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| 1/14/2017 12:00:00 AM

Meryl Streep: única en su especie

Tras 40 años de carrera, la actriz tiene un pedestal para ella sola. Esta es la historia de una actriz fuera de serie que se convirtió en la conciencia del séptimo arte.

En la ceremonia de los Globos de Oro, Meryl Streep recibió el premio Cecil B. DeMille a toda una vida en la actuación. Pero aunque es la ocasión más festiva de la industria, pues corren ríos de licor, no dedicó el momento a echar chistes impertinentes o vanagloriarse. Tras sonreír unos segundos ante las cámaras, procedió a dejar en silencio a una sala llena de superestrellas más o menos enrumbadas. Galardón en mano, conmovida, conmovedora y pausada, pronunció un discurso que ratificó por qué es la figura más brillante y sensible de Hollywood. En efecto, advirtió sobre el presente y el futuro, y sobre lo que viene en la Presidencia de Donald Trump, a quien nunca nombró.

Confesó que su corazón se había roto al ver al hombre que ocupará el puesto “más honorable de Estados Unidos” imitar a un periodista discapacitado. Y se indignó aún más al ver que la audiencia del magnate le respondió con mofas y risas de aprobación. “Se trató de la vida real. Cuando alguien en la plataforma pública, poderoso, da rienda suelta a su instinto de humillar, este se filtra a la vida pública, y permite al resto hacer lo mismo. El irrespeto trae irrespeto, la violencia trae violencia, y todos perdemos cuando los poderosos usan su posición para matonear”, alertó. Dijo lo que alguien tenía que decir y resonó por lo que es: una artista que con humildad y valentía ganó a pulso su credibilidad, y que no se ha rendido ante los cantos de sirena de las producciones fáciles y taquilleras, como tantos otros de su generación.

Ante sus palabras, portales de noticias y redes sociales estallaron divididos entre la emoción y el enojo. Robert De Niro, ácido crítico de Trump, le agradeció con una carta abierta por haberse expresado en ese escenario, mientras que el presidente electo no logró contenerse y a las seis de la mañana siguiente aseguró vía Twitter (como varias casas de apuestas habían pronosticado) que Streep era “...una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood y una lacaya de Hillary que perdió en grande...”.

La grandeza

La historia contradice al presidente electo. Streep ha dejado sin aliento a sus espectadores incontables veces, con personajes de un rango tan amplio que varias generaciones atesoran papeles radicalmente distintos. Ya sea en Kramer vs. Kramer, Manhattan, The Bridges of Madison County, Adaptation, The Hours, Mamma Mía, Devil Wears Prada, Doubt, The Iron Lady, entre decenas de roles en cine y televisión, ha demostrado integridad y una entrega metódica. El amplio respeto del que goza nació de ese modo, y con el tiempo solo creció pues nunca dudó en tomar riesgos, cambiar de rumbo, y, con el paso del tiempo, reírse de sí misma.

El fallecido dramaturgo y cineasta Mike Nichols, quien la dirigió en Silkwood (1983), aseguró sobre la experiencia de trabajar con ella: “Es muy parecido a enamorarse. Es un tiempo que se recuerda mágico, pero que también se enmarca en el misterio” pues, como concluyó, “nadie entiende qué hace Meryl o cómo lo hace”. Ella empezó con un sinnúmero de obras de teatro en sus años universitarios, tantas que, en un punto, extenuada, consideró estudiar Derecho. Pero persistió. Este año se cumplen 40 de su debut en la gran pantalla en Julia (1977), una cinta en la que Jane Fonda le compartió trucos y también le reprochó, con admiración, que le ‘robaba’ el protagonismo.

Meryl aceptó luego hacer parte de The Deer Hunter (1978), para actuar junto a su primer gran amor, John Cazale (Fredo en El padrino). Con él había crecido en los círculos teatrales de Nueva York después de graduarse de la Universidad de Yale. Ese rol le representó su primera nominación al Óscar como actriz de reparto (hoy completa 19 en total, con dos óscares a mejor actriz), pero la experiencia fue triste pues Cazale falleció por un devastador cáncer de pulmón. Lo acompañó en su lecho hasta verlo morir, pero siguió su rumbo y se embarcó en una seguidilla de cintas que le valieron amplio reconocimiento dramático: Kramer vs. Kramer, The French Lieutenant’s Woman, Sophie’s Choice y Silkwood. A nivel personal, para su fortuna, conoció al escultor Don Gummer, con quien se casó en 1978. Hoy tienen cuatro hijos, tres de los cuales quieren seguir sus pasos.

Hollywood tiende a encasillar, y con el paso de los años ochenta se le veía como una actriz seria, costosa y poco taquillera. Se la jugó por salir de su zona de confort y trabajar en comedias ácidas como Death Becomes Her e incluso en una película de acción como The River Wild, en la que se esforzó por no usar una doble para “mostrarles a sus hijas que podía”. Por años ha sido actriz, ícono, esposa y una madre dedicada que no ha dudado en llevar a sus hijos consigo a rodajes y darles ejemplo con su profesionalismo.

Cuando le dicen que es la mejor actriz de su generación, Streep lo rechaza de tajo, pero hasta para ella es innegable que dejó boquiabiertos a cazatalentos y espectadores desde sus inicios en el colegio, en la universidad, en el teatro y en el cine. Su impronta llegó a inspirar a figuras como Al Pacino, que para su papel en Scarface tomó elementos de Sophie, la traumatizada inmigrante polaca que Streep interpretó en la película Sophie’s Choice (1982), que le dio su primer Óscar a mejor actriz (ganó el segundo por su interpretación de Margaret Thatcher en The Iron Lady). Solo los grandes son capaces de encender y apagar sentimientos a voluntad, algo que el cine exige pues se filma de forma no lineal. En el caso de Streep, a esta capacidad se suman sus profundas transformaciones emocionales y físicas y su capacidad de dominar acentos.

La crítica de cine Karina Longworth, autora de Meryl Streep: Anatomy of an Actor, anota dos hechos claves que subrayan su grandeza. Primero, que al asumir muchos de sus papeles encontraba guiones escritos por hombres que acartonaban a sus personajes, e insistió en darles giros más humanos y verosímiles. En Kramer vs. Kramer asumió un papel unidimensional, creado para ser odiado, y sumó diálogo y sustancia a pesar de las quejas de su colega Dustin Hoffman.

Décadas después, añade Longworth, “empezando con Devil Wears Prada, protagonizó cuatro éxitos que recaudaron más de 100 millones. Así desafió la idea convencional de que no hay espacio en Hollywood para mujeres de más de 40 años”. Para Longworth, Streep se probó como taquillera y símbolo sexual atípico en sus cuarenta, cincuenta, y ahora en sus sesenta. “En ‘Prada’ su personaje era la epítome del glamur; en ‘Mamma Mía’ y en ‘It’s Complicated’ fue una mujer mayor perseguida por varios galanes; en ‘Julie y Julia’ dio vida a una mujer de belleza poco tradicional inmersa en un matrimonio sexualmente satisfactorio”.

Mary-Louise Streep nació en Nueva Jersey en 1949 y, así resulte difícil de creer, soñaba con ser porrista. No se creía bonita, pero persistió en su meta hasta lograrlo, e incluso la eligieron reina de su curso. Luego quiso ser cantante de ópera, pero se dio cuenta de que no sentía ni entendía lo que cantaba, y se la jugó por la actuación. Hoy su rostro anguloso, digno representante de su ascendencia alemana, inglesa e irlandesa, sirve de sinónimo de grandeza en el séptimo arte, y sus palabras, de expresiones de la razón.

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