Martes, 2 de septiembre de 2014

Aunque su nuevo ‘look’ ha causado sensación en los medios, para ella, de 49 años, es solo su forma de enfrentar la crisis de la edad mediana. Foto: AP

| 2013/03/07 08:00

Michelle Obama, super estrella

Con apariciones en medios, un carisma inigualable y un gran sentido de la moda, la primera dama se está convirtiendo en la máxima celebridad de Estados Unidos.

Desde que Michelle Obama llegó a la Casa Blanca cambió su imagen de mujer dura y abogada implacable que ganaba más que su marido, por la de esposa dulce y madre comprometida. Se dedicó a promover programas de alimentación saludable para los niños y de ayuda a los militares que vuelven de la guerra, lo que le valió rápidamente el apodo de mamá en jefe (mom-in-chief). Es más, cuando alguien le pide que se describa, responde que es “la mamá de Sasha y Malia”. Sin embargo, por más que insista en ser una madre y esposa común y corriente, hace un tiempo dejó de ser exclusivamente eso.


Hoy es considerada un ícono de la moda capaz de impulsar en un abrir y cerrar de ojos la carrera de cualquier diseñador. Se codea con algunos de los nombres más famosos de Hollywood, como Beyoncé y George Clooney. Fue nombrada una de las 100 personas más bellas del mundo por la revista People y una de las mejores vestidas por Vogue. Aparece en cuanto talk show la invitan e incluso participó en la pasada entrega de los premios Óscar. No tiene problema con bailar en televisión para promocionar su campaña contra la obesidad infantil. Incluso su estilo, ropa y peinado son tema de debate nacional. La verdad es que Michelle Obama ya no solo es la mamá de sus niñas. Es una superestrella.


A pesar de que era la cónyuge menos conocida de los candidatos a la Presidencia en 2008 y a la que menos le gustaba salir en los medios, en escasos cuatro años la primera dama se volvió una celebridad. Hoy no solo es el miembro más popular del gabinete de Barack Obama –con cerca de 70 puntos supera con creces a su marido e incluso a la también muy exitosa Hillary Clinton–, sino que aprendió a capitalizar su fama en beneficio de sus causas sociales. Aunque cuando su esposo se postuló soñaba con un bajo perfil, ahora no solo es seguida de cerca por periodistas políticos, sino por paparazis y publicaciones de moda.


Michelle llegó a Washington a romper moldes. No es una mujer ceñida al guion, sino una persona que no le teme a opinar, a contestar ni a desechar a sus críticos. En vez de limitarse a sonreírle a todo lo que hace su marido, emprendió proyectos propios que refrescaron una política bipartidista extrema que tiene al país agotado. Además, la abogada de la Universidad de Harvard se hizo a pulso y su historia de éxito –originaria de los barrios de clase trabajadora de Chicago, se convirtió en la primera inquilina negra del ala este de la Casa Blanca– inspira y fascina por igual. 


Tal vez por eso es que desde que su esposo se posesionó como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, los medios no paran de analizar todas sus facetas, incluidos sus comentarios políticos y la rutina de ejercicio con la que mantiene sus brazos tonificados. Y ella, llena de carisma y con un don de gentes que ya quisieran tener otros famosos, parece disfrutar de ser la primera dama más mediática de la historia. Aunque poco se involucra en asuntos de Estado, el hecho de ser un referente de la moda, comparada con Jackie Kennedy y con la princesa Diana de Gales, le da visibilidad a su agenda.


Por ejemplo, hace un par de semanas, se cumplieron tres años de Let’s Move, una de sus iniciativas insignia que promueve el deporte y los hábitos alimenticios saludables. Ella no se limitó a convocar una rueda de prensa insípida desde uno de los salones de estilo gregoriano de la residencia presidencial. En vez de eso, escribió un artículo en el diario económico The Wall Street Journal para celebrar el incremento en ventas de comida sana. Pero sin duda lo que más impactó fue su aparición en el programa del comediante Jimmy Fallon donde realizó una cómica rutina de baile que se volvió viral. Y así el público no quisiera saber de ejercicio y vegetales, vio en ella a una persona capaz de reírse de sí misma y en sintonía con los ciudadanos de a pie. 


Por supuesto, no todos están encantados con la omnipresencia de la señora Obama. Luego de su aparición en los Óscar, donde anunció la mejor película del año, muchos se preguntaron si estaba bien que se diera esas licencias propias de una celebridad. Desde conservadores, lo cual era predecible, hasta admiradores como Richard Brody, periodista de The New Yorker, criticaron lo mediática que se ha vuelto, lo fuera de lugar de su aparición en los premios de la Academia y cómo eso tendrá repercusiones para la Casa Blanca. 


Ella maneja el tema con gracia, sin prestarle demasiada atención a los críticos. A quienes no toleran que use vestidos de hombros descubiertos y se ofuscan si no lleva ropa de diseñadores estadounidenses, como cuando se puso un traje del británico Alexander McQueen para una visita oficial a China, simplemente les dice: “Mujeres, usen lo que les gusta”. A los que la señalan de querer hacer propaganda a través de sus muchas apariciones en medios –que van desde acompañar al pájaro Abelardo en Plaza Sésamo hasta ser la invitada del show de Jay Leno–, responde: “No tiene nada que ver conmigo, sino que cualquier persona en esta posición se vuelve el centro de atención y en estos tiempos la luz pública es mucho más intensa”. 


Y es que los propios estadounidenses le dan tratamiento de celebridad y no de primera dama relegada a vivir a la sombra de su marido. Por eso su influencia abarca todo, desde la reelección de su esposo hasta las nuevas tendencias en peinados. 


Cuando el presidente estaba haciendo campaña para un segundo periodo, el discurso de su esposa en la convención demócrata fue uno de los más ovacionados de toda la época electoral. Es más, para muchos, Obama no hubiera podido vencer al republicano Mitt Romney sin ella. Ganadas las elecciones, en la posesión Michelle lució un nuevo corte de pelo que se convirtió en tema de conversación nacional y que ha inspirado una avalancha de estilos similares en muchas mujeres. Asombrada con todo lo que había suscitado, dijo entre risas: “Esta capul es el resultado de mi crisis de mediana edad. No podía comprarme un auto deportivo. No me dejaron hacer ‘bungee jumping’. Entonces me corté el pelo”. Seguramente, si hubiera elegido cualquiera de las otras opciones habría generado la misma controversia. Al fin de cuentas, no solo es la primera dama del país más poderoso del planeta, sino una rock star adorada por millones.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×