Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/05/03 00:00

Monstruo en casa

Poco a poco han salido a la luz los misterios del caso de Josef Fritzl, el criminal sexual que mantuvo 24 años encerrada a su hija y tuvo siete hijos con ella.

Monstruo en casa

Parecía un vecino cualquiera, amable y serio. De esos que charlan con el panadero acerca de las noticias del día y saludan a la personas que se encuentran por la calle. Pero el secreto que escondió Josef Fritzl en su sótano durante 24 años es quizás el más espeluznante que se ha visto en la historia de su natal Austria. Allí mantuvo confinada a su hija todo ese tiempo, la violó una y otra vez, la golpeó y engendró con ella siete hijos. "Sí, yo encerré a Elisabeth. Pero sólo para protegerla de las drogas. Ella era una niña difícil", aseguró el electricista de 73 años durante el interrogatorio que le hizo la Policía, sin un dejo de arrepentimiento, ni muestra alguna de vergüenza.

El martirio de Elisabeth comenzó a los 11 años, cuando su padre empezó a abusar sexualmente de ella. Siete años más tarde, el 29 de agosto de 1984, la drogó, la amarró y la encerró en un búnker contra ataques aéreos del que disponía en su casa. Allí había preparado con anterioridad un espacio absolutamente sellado, sin ventanas y a prueba de sonido, de 60 metros cuadrados y 1,78 metros de altura, que asemejaba un apartamento con cocina, baño y un cuarto. Su esposa, Rosemarie, notificó a la Policía acerca de la desaparición de su hija, pero días después pidió que se cancelara la investigación, pues recibió una carta de puño y letra de Elisabeth en donde les pedía que no la buscaran más. El mensaje, que Josef le obligó a escribir, contaba que se había escapado de la casa para irse a vivir con una secta religiosa.

La misiva convenció a la madre y a la Policía, la investigación se canceló y nadie volvió a buscar a la joven de 18 años. Ni siquiera cuando, ocho años después, apareció frente a la casa de los Fritzl una bebé envuelta en cobijas con una carta que decía: "En la familia en la que vivo ya tengo una hija (Kerstin) y un hijo (Stefan)... una segunda hija no es bien recibida", y pedía que la criaran. Nadie podría imaginar que a esos niños los había dado a luz debajo de la casa de sus padres y sin atención médica.

Una vez más las autoridades creyeron la historia y permitieron que los abuelos, Josef y Rosemarie, adoptaran a la pequeña Lisa. Luego Fritzl dejó otros dos bebés, fruto de la relación violenta e incestuosa con su hija, frente a la casa. A los abuelos se les concedió, sin mayores preguntas, la custodia de Monika (hoy de 15 años) y Alexander (de 12).

Los habitantes del pueblo de Amstetten admiraban a esta pareja de abuelos, que sin dudarlo recibieron a sus nietos y les dieron un hogar, a pesar de que su madre fuera una desnaturalizada fanática religiosa que los abandonó. Cómo iban a saber que la "malvada hija" era una víctima que vivía en un calabozo construido por su padre, al lado de tres de sus hijos que nunca habían visto la luz del sol o interactuado con otras personas, pues sólo conocían los 60 metros de su encierro. El único contacto que tenían con el exterior, y su única distracción, era un televisor.

Uno de esos siete hijos murió a los pocos días de nacido. El padre/abuelo simplemente dispuso del cadáver quemándolo en la caldera de la calefacción, con la misma inclemencia con la que seleccionó cuáles de los niños estaban destinados a una vida subterránea y cuáles podrían llevar una existencia relativamente normal entre la sociedad. "Saqué a los niños más gritones", dijo mientras aceptaba que todas las acusaciones en su contra eran ciertas.

La doble vida de Fritzl se derrumbó cuando la mayor de las niñas, Kerstin, de 19 años, se enfermó de gravedad. Elisabeth le suplicó a su padre que llevara a la joven a un hospital. Él accedió a sacarla del calabozo, pero forzó primero a su hija y esclava sexual a que escribiera otra de las punibles cartas. El 19 de abril dejó a su hija/nieta, inconsciente en frente de la casa, tal y como había hecho con los bebés años atrás. Rosemarie encontró a su nieta y la llevó de inmediato al hospital, en donde aún se debate entre la vida y la muerte.

Los médicos no se dejaron convencer tan fácilmente e iniciaron, con ayuda de los medios, una intensa búsqueda por la madre de la joven, que no tenía registro civil y que además tuvo que ser inducida a un coma profundo para poder tratar, entre otras, una grave infección de riñones. Una semana después, Josef permitió que Elisabeth; Stefan, de 18 años, y el pequeño Felix, de 5, salieran de su prisión. A Rosemarie -a quien la Policía no contempla como sospechosa del caso- le dijo que su hija había regresado de la secta. "Alguien externo a la familia, que pidió que no revelemos su identidad, nos informó que la madre perdida estaba en el hospital. Este caso parecía muy sospechoso, así que capturamos al señor Fritzl y a su hija Elisabeth a la salida del centro de salud", dijo a SEMANA Franz Polzer, director de investigaciones criminales de Baja Austria.

Una vez en custodia de los detectives, Elisabeth pidió auxilio y contó acerca de los vejámenes de los que había sido víctima durante casi toda su vida. La mujer, que ahora tiene 42 años, aparentemente revela más edad y tiene el pelo completamente blanco. De inmediato la Policía comenzó a cuestionar a Fritzl quien, además de confesar los hechos, reveló la clave para abrir la puerta con refuerzo de concreto que sellaba la infame cárcel que él mismo construyó.

Para llegar al calabozo había que cruzar otros cinco cuartos del sótano; al fondo, después de las instalaciones de la calefacción y detrás de una estantería, estaba camuflada la entrada. Los policías que investigaron el lugar aseguraron a los medios internacionales que el encierro estaba tan bien construido, que no había forma de salir o de ser escuchado desde afuera, aunque se gritara a todo pulmón. Por eso ni los bomberos que hicieron años atrás una revisión de seguridad en el sótano, ni los trabajadores sociales que estuvieron en la casa para ver el progreso de los nietos adoptados, pudieron descubrir la atrocidad que estaba ocurriendo dentro del mismo edificio.

Polzer recalcó en varias oportunidades que los investigadores no creen que Josef haya tenido cómplices. Que, al contrario, fue precisamente por trabajar solo y sin levantar sospechas que logró engañar a todos durante 24 años. Sólo visitaba el búnker de noche y hacía las compras de comida y ropa en pueblos aledaños, donde la gente no lo conocía. También se destapó que viajó varias veces a Tailandia, famosa por su turismo sexual, y que en los años 60 fue acusado de violar a una mujer y pagó una corta condena. El problema es que las leyes penales de Austria permiten que se borre el registro de un delito, algunos años después de que la persona paga la condena. Por eso las autoridades no lo investigaron cuando desapareció su hija, y tampoco dudaron en darle la custodia de sus nietos. El Estado siempre tuvo a un criminal bajo sus narices, pero sólo se dieron cuenta cuando ya era demasiado tarde. Nadie podrá devolverles los años perdidos a Elisabeth, ni a los tres hijos que compartieron su desgracia.

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