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| 9/27/2010 12:00:00 AM

Me acuerdo... Juan Gossaín

Ya desde el retiro, uno de los más grandes periodistas colombianos da paso a los recuerdos de su vida.

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Soho
Me acuerdo de Lucho Gómez. Tendríamos siete años de edad. Nos fuimos a bañar escondidos en Caño Alonso, en las afueras de San Bernardo del Viento, y él empezó a estremecerse como si tuviera convulsiones. Le celebré la payasada con aplausos. Era epiléptico y yo no lo sabía. Se ahogó ante mis ojos. Es el muerto más doloroso de mi vida. A veces sueño con él. Me acuerdo del profesor Canabal. Era tartamudo y nos enseñaba a leer dando saltos entre sílabas, cancaneando. Aprendí a leer de la misma manera. Pensé que eso era lo correcto. Me acuerdo de la primera vez que llegué a Bogotá. Llovía. Yo llevaba puesta una camisa floreada de mangas cortas. No sabía para dónde era que iba. Manuel Corrales, dueño del hotel, se compadeció de mí y no quiso cobrarme el alojamiento.

Me acuerdo de mi primer beso. Fue bajo un almendro en el atrio de la iglesia. Ella se llamaba Emilse. No sentí nada. Me dieron ganas de reírme. Me acuerdo de la noche que conocí a Margot. Estábamos hablando en el rincón de una fiesta. Me invitó a su casa. Fuimos a oír boleros y descubrimos que tenemos el mismo favorito: Lo que me gusta de ti, cantado por Alberto Beltrán con la Sonora Matancera. En seguida resolví que me tenía que casar con esa mujer. Al filo de la madrugada me quedé profundo. Dos años después, cuando me preguntaron por qué me había casado, puse mi mejor cara de misterio y dije: "Porque un hombre de honor que se queda dormido en la casa de una dama tiene que responder por sus actos". Nunca aclaré que había sido en su biblioteca. Era mejor la insinuación malvada.

Me acuerdo de Pacho Bautista y Jaime el Cuca. De niño pensé que eran locos. Ahora vengo a comprender que eran poetas. Tampoco es mucha la diferencia. Como en el pueblo no había luz eléctrica, cuando oscurecía se acostaban en la plaza, cara al cielo, a contemplar la luna. Una noche, Pacho le dijo a Jaime: "Si la luna de este moridero de pobres es así de grande y bonita, cómo será la luna de los gringos, que tienen tanta plata". Jaime asintió con la cabeza.

Me acuerdo de que nunca quise ser periodista.

Me acuerdo del día en que Yamid me ofreció trabajo en Caracol, hace 30 años. Varios colegas me aconsejaron que no aceptara. "Es muy bravo —dijeron—, y lo grita a uno". Acepté. Yo no tenía dónde vivir. Sin que me diera cuenta, Yamid fue al Pasaje Rivas y compró una cama, un colchón, un televisor y un juego de toallas nuevas. Cualquiera podía pensar que iba a casarse conmigo, pero lo que hizo fue armarme en su casa un cuarto de huéspedes. Viví seis meses en su apartamento. La próxima vez que lo vea voy a besarle la mano.

Me acuerdo todos los días de Guillermo Cano, mi director, mártir del periodismo. Me enseñó que este oficio nuestro no está hecho de micrófonos ni cámaras, sino de principios. La vida ha sido muy generosa conmigo. Me acuerdo a propósito, del Mono Salgar, nuestro jefe de redacción en El Espectador. No lo ha habido mejor, ni aquí ni en ninguna parte. Leyó mi primera crónica, con su temible lápiz rojo en la mano, me la devolvió y dijo: "¿Cuál cree usted que es la frase más brillante?". Le señalé un párrafo magnífico, digno de Cervantes. Me extendió el lápiz. "Táchela —me ordenó—. Las frases brillantes son muy peligrosas". Ese día aprendí mi primera lección. Muchos años después supe que a otros novatos les había hecho la misma prueba, no importa que se llamaran García Márquez.

Me acuerdo del Loco Arbeláez, periodista, contertulio, bromista, ingenioso, la sal de la vida. En una época se le dio por llegar a nuestra redacción de Cromos montado en un caballo, con sombrero y un revólver al cinto. El pobre caballo tenía que subir tres pisos por las escaleras. El Loco es uno de los mejores hallazgos de mi vida. Sus chifladuras son legendarias. Su caso demuestra que el talento sin disciplina no es más que un desperdicio.

Me acuerdo de la tarde en que me encontré nariz con boca al ídolo de mi adolescencia, Joe DiMaggio, el gran beisbolista de los Yanquis de Nueva York. Grande, elegante, distinguido, tomaba una taza de café con leche mientras leía la prensa en una cafetería. Lo admiré tanto. Después supe que estuvo casado con Marilyn Monroe. Lo envidié tanto….

Me acuerdo del día en que el gerente de las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla llegó a la oficina de Juan B. Fernández Renowitzky, que era mi director en El Heraldo. El gerente, haciéndose el bobo, le propuso publicar una serie de avisos y separatas de jugoso presupuesto. "Si lo que usted intenta es sobornarnos para que suspendamos las crónicas de Gossaín sobre la corrupción del municipio —le replicó Juanbecito, con sus modales de caballero—, le suplico que se vaya por donde vino". El gerente dio media vuelta. Juanbé le agregó: "Este periódico, como la canción del cariño verdadero, ni se compra ni se vende". Me acuerdo de Amanda, la señora que repartía el tinto en RCN. Ella sola era la sabiduría completa del pueblo boyacense. "Don Juan —me dijo en cierta ocasión—, ¿le puedo decir Juan?". Sonreí. "Claro —le dije—, a menos que yo me llame Roberto".

Me acuerdo de mi peor travesura. Jairo Revollo y yo teníamos ocho años y andábamos por el pueblo sin camisa ni zapatos, a la buena de Dios. Una tarde, en el fogón del patio de mi casa, lo marqué en la barriga con un hierro de marcar vacas. Me dieron una cueriza que duró tres días. A él le quedó para toda la vida una J enorme junto al ombligo. Hoy, el doctor Revollo es ilustre miembro del Consejo de la Judicatura en Cartagena y cada vez que conoce a alguien se quita la camisa, como la cosa más natural del mundo, le muestra la J y le echa el cuento completo. Vive orgulloso de lo que a mí me avergüenza.

Me acuerdo de la noche en que mataron a Galán. Yo estaba entrando en un taxi al hotel de Santa Marta donde me esperaban Yamid, Julito, Patricio Wills y J aime Hurtado para tomarnos un whisky. No hubo whisky sino lágrimas. A las dos de la mañana volamos a Bogotá en el mismo avión que había traído los periódicos del día. Fue una terrible hora de silencio en ese avión.

Me acuerdo —ya que hablo de aviones— de lo que me pasó en mi primer viaje internacional. No tenía ni un mes de estar trabajando en Bogotá. A la hora de aterrizar en Londres, entré al baño, vi una cajita de cartón, cuadrada, escrita en inglés. No entendí ni jota, pero, inteligente y astuto que es uno, di por descontado que era una maquinilla de afeitar desechable. "Estas aerolíneas piensan en todo", me dije, maravillado. La guardé para rasurarme en el hotel. Cuando fui a hacerlo, descubrí con bochorno de lo que se trataba: era una toallita higiénica para señoras…? Me acuerdo de mi padre, un hombre huesudo que cojeaba de la pierna izquierda. Era un romántico con alma de astrónomo y vocación de botánico que cada día, a la hora del almuerzo, se paraba en la cabecera de la mesa y nos leía, como en una ceremonia litúrgica, un cuento de Las mil y una noches. Una vez mi madre lo reprendió porque, con tal de no suspender la novela que leía, se negó a venderle telas a un cliente de su modesta tienda de chucherías. "Tú no quieres entender —se defendió él, con su voz dulce— que yo soy el único libanés que no sabe cuánto mide una yarda".

Me acuerdo del día en que me metieron preso. Yo tenía 20 años y estaba comenzando en el periodismo. Un domingo publicamos en la primera página de El Espectador mi crónica habitual, ilustrada con una radiografía de los motores del avión presidencial. Estaban podridos. Llenos de huecos por todas partes. "Este es el avión en que viaja el presidente Lleras Restrepo". Se armó la de Dios es Cristo. Dos policías me agarraron a la salida de la pensión donde vivía y me llevaron ante el comisario 40, en la carrera 13. El señor juez me exigió que le revelara quién me había entregado las gráficas. La identidad de mi fuente informativa, nada menos. Me negué en redondo. Insistió varias veces. "O me dice o lo hago encarcelar", me amenazó. "No se lo digo ni si me hace fusilar", le contesté. Me arrestaron allí mismo, en la celda de la comisaría, hasta que a los dos días mis compañeros del periódico, encabezados por Javier Ayala, llegaron a rescatarme. Han pasado más de 40 años desde entonces. Ahora confieso que vivo muy orgulloso de aquel carcelazo. Lo guardo como el mejor trofeo de mi vida. Gracias a él, he llegado al cabo de la vejez con la frente en alto.
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