Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1986/04/28 00:00

MI APELLIDO POR UNA RENTA

Después de haber cedido su apellido y su imperio a cambio de una jugosa mensualidad, el heredero de los armeros Krupp se está muriendo de cáncer

MI APELLIDO POR UNA RENTA

Desde hace 19 años, este hombre de rostro pálido, mirada perdida y aspecto de secreto agonizante por una enfermedad incurable recibe todos los días el equivalente en marcos a la nada despreciable suma de 2.5 millones de pesos. Y los recibe por haber aceptado dos cosas: renunciar a la cuantiosa herencia de su familia y prescindir del apellido Krupp el mismo que durante dos siglos ha sido sinónimo de guerra, destrucción y muerte.
Cuando aparece en alguna de las ruidosas fiestas del jet-set europeo, vestido de blanco y sin poder disimular en su rostro el mal que lo devora, su nombre va de boca en boca: "Ese es Arndt von Bohlen und Halbach".
Las mujeres lo encuentran hermoso, los hombres lo miran como un parásito, y todos hablan en voz baja sobre su historia y su extraña vida.
Como Alemania le trae recuerdos funestos, apenas aparece por Munich en el invierno para lucir sus abrigos de visón. Pero a Essen, el corazón del imperio minero y siderúrgico de los Krupp en Alemania, jamás llega. Prefiere en cambio asolearse en las Bahamas o en Tahití, o pasar de vez en cuando una noche en una de las 270 habitaciones de su castillo en Salzburgo.
La historia comienza en 1830, más de un siglo antes de que Arndt naciera. Su tatarabuelo Freidrich Krupp, un auténtico genio, comprendió en esa época toda la importancia que el carbón, el acero y el vapor encerraban para el futuro de la industria y de la humanidad. Nunca dudaba de nada ni de nadie. Y mucho menos de sí mismo y de su inventiva. Poco después de haber fundado su imperio, ya donaba grandes y hermosos vitrales a las iglesias de Renania y Westfalia.
Pero es su hijo Alfredo quien decide lanzarse a la aventura que le deparará a la familia los mayores éxitos. Construye para la Exposición Universal de París en 1867 su primer cañón, un aparato gigantesco cuyos efectos devastadores podrán ser comprobados en carne propia por los parisienses 4 años después.
Durante el reinado de Guillermo II Krupp se convierte en el primer industrial siderúrgico de Alemania y construye en Essen la mansión llamada Villa Hugel, donde el emperador será recibido como huésped de honor en más de una oportunidad. Años después logra transformarse en uno de los pilares del imperio de Bismarck y decide que se le ha llegado la hora de relacionarse con la nobleza. Para ello, casa a su hija Berta, única heredera del imperio industrial, con Gustav von Bohlen und Halbach, quien pese a sus pergaminos tiene que acceder a anteponer a su apellido el de los Krupp.
Pero Gustav resulta más papista que el Papa y se convierte en todo un Krupp, imponiendo un régimen de austeridad y disciplina en el conglomerado siderúrgico, y caracterizándose siempre por ser un hombre que no deja conocer sus sentimientos. Pese a ello, cede a la tentación de bautizar el siguiente modelo del cañón Krupp con el nombre de Berta, en homenaje a su esposa. El cañón Berta revivirá con mayor estruendo los horrores vividos por los franceses en 1871, cuando estalle la Primera Guerra Mundial, hecatombe que multiplicará muchas veces la fortuna Krupp .
Sólo la derrota de Alemania en esa guerra significa un receso en el sostenido crecimiento del conglomerado que se ve entonces obligado a restringir ligeramente los gastos, mientras sus fábricas se transforman y se dedican a la producción de tractores, locomotoras y cajas registradoras.
Mientras Hitler se impone y alcanza el poder, Alfredo, el heredero, se casa contra la voluntad de sus padres y diez semanas después, el 28 de enero de 1938, nace el prematurisimo Arndt Krupp von Bohlen und Halbach. Pero la presión de los padres gana la batalla y Alfredo es obligado a separarse de su mujer un año después del matrimonio. Ella se va con su hijo y recibe como compensación una suma equivalente a 36 millones de pesos de hoy. Al estallar la Segunda Guerra, el imperio Krupp vive una nueva bonanza, esta vez facilitada por los obreros esclavizados que Hitler le proporciona a sus fábricas de armamento, que siguen marcando la pauta. Serán 6 gloriosos años hasta la derrota, cuando Alfredo es arrestado, juzgado en Nuremberg y condenado a 12 años de cárcel .

EL MILAGRO
Mientras tanto, Arndt y su madre viven en una granja en Westfalia, pero ya no les queda ni un centavo de lo que recibieron de los Krupp. Recordando esa época, Arndt dice: "Mi madre trabajaba en la granja mientras yo asistía al colegio. Sin el amor y la confianza que nos unían, no hubiéramos podido soportarlo todo". En 1953 se produce el milagro: Alfredo es amnistiado, reconquista su imperio y su principal asesor, Berthold Beitz le recomienda enviar una pensión a su ex mujer y llevar a su hijo a la universidad, con el objetivo de formar un heredero y convertirlo en todo un Krupp. La formación significará duros momentos para Arndt, pues en el internado de Landsberg debe soportar las burlas de sus compañeros que lo llaman "el hijo del criminal de guerra". Arndt se queja ante su padre, pero éste apenas atina a decirle que debe aprender a soportar muchas cosas y a volverse insensible.
Sin embargo, el joven estudiante se inclina hacia otros caminos. A las claras se nota que prefiere la vida bohemia y fácil, y que es tímido y soñador.
Por esa razón, cuando Alfredo muere, Beitz, quien ya se ha convertido en la eminencia gris del imperio, toma la decisión de impedir que Arndt, ese inadaptado jovencito, asuma el control de la empresa. La propuesta que le hace es descabellada: renunciar a la herencia familiar y al apellido Krupp, a cambio de 2 millones de marcos al año, hasta cuando muera.
A los 29 años, Arndt se convierte en el más apetecible de los solteros con renta de toda Europa. Se casa con Henriette von Auersperg, de quien poco después se divorcia. Mientras crece su odio hacia los alemanes, a quienes califica de envidiosos de su fortuna, recorre el mundo en compañía de su amigo José Omilia, un filipino de quien nunca se separa. Enfermo de cáncer desde hace tres años, sus dolencias lo han convertido en un piadoso católico, que asiste casi a diario a la iglesia y dona miles de marcos al año a los hospitales de leprosos en Asia. Su actividad social sigue siendo muy intensa, pero la fe le ocupa día a día más tiempo, ahora que siente que se está muriendo y que prefiere pensar en Dios y olvidar a los Krupp.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.