños. León X tenía en sus manos el proyecto de construir la basílica de San Pedro y, víctima de su desperdicio, miró a sus súbditos para llenar las arcas. Reclutó al dominico Johann Tetzel para mover la fe y vender indulgencias para seres vivos e incluso para sus familiares muertos. La salvación estaba a la mano de quienes pudieran comprarla. Y miles lo hicieron.

Muchos académicos atribuyen a Tetzel el primer eslogan publicitario. Lanzó en el mercado su frase “Tan pronto la moneda suena, sale del purgatorio el alma buena” y tuvo amplia resonancia. Con el tiempo los efectos se sintieron en Wittenberg. Los creyentes que pagaban por indulgencias se las mostraban a Lutero para probarle que ya no necesitaban confesarse, estaban salvados.

Lutero no se cruzó de brazos. Determinado a suscitar una discusión académica, el 31 de octubre de 1517 clavó 95 postulados en latín en la puerta de la iglesia de Wittenberg. El Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias desafiaba el statu quo del poder papal y denunciaba su avaricia y abusos. Además retaba a sus emisarios para debatir el concepto de las indulgencias desde las escrituras. Los escritos desataron un movimiento que superó los alcances de su imaginación, una reforma tan poderosa que cambió la manera como millones de hombres y sociedades interactuaron con Dios.

Otros habían intentado cuestionar a la Iglesia, pero no habían contado con la imprenta de Gutenberg. Como asegura la revista The Economist, las tesis de Lutero volaron y lograron un efecto similar al que internet y las redes sociales tuvieron en la Primavera Árabe de 2011, el fenómeno social que estalló en Egipto. Sin duda, la imprenta fue protagonista, ayudó a propagar los postulados y llevó a la gente a darse cuenta de que sus quejas eran las de muchos otros. Una vez traducidos al alemán, sus postulados hicieron de Lutero un fenómeno editorial. Los muchos otros panfletos que escribió luego, en su toma y dame desafiante con el papado (algunos de los que acompañaba con ilustraciones para los analfabetas), y otros que incluso componía en forma musical se consumían como pan caliente. Como si fuera poco, sostenía que la gente debería poder leer la Biblia en su idioma vernáculo, y comenzó por traducir el texto sagrado al alemán. Con lo cual, sin quererlo, consolidó ese idioma como la simiente de esa nacionalidad.

Cuando llegó a Roma, el papa gritó “¡Hereje!” y envió un emisario para aplacar al disidente. Lutero lo devolvió con el rabo entre las piernas. León X amenazó entonces con excomulgarlo, una especie de muerte civil en ese punto de la historia. Si no rectificaba, la Santa Inquisición tendría que pasarlo por la hoguera. Lutero redobló su apuesta, escribió textos dirigidos a la nobleza alemana, también cansada del yugo de la Iglesia, y así encendió una nueva realidad política. Poco a poco se blindó contra el poder de la Iglesia. Cuando el anuncio de su excomulgación llegó a Wittenberg, Lutero lo quemó en una hoguera en la que proclamó que debían ir a buscarlo.

Y Federico el Sabio, orgulloso de lo que significaba Lutero para su región, lo protegió. No solo le salvó la vida en la crucial reunión en Worms, en 1521, en la que los poderes influyentes de Europa le pidieron rectificar sus posiciones, pero solo recibieron argumentos que fortalecían su postura. También lo escondió luego de esta para evitar que la Inquisición lo secuestrara. Roma trató de callarlo, pero las ideas y su vuelo tomaron aún más fuerza.

Lutero desencadenó una revolución a primera vista imposible, pero luego la odió visceralmente. Lo único que quería era establecer la relación hombre-Dios, salvar a la Iglesia, no cambiar la estructura social. Pero los hechos tomaron su propio impulso, y el mundo cristiano cambió para siempre, mientras el artífice del cambio pasaba al primer plano de la historia.

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