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| 1/2/1995 12:00:00 AM

MINUTO DE SILENCIO

Francisco Ortega luchó durante toda su vida por la autonomía de las autoridades monetarias en defensa de una moneda sana. Consiguió ambas cosas pocos años antes de morir.

Durante la última década, cada vez que Planeación Nacional presentaba un documento al Conpes, en el cual se hacía alusión a un proyecto que implicara gasto público, todas las cabezas volteaban a mirar a la misma persona: Francisco Ortega. Y lo miraban no sólo porque en su calidad de cabeza del Banco Emisor él tenía siempre mucho qué decir, sino porque después de haber sido protagonista de primera línea de la vida económica por años, Pacho Ortega se había convertido en una vaca sagrada.
Era el decano de toda una generación de economistas. En las aulas de la Universidad de los Andes, de la cual se había graduado años antes, le dictó cátedra a César Gaviria, Guillermo Perry y Armando Montenegro, entre muchos otros. Pero su labor formativa no se detuvo ahí: su vocación de profesor y, como dijo el jefe de Planeación José Antonio Ocampo, "Su gran confianza en la gente joven" lo llevaron a formar en el Banco de la República a Alberto Calderón, Santiago Herrera, Alberto Carrasquilla y a muchos más que desde entonces están siempre en el listado de elegibles para los principales cargos.
Su solidez técnica y la firmeza de sus convicciones le dieron fama de intransigente. Pero así como su tradición ortodoxa le impidió aceptar la liberalización del sistema financiero, tuvo la visión para respaldar la apertura económica. Con sus vestidos oscuros, sus corbatas clásicas y su hablar pausado, que llegaba a desesperar a sus interlocutores cuando la discusión se ponía candente, lo cierto es que muy poco de lo que le dijeran en una mesa de juntas lograba alterarlo. Lo único que en verdad lo hacía dar alaridos eran los goles de Millonarios.
La economía no era su único fuerte: Ortega era un verdadero máster en trochas y caminos, que recorría en su moto en compañía de motocrosistas experimentados, como Leonor Montoya o Marta Isabel Espinosa. Durante esos paseos dominicales se transformaba: rompía con la informalidad, no le importaba 'embarrarla' y, mientras no estuviera relacionada con la inflación o el crecimiento del gasto público, le apasionaba la velocidad. Ortega se pasó su vida peleando para que el peso fuera por siempre una moneda sana. Al final lo logró. "Luchó por la autonomía de la Junta del Banco y la dejó plasmada en la Constitución, ante cuyos redactores hizo un 'lobby' paciente y hábil", recuerda el ex ministro de Hacienda Rudolf Hommes. Lo que no pudo terminar fue su último período como gerente del Emisor. Con el mismo profesionalismo que siempre lo caracterizó, cuando hace dos años sintió los pasos de animal grande del cáncer que sufría, en vez de aferrarse a su cargo, insistió en retirarse. Pero hasta el último de sus días, el pasado jueves, siguió siendo el hombre lúcido y brillante que quienes lo conocieron jamás olvidarán.
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