Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/08/11 00:00

Mick a los 60

Un fanático experto en los Rolling Stones les rinde homenaje a sus máximos ídolos.

<a href="#" onClick="nirvana_positionWindow('/imagesSemana/real/1110/jagger.htm','','width=300,height=400,left=200,top=100')">Escuche especial musical de los Rolling Stones</a>

He ido a ver por sexta vez a los Rolling Stones en concierto y, la verdad, la felicidad sigue siendo la misma. No sé por qué la gente se empeña en estigmatizarlos y, sobre todo, en aterrarse por su vejez. A mí me parece que les luce el transcurso del tiempo. El pasado 26 de julio Michael Philip Jagger, el líder indiscutible de la banda, acababa de cumplir 60 años. Los celebró en Praga con, dicen, la brasileña, madre de su hijo más reciente. Muchas pasiones ha tenido sir Mick a lo largo de su vida y una de ellas ha sido la de coleccionar hijos. Le encantan los hijos y le encanta que se los hagan. Ahora le gusta coleccionar años y le encanta pavonearse orgulloso, a toda velocidad, por los 100 metros de boca de su escenario y gritarle a todo el mundo que ahí sigue, vivito y coleando, bestia de la escena, toreando a los envidiosos con la contundencia de su música. Sí, toreando. Porque muchos van a ver a los Rolling Stones como si fueran a una corrida. Esperando que el cantante caiga destrozado sobre el proscenio. Y eso no va a pasar, ya no pasó, ya Jagger y los suyos están por encima del bien y del mal. "What a drag it is getting old!" (¡Qué fastidio volverse viejo!) cantaba Su Satánica Majestad en los años 60, en su célebre canción Mother's little helper. Ahora el líder de la banda está en la edad en la que los seres humanos empiezan a tener ganas de jubilarse y él sigue ahí, tan campante, acompañado de un Keith Richards fascinado con sus arrugas de adolescente senil, por un Charlie Watts de blancas canas de sabiduría, de un Ron Wood que parece siempre haber salido de la mejor de sus travesuras escolares. A nadie le extrañó que Muddy Waters siguiera cantando casi hasta los 80 años, que B.B. King siga en los escenarios con todas las edades del mundo, que John Lee Hooker se sacudiese feliz con su guitarra, codeándose con los 90. Con Mick Jagger hay una extraña expectativa, porque, después de haber sido el dandy más deseado de la escena mundial, ahora se ha convertido en una especie de Dorian Gray de la música rock, que sigue entonando Satisfaction, Start me up, Brown sugar o nuevos himnos como Don't stop con la misma contundencia que en los 60, que en los 70, que en los 80, que en los 90. A los 25 años Jagger dijo que no se imaginaba cantando Satisfaction de 40 años en un escenario. Ahora tiene 60 y lo sigue haciendo. Y lo hace magistralmente bien. Conmueve, sacude, divierte, produce nostalgia, le inyecta a quien lo oye ganas de seguir con vida. ¿Cuál es la diferencia? En los años 60 Jagger competía en belleza con Brian Jones, en los 70 fue el más hermoso y el más grande, en los 80 corroboró su leyenda y en los 90 sigue fascinando. Ahora, en el nuevo milenio, sir Mick Jagger es un hombre orquesta, productor de cine, artista solitario, actor esporádico, hombre de familia. Sin embargo sigue manteniendo viva la leyenda de ser un mal chico, el paradigma de la perversión, de la maldad, de los excesos, del libertinaje, de la drogadicción, del sexo. Puede que todo esto sea parte de la mentira que los mismos Stones se siguen inventando para mantenerse vivos. No importa. Se la inventan y les funciona. Les funciona muy bien la lengua, su logotipo inconfundible. Y la lengua es el órgano sexual favorito de los hombres de 60 años. En el reciente documental Being Mick (aparecido a raíz de la publicación del álbum en solitario Goddess in the doorway) se puede percibir un retrato de lo que representa ser Mick Jagger en el nuevo milenio. Para los que con pasión y con paciencia hemos sido sus fans incondicionales, nos alegra hasta el delirio que él y los Rolling Stones sigan mandando la parada. Muchos son los chistes que les sacan: al cantante le dicen ahora Mick Jogging. A la banda, los Rolling Bones (los huesos rodantes). Ellos los reciben con gruesas carcajadas. El hecho es que, cuando se apagan las luces y los chicos se lanzan a la batalla de conquistar, noche a noche, a 70.000 espectadores, el asunto es a otro precio. En ese momento uno se quita el sombrero con respeto y admite sin contemplaciones la satisfacción de su eterna adolescencia.



* Escritor y periodista

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