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| 3/25/2017 11:00:00 PM

Rockefeller: los dueños del mundo

La dinastía Rockefeller, la más poderosa del mundo en la primera mitad del siglo XX, dio su último suspiro la semana pasada, con la muerte de su último miembro prominente. Esta es su historia.

Para las nuevas generaciones, los hombres más ricos del mundo son Bill Gates, Carlos Slim, Amancio Ortega, dueño de Zara, y los fundadores de Amazon, Google y Facebook. Sin embargo, hace 100 años había solo un apellido, Rockefeller, y su influencia fue tan extensa y tan grande que duró hasta la semana pasada cuando David, el último miembro influyente de la dinastía, murió a los 101 años. Todo nació con John Davidson Rockefeller, un titán de orígenes humildes que construyó un emporio sin igual. Nacido en 1839, arrancó de niño en los negocios y llegó temprano a la cima. A los 20 años era millonario y, a los 39 era un multimillonario que controlaba 90 por ciento de la refinación de petróleo en Estados Unidos por su talento para negociar, su visión, sus estrategias desleales y su puño de hierro contra sus contradictores.

Rockefeller entendió que la refinación era la clave del negocio petrolero, y los resultados validaron su olfato. Su empresa alcanzó una escala gigantesca que le permitió ejercer un poder enorme y usarlo para intimidar a la competencia, a la que aplastó con amenazas y con arreglos turbios con los ferrocarriles, que le permitieron transportar el producto a menor precio que a sus rivales. De ese modo absorbió a 22 de 26 refinerías que le competían. También acertó cuando, antes del auge del automóvil, redujo drásticamente el precio del kerosene y lo masificó entre los estadounidenses como medio para iluminar sus casas. Así pues, cuando apenas había detonado un tímido boom del petróleo, ya era millonario. Y cuando el petróleo se volvió indispensable para toda la industria, a finales del siglo XIX, ya la ‘mina de oro negro’ le pertenecía. Se convirtió en el primer ‘billonario’ de la historia con una fortuna que hoy equivaldría a 30.000 millones de dólares. Su competencia, sus detractores y la opinión pública veían a su empresa Standard Oil of Ohio como una insaciable anaconda. Esa bestia generó, desde el siglo XIX, un rechazo que hoy pervive en la población frente a las grandes corporaciones sin límites que se creen por encima de la ley.

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Cuando el fundador murió de 98 años, en 1937, su fortuna equivalía a 1,5 por ciento del producto interno bruto estadounidense, según Forbes, un porcentaje que hoy equivaldría a 340.000 millones de dólares. Semejante peso resultaba amenazante para el país entero, por no decir para el mundo, por lo que en 1911, en el gobierno de Theodore Roosevelt, la Corte Suprema cortó en pedacitos a la bestia. De la gigantesca Standard Oil surgieron 34 empresas cuyo legado está muy presente. Hoy, muchas son las más poderosas del mundo: Exxon, Mobil, Chevron, BP y ConocoPhillips. Exxon y Mobil se fusionaron de nuevo y crearon un monstruo que llenaría de orgullo al gran patrón.

Lección y obsesión

El logro de ser el hombre más rico del mundo resulta poco despreciable para un hombre que creció en una digna pobreza guiada por la fe religiosa. De niño, John D. deambuló por el estado de Nueva York hasta que su padre, William, un timador de poca monta apodado Devil Bill, radicó a la familia en Cleveland. Como acostumbraba, Devil los dejaba a su suerte durante meses y, sin otra opción, John Rockefeller abandonó la escuela para mantener a su madre y hermanos menores. Desde ese momento reflejó su obsesión por registrar en un cuaderno hasta su más mínima transacción, mientras aplicaba las particulares lecciones de Devil Bill, quien alardeaba con sus amigos porque engañaba a sus hijos cada vez que podía. “Los quiero afinar”, decía.

Esa instrucción sagaz resultó crucial para Rockefeller, que negociando entendió su don innato para hacer dinero. John D. se convenció de que así como había gente con talento, por ejemplo para la ópera, Dios le había concedido la magia de hacer dinero, y él no podía hacer otra cosa que obedecerle. Primero compraba dulces que luego vendía en pedazos más pequeños. Subió de escala al vender lácteos, un negocio que estalló en la guerra civil y le significó enormes ingresos, y con el fin de la guerra tomó la decisión de su vida al subirse al tren del petróleo. Le bastó invertir 4.000 dólares en el momento correcto.

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El biógrafo Rob Chernow, ganador del premio Pulitzer y aclamado por sus textos sobre George Washington y Alexander Hamilton (que inspiró el musical más exitoso de Broadway en los últimos tiempos), escribió Titán: la vida de John Rockefeller. En este plasmó las contradicciones del hombre que se creía solo aterrador, como el personaje de Daniel Plainview que inspiró de la película There Will Be Blood, pero que en la realidad demostraba más matices. “Creía que la gente quería aprovecharse de su dinero, y no daba propinas, pero era contradictorio. A la vez, era el monopolista más feroz de la era dorada, pero también miraba a largo plazo, demostraba una vena filantrópica iluminada y una fuerte fe religiosa”, aseguró.

Esa vena altruista se acentuó aún más cuando nombró consejero al reverendo Frederick Gates. Este sentenció que la fortuna de Rockefeller era una avalancha, y que debía desprenderse de gran parte pues, de no hacerlo, arrollaría la vida de sus hijos y nietos. Creyente como era, no dudó en aceptar. Pero con el mismo rigor con el que hacía sus negocios, decidió que su dinero tendría que ir a los campos donde fuera más útil. Sus millones impulsaron investigaciones científicas, fundó la Universidad de Chicago (invirtió 80 millones, unos 2.000 millones de dólares de hoy), e incluso impulsó la educación de mujeres de color en Atlanta. Muchos aún consideran que hizo esos aportes en un intento por lavar la cara de sus malas prácticas y su impulso dominante. Sus regalos, sin embargo, no le quitaron de encima las investigaciones del gobierno, que lo tenía entre ojos por sus prácticas poco presentables, que para Rockefeller, quien murió de 98 años, fueron “la mejor inversión que jamás hizo”.

Nueva generación

John Davidson Rockefeller tuvo cuatro hijas y un hijo, John Rockefeller Jr., quien tomó las riendas de la familia. Y si bien asumió por un tiempo el negocio petrolero, se dedicó especialmente a la finca raíz. A John Jr. y a su mujer, Abby, les movía la filantropía in extremis, por lo cual abrieron la billetera en varios frentes y contribuyeron con obras, donaciones y restauraciones que todavía se destacan en el panorama estadounidense. Abby estableció los fundamentos del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), mientras que John Jr. gastó 56 millones en restaurar el histórico pueblo de Williamsburg (Virginia) y también compró los terrenos del parque natural Grand Teton National Park, en Wyoming.

En 1939, John Jr. inauguró, tras invertir 250 millones de dólares, el Rockefeller Center en el corazón de Manhattan, un símbolo de la Gran Manzana que todavía atrae a miles de turistas. Simbólico o no, el Rockefeller Group vendió el complejo de 89.000 metros cuadrados a inversionistas japoneses en 1989. En total, John Jr. y su mujer desembolsillaron el equivalente a 50.000 millones de dólares de hoy. Y por si fuera poco, tras el final de la Segunda Guerra mundial, John Jr. donó los terrenos (cuyo valor estimado alcanzaba 8,5 millones de dólares) en los que hoy se ubica el edificio de Naciones Unidas. John Jr. también decidió incursionar en el mundo de la banca y asumió como accionista mayoritario del Chase Manhattan Bank. Su hijo David Rockefeller, quien murió el domingo pasado, siguió por esta línea.

Los últimos influyentes

Muchos cercanos a David Rockefeller, el último de los influyentes de la poderosa dinastía, lo describen como “el hombre más dulce que jamás conocieron”. Dirigió por años el Chase (hoy, JP Morgan Chase), pero también tiene en su haber unas cuantas controversias. David instó al presidente Jimmy Carter a permitirle al Sah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, tratarse el cáncer en Estados Unidos, lo que agudizó la ya crítica situación de los rehenes norteamericanos en la embajada en Teherán. También se afirma que financió los golpes de Estado de varios dictadores militares latinoamericanos. Y si bien siguió la línea de de ejercer su influencia y compensar con filantropía, su legado es agridulce y su fortuna, de ‘apenas’ 3.300 millones de dólares, no impresiona a nadie.

Sin embargo, más que David, el más público de los Rockefeller de tercera generación fue su hermano Nelson. Su vocación política se evidenció desde los 36 años, cuando asumió el cargo de secretario asistente para Asuntos Interamericanos. Apuntó luego a la Gobernación de Nueva York, que asumió en 1958 y sostuvo hasta 1973. Pero quería todo y apuntó a la Presidencia, aunque no contaba con que su vida personal iba a descarrilar su aspiración. En 1964 la conservadora sociedad de la época le cobró haberse divorciado y casado de nuevo, en 1963, con una socialite mucho menor que también había dejado a su marido y a sus hijos. Nelson vivió triunfos políticos, pero muchas tragedias. Uno de sus hijos murió en 1961 a manos de caníbales, en Papúa Nueva Guinea. Nelson, por su parte, murió de un infarto cuando hacía el amor con una joven rubia.

Su hermano Winthrop fue gobernador de Arkansas, mientras que Laurance hizo avances en campos distintos como la banca de inversión, la conservación natural, y gozó como pocos de su hobby favorito, la aviación. John D. Rockefeller III, el mayor de todos, veía la filantropía como la fuerza vital del éxito estadounidense y por eso fue fundamental para crear dos comisiones gubernamentales para facilitarla y promoverla.

La dinastía ya no tiene el peso de antes, con una fortuna de 10.000 millones de dólares, apenas clasifica entre las 25 más ricas del país del norte. Pero pocas pueden hablar de un tatarabuelo que, por las buenas y por las malas, cambió el mundo. 

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