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| 5/9/2009 12:00:00 AM

"Mi hijo es mi jefe"

El papá de Bill Gates cuenta en un nuevo libro qué se siente ser el padre del hombre que cambió el mundo.

A sus 83 años, William H. Gates parece totalmente resignado a haber vivido a la sombra de su hijo. Se burla de que a esa edad a veces lo llame "jefe", pues trabaja para él en la Fundación Bill y Melinda Gates. Y también le parece gracioso que se le haya robado el nombre: "Me convertí en Bill Gates 'senior', así que si usted está pensando en llamar a su hijo 'junior', sería mejor que aprendiera de mi experiencia", bromea en su blog este octogenario y asiduo visitante de Facebook.

Sin embargo, cuando su hijo nació y se convirtió en William Henry Gates III, para evitar la confusión el pequeño fue apodado 'Trey', que es la manera como llaman los jugadores de cartas -y sus padres y abuelos lo eran-, al número tres de la baraja. Así lo relata en su nuevo libro Showing Up for Life, en el que cuenta anécdotas de su labor filantrópica y de lo duro que fue criar a quien se convertiría en el hombre más rico del mundo. Ser el papá de alguien que, según Forbes, tiene una fortuna de 40.000 millones de dólares.

El texto comienza con una confesión: "En los primeros días del éxito de Microsoft -cuando mi hijo comenzaba a adquirir fama en el mundo- todos, desde los reporteros de la revista 'Fortune' hasta los cajeros de las tiendas me preguntaban, '¿Cómo educas a un niño así? ¿Cuál es el secreto?' En esos momentos pensaba, 'sí que es un secreto... porque yo tampoco lo entiendo'". Y es que como ya lo había dicho años atrás en una conferencia a líderes de organizaciones sin ánimo de lucro, "como papá, nunca imaginé que ese muchacho que todo lo discutía, que creció en mi casa, comía mi comida y usaba mi nombre, iba a ser mi futuro empleador".

El matrimonio formado por William Gates, abogado y veterano de la Segunda Guerra Mundial y su esposa, Mary, dedicada al voluntariado, siempre fue muy estricto al educar a sus hijos y se esmeró en transmitirles la importancia de "trabajar duro". El autor cuenta que su padre (el abuelo de Bill) a los 8 años vendía periódicos en Alaska para ayudar a mantener a la familia y que por eso tuvo que abandonar el colegio. En el libro describe el primer recuerdo que tiene de él: verlo recoger pedazos de carbón caídos de los camiones, todas las noches después del trabajo en su camino a casa, en plena Gran Depresión. "Yo crecí con un temor que creo que mis hijos nunca experimentaron, el miedo a volverme pobre".

Ellos, Kristi, Bill y Libby han dicho en entrevistas que su papá era emocionalmente distante, dedicado por completo a su firma de abogados, incluso intimidante desde sus dos metros de estatura (le lleva una cabeza a Bill). Para la señora Gates lo más importante era la formación de sus hijos y por eso los hacía practicar deportes y estudiar música, lo que en el caso de su muchacho fue un fracaso: nunca pudo con el trombón. Pero además les exigía vestirse impecablemente, ser puntuales y socializar con adultos. Ambos los motivaban a ser competitivos mediante actividades como los juegos de mesa, cartas o de ping pong, y a ser una familia unida gracias a tradiciones que aún conservan, como las cenas de domingo y las fiestas navideñas, a las que todos van vestidos con piyamas iguales.

Bill Junior muy pronto dejó de ser un niño modelo para sus padres. En un principio ellos vivían maravillados de la avidez de su hijo por la lectura, al punto de que se leyó la Enciclopedia Mundial de principio a fin, y le compraban cuanto libro pedía. Sin embargo, su papá cuenta que a los 11 años empezó a parecer un adulto atrapado en un cuerpo infantil. "Era curioso acerca de las cosas que los mayores dan por sentado o están muy ocupados para pensar", recuerda. El jovencito se volvió huraño, desordenado y pasaba horas encerrado en su cuarto, lo que molestaba a su madre. "Estoy pensando, mamá. ¿Es que tú nunca piensas?", era la respuesta del pequeño cuando ella le exigía salir de su encierro.

Las fricciones entre madre e hijo dificultaron la convivencia. La gota que rebosó la copa fue una discusión que tuvieron una noche mientras cenaban, cuando el niño le gritó a ella una de sus típicas frases sarcásticas, ante lo cual el papá le lanzó a la cara el agua de un vaso. Hoy Bill hijo se ríe de este incidente y recuerda lo que le dijo al siquiatra que lo trató: "Estoy en una guerra con mis papás sobre quién controla a quién".

Esa crisis familiar tuvo mucho que ver con el exitoso futuro de Bill. Por consejo del terapeuta, el joven empezó a estudiar en el Lakeside School, donde tenía mayor independencia, una institución que pasó a la historia como el lugar donde Gates descubrió las computadoras.

Entre las anécdotas del libro, el viejo Gates relata que 'Trey' y Paul Allen (con quien cofundaría Microsoft) crearon su primer proyecto empresarial en el colegio: una compañía para fabricar y comercializar una máquina llamada Traf-O-Data, capaz de medir el flujo de tránsito automotor con gráficas. Con la idea de hacer negocios invitó a varios posibles compradores a su casa a conocer el sistema, con tan mala suerte que el invento falló en la primera demostración. "¿Cómo reaccionó Trey? Entró corriendo a la cocina mientras gritaba '¡Mamá, mamá! Ven y diles que funciona'. Tal vez no resulte sorprendente que no haya hecho ninguna venta ese día. Sin embargo, el Traf-O-Data finalmente tuvo algo de éxito, aunque sin presagiar los futuros logros de Microsoft".

Para empezar esta nueva aventura Bill se retiró de la Universidad de Harvard en 1975, algo que molestó mucho a sus padres. "Sin embargo, nos prometió que volvería para obtener su título". Y lo cumplió en junio de 2007 cuando esa institución le otorgó el doctorado honoris causa en derecho. "He esperado más de 30 años para decir esto", le contó emocionado a la audiencia. "Papá, siempre te dije que volvería y obtendría mi título".

Un año después Bill Gates dejó sus obligaciones de tiempo completo al frente de Microsoft para dedicarse a su fundación filantrópica, que había surgido originalmente en 1994, como una idea de su padre para honrar a su esposa, quien murió ese año. En ese entonces operaba desde el sótano de su casa, donde Bill senior guardaba en una caja de cartón las solicitudes de quienes esperaban recibir algo de los 100 millones de dólares que su hijo le donó para comenzar. En la actualidad la Fundación Bill y Melinda Gates es la entidad privada de beneficencia más grande del mundo, con un fondo de 30.000 millones de dólares. Padre e hijo la presiden y desde hace varios meses trabajan realmente juntos por primera vez. Pero a Bill papá no se le olvida que 'Trey' necesita independencia: "Él tiene ideas fijas sobre muchas cosas. La dinámica de la familia consiste en no contradecirlo en ellas, porque sería una pérdida de tiempo".
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