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| 5/10/2014 3:00:00 AM

El regreso de Mónica Lewinsky

Después de diez años de silencio escribió un artículo para ‘Vanity Fair’ en el que cuenta cómo ha sido vivir a la sombra del peor escándalo sexual de Estados Unidos.

“No tuve relaciones sexuales con esa mujer”. La famosa frase del expresidente estadounidense Bill Clinton es sinónimo de la mentira más descarada. El que la oye piensa de inmediato en enero de 1998, cuando el público supo que Clinton había tenido un affaire con una becaria de la Casa Blanca. La foto de la joven de 22 años, que posaba sonriente al lado del hombre más poderoso del mundo, saltó a los titulares. Monica Lewinsky se convirtió automáticamente en “esa becaria”, “esa arpía”, que sería desde entonces un sinónimo global de infidelidad. Según ella misma cuenta en un artículo que acaba de publicar en la revista Vanity Fair, 16 años después del escándalo todavía la llaman “la reina del sexo oral. O, en la frase ineludible de nuestro cuadragésimo segundo presidente, ‘Esa Mujer’”.  

Su estrategia para desvanecerse del imaginario común había sido justamente tratar de desaparecer. En los últimos diez años Lewinsky estuvo prácticamente escondida, evitando los medios y los paparazzi a toda costa. Sobre todo cuando los Clinton han estado bajo el escrutinio público. Pero no más. Los años de silencio y reclusión quedan atrás con este artículo de seis páginas, en el que recuerda la humillación que padeció –y que casi la lleva al suicidio– y las dificultades que ha tenido que afrontar para conseguir empleo y tener una vida normal. También critica que Hillary Clinton haya justificado a su esposo, y se pregunta dónde estaba el movimiento feminista cuando el escándalo explotó.  

Aunque el presidente se enfrentó a un proceso político, poco a poco su imagen se desmanchó sin mayor esfuerzo. Lewinsky, en cambio, sufrió las consecuencias de su indiscreción durante años. “En 1998 yo era seguramente la persona más humillada del planeta –escribe–. También fui la primera persona cuya humillación global estuvo impulsada por internet”. Y es cierto, pues la historia salió inicialmente en un blog y de ahí saltó a todos los medios impresos. Aún hoy, buscar su nombre en Google arroja 799 millones de resultados. Y este nuevo artículo seguramente agregará unos cuantos ceros a esa suma. Por eso cabe preguntarse qué la impulsó a volver a aparecer hoy a sus 40 años cuando casi lograba que el mundo la olvidara. 
 
Según ella, sencillamente “es hora de quemar la boina y enterrar el vestido azul”. Lewinsky quiere, después de tanto tiempo, seguir adelante con su vida y encontrarle un propósito a su pasado: “Quizás al compartir mi experiencia pueda ayudar a otros en sus momentos más oscuros y humillantes”. Esa idea se le ocurrió en 2010 cuando se enteró de la historia de Tyler Clementi, un joven que se suicidó después de que un video en el que besaba a otro hombre se volvió viral en redes sociales. Lewinsky recuerda que su madre le dio la noticia muy afectada: “Ella estaba reviviendo aquellas semanas de 1998 en que se quedaba junto a mi cama cada noche, porque yo también tenía pensamientos suicidas”. 

Aunque su causa parece noble y reniegue del estigma que ha cargado por tantos años, Lewinsky ya ha intentado hacer dinero gracias al sórdido episodio que protagonizó. Primero publicó el libro Monica’s Story, en el que se muestra como una víctima de la maquinaria de poder de la administración Clinton. Luego le dio una entrevista a Channel Four de Reino Unido de la que recibió el 70 por ciento de las regalías. Además le cobró 200.000 dólares a las publicaciones Hello!, Marie Claire, Time y The Daily Mirror por exclusivas con cada una. En el artículo escribió: “Mi meta actual es involucrarme con esfuerzos en beneficio de víctimas de humillación y acoso en internet y comenzar a dar charlas sobre el tema”. Sin duda, cada conferencia le reportará una suma significativa de dinero. 

Y Lewinsky lo necesita, pues asegura que le ha sido imposible conseguir trabajo. Su primer empleo fue justamente aquella desastrosa pasantía en la Casa Blanca en 1995. La becaria notó que el presidente le coqueteaba, así que la primera vez que estuvieron a solas, le confesó que estaba enamorada de él. Ese día se besaron y, poco después, sus encuentros en un pasillo sin ventanas, entre la Oficina Oval y el despacho privado de él, se volvieron frecuentes. Según Lewinsky el sexo siempre fue oral y Clinton nunca se desvistió, aunque ella sí. También aseguró que la relación era más que sexual, ya que su jefe la llamaba frecuentemente por las noches y hablaban durante horas. Además intercambiaron decenas de regalos en los 18 meses que duró el affaire. 

Pero nada de esto se habría sabido si no fuera por otra empleada de la Casa Blanca, Paula Jones, quien demandó al presidente por acoso sexual. Durante ese juicio los abogados encontraron evidencia de la relación de Clinton con Lewinsky y la llamaron como testigo. En ese momento Linda Tripp, una compañera de trabajo a quien Lewinsky le había relatado sus indiscreciones, le contó todo al abogado Kenneth Starr. Además, la ingeniosa Tripp había grabado sus conversaciones con la becaria y hasta la había convencido de guardar el famoso vestido azul manchado con el semen del presidente. 

Clinton negó haber tenido relaciones con Lewinsky en su declaración ante el juez que llevaba el caso de Paula Jones. Por mentir bajo juramento se convirtió en el segundo presidente de Estados Unidos (después de Andrew Johnson) en enfrentar un juicio de destitución (impeachment). También lo juzgaron por obstrucción a la Justicia (le pidió a su secretaria que mintiera por él), pero finalmente fue declarado inocente y terminó su periodo sin problema. 

Lewinsky no parece culparlo ni guardarle rencor: “Sí, mi jefe se aprovechó de mí, pero siempre he sido firme en esto: fue una relación consensuada”. Además revela que siente que lo traicionó al contarle a Tripp su aventura, pero que cuando el FBI le pidió grabar sus conversaciones con él, se negó: “Habría sido la madre de todas las traiciones. No podía hacer eso”. A Hillary Clinton, en cambio, sí la ataca. O más bien se defiende del calificativo “loca narcisista” con el que se refirió a ella la exsecretaria de Estado. Lewinsky le contesta: “Valiente o boba, quizá, pero ¿loca narcisista?”. Y agrega: “Su impulso de culpar a la Mujer –no solo a mí, sino a ella misma– me parece preocupante”. 

Mientras tanto, todos están pensando cómo afectará esto la posible candidatura de Hillary en 2016. Ella no ha confirmado que piense lanzarse nuevamente, pero muchos esperan que al primer presidente negro del país le siga la primera mujer presidente. Y sabe el daño que podría causar: “Como entiendo que podría ser utilizada por la derecha o la izquierda, he guardado silencio por diez años”. Quizá sea mucho decir que Lewinsky, que se identifica como demócrata, votaría por la esposa de su examante; pero al menos no quiere arruinarle su carrera: “Recientemente me he vuelto a sentir asustada ante la posibilidad de convertirme en un problema si Hillary decide relanzar su campaña. Pero, ¿debería poner mi vida en pausa por otros ocho o diez años?”.  
 
Su artículo es también un acto de contrición. Admite que su sufrimiento fue la consecuencia de sus propias malas decisiones.Y luego dice: “Me arrepiento profundamente de lo que pasó entre el presidente Clinton y yo. En ese momento –al menos desde mi punto de vista– existía una auténtica conexión, con intimidad emocional. Ahora lo recuerdo, sacudo la cabeza con incredulidad y me pregunto: ‘¿Qué estábamos pensando?’ Daría lo que fuera por retroceder la película”. Seguramente los Clinton han deseado lo mismo más de una vez. 
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