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| 4/9/2001 12:00:00 AM

Mi trono y mi traga

Por primera vez desde Eduardo VIII un heredero a la corona ha contemplado la posibilidad de renunciar al trono por amor.

Todo el mundo conoce la historia de amor de Wallis Simpson y Eduardo VIII, el rey que abdicó al trono de Inglaterra por la divorciada norteamericana. Para muchos esta fue la historia más romántica del siglo XX. Ahora, al comienzo del siglo XXI, algo parecido está sucediendo en una monarquía bastante desconocida de un país muy pequeño: Noruega.

Pero monarquía es monarquía, príncipe es príncipe y plebeya es plebeya. Así que a pesar de su poca relevancia en el mundo el drama de amor de Noruega está llamando la atención de muchos más que los cuatro millones de habitantes de ese país.

Inicialmente la mayoría de noruegos no vieron con buenos ojos el compromiso matrimonial que en diciembre del año pasado hicieron el príncipe Haakon y su novia Mette-Marit Tjessem. Ella, madre soltera de un niño de 3 años, no calificaba para futura reina. Además los novios no tuvieron ningún reparo en comerse las onces antes de la fiesta a tal punto que hoy viven en un apartamento alejado del palacio real. Pero esta consideración no es necesariamente de vida o muerte en una sociedad en la que la mayoría de parejas conviven sin oficializar la unión y más de la mitad de los niños nacen por fuera del matrimonio.

El verdadero punto en torno al cual gira el debate son los antecedentes de la prometida. A pesar de la dulce imagen que proyecta Mette-Marie fue parte durante su juventud de un grupo de rumba pesada en el que abundaban las drogas y el alcohol. Y qué decir del padre de su hijo Marius. Se trata de un conocido narcotraficante que en estos momentos paga una larga condena en prisión.

En los cuatro años de relación entre el príncipe y la bella rubia la monarquía no había tambaleado tan fuerte como cuando Haakon se dio cuenta de que estaba perdidamente enamorado. En ese momento sintió que no sería posible conjugar su relación afectiva con sus obligaciones y decidió renunciar a sus privilegios reales. Pero el príncipe no tardó mucho en tomar la decisión de que el veredicto final no debía ser suyo sino del pueblo. Estos hechos han vuelto bastante complicado todo el asunto. Durante muchos meses ha tenido lugar un debate sobre si la monarquía noruega aguantará tanta ruptura de convencionalismos. Y la respuesta, después de muchas encuestas, muchos editoriales y muchas conversaciones interminables en todos los cafés de Oslo, es que sí.

De hecho, el trono noruego se ha caracterizado por romper con todos los convencionalismos de las monarquías: para el príncipe Haakon poco importa la imagen aristocrática a la que alude su título y prefiere dar paseos a pie con su prometida en jeans y tenis sin guardaespaldas de ninguna clase. Además hace sus propias compras en los supermercados, a veces monta en bus, en verano en bicicleta, y se mezcla con todo el pueblo sin ninguna pretensión. Este comportamiento atípico frente a las convenciones reales probablemente le fue heredado de su padre, el rey Harald V, quien luchó durante 10 años contra Olav V, abuelo de Haakon, para poder casarse con una plebeya hija de una simple vendedora. Hoy esa plebeya es la reina Sonja.

A los noruegos les encanta esa monarquía democrática. Al fin y al cabo se trata de una institución que data sólo de 1905 y en toda la historia del país ha habido únicamente tres reyes noruegos. Antes de eso, durante los siglos anteriores, Noruega era gobernada por reyes suecos o daneses, que por una u otra razón controlaban el país en ese momento. La dinastía actual, por lo tanto, se ha desarrollado no en el espíritu feudal del pasado sino en el espíritu igualitario del socialismo escandinavo.

La educación del príncipe también contribuyó a su temperamento espontáneo y rebelde: lejos de lo que pudiera pensarse, Haakon asistió a un colegio público como cualquier niño y sus estudios universitarios los realizó en la Universidad de Berkeley, California, donde aprendió de una sociedad más diversa que la escandinava.

Las opiniones en el país escandinavo están encontradas. Aunque los viejos no están muy entusiasmados para los jóvenes noruegos el príncipe simboliza la libertad que toda persona de 27 años, edad de Haakon, debe tener. Fue este apoyo de la juventud el que llevó al país a aceptar finalmente la monarquía con todo y relación.

El 25 de agosto, día de la boda, será tan sólo el inicio del futuro de la monarquía. Si bien Mette-Marie se convertirá en princesa noruega su hijo Marius no podrá aspirar a ningún título en tanto que Harald V no lo ordene mediante un decreto, aunque el mismo Haakon admite que esto no es probable a pesar del gran amor que el príncipe heredero demuestra hacia el pequeño.

De esta manera lo más probable es que un príncipe que camina en tenis por la calle, cuyo noviazgo es polémico, que lucha por los derechos de los homosexuales y que defiende su intimidad a toda costa se convierta en el rey de Noruega. Y a pesar de que muchos apostarán a que su historia se asemeja a la de Eduardo VIII parece que Haakon, a diferencia del duque inglés, se quedará con trono y amor.
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