Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/06/24 00:00

MUERTE EN LA NIEVE

UNA VEZ MAS EL IMPONENTE PAISAJE DEL MONTE EVEREST SE OPACA POR LA SOMBRA DE LA MUERTE.

MUERTE EN LA NIEVE

Desde principios de siglo muchos aventureros han emprendido el reto de conquistar el monte Everest, que con una altura de 8.848 metros sobre el nivel de mar, es el sitio más elevado de la Tierra Es difícil explicar la fascinación que hace que tantas personas hayan querido arriesgar su vida en el intento. No sólo se trata de llegar literalmente a la cima del mundo. También está la sensación de libertad y ese gusto morboso por sentir cercana la muerte. Allí reinan los inesperados cambios climáticos, los fuertes vientos, las bajísimas temperaturas, los abismos inmensos, ingredientes que hacen de esta travesía una experiencia tan peligrosa como provocativa para los adictos al peligro. Y aunque las probabilidades de llegar a su cúspide y volver con vida son escasas, los aventureros no se detienen a la hora de afrontar el reto. No es poca cosa, porque en las últimas décadas el monstruo blanco prácticamente ha devorado a más de 140 exploradores, lo que lo convierte en la cumbre de la muerte. A pesar de esas realidades, desde hace algunos años la ascención ha venido perdiendo su aura heroica, por cuenta de un grupo de expertos que, a través de anuncios en periódicos y agencias de viajes, comenzaron a promocionar la travesía para ejecutivos extravagantes y profesionales con espíritu aventurero. Pero hace un par de semanas, la cumbre de la muerte recordó al mundo que quienes se atreven a desafiarla corren un peligro palpable. En menos de 24 horas, mató a ocho excursionistas, entre los que se encontraban dos de los más experimentados escaladores del mundo. La mayoría de los muertos hacía parte de una de esas excursiones de tipo turístico. El viaje, promocionado a un costo de 65.000 dólares, prometía un recorrido riesgoso pero fascinante hacia la cima del mundo. Recorrido escalofriante La trágica aventura se inició el 9 de mayo cuando 31 personas de diferentes nacionalidades se encontraron en el South Col, el último refugio antes de iniciar el ascenso a la cima del Everest. Los turistas estaban divididos en cinco expediciones, tres de ellas dirigidas por los más expertos escaladores del mundo: Scott Fischer, Rob Hall y Makalu Gao. Las condiciones climáticas no podían ser mejores y todo indicaba que podrían repetir el éxito de 1993, cuando un grupo similar pudo alcanzar el objetivo del viaje. La escalada hacia la cumbre comenzó en la tarde del viernes. Los turistas y sus guías debían caminar sólo 1.100 metros hacia el anhelado pico. Pero al poco tiempo, el grupo de Fischer, que lideraba la expedición, tropezó con el primer inconveniente de la travesía: había tantos excursionistas que en unos de los estrechos pasos se armó un cuello de botella, que ponía en peligro las vidas de los montañistas. A pesar de esto la travesía continuó y al día siguiente los primeros excursionistas, de la mano de Gao, llegaron a la cima. La gran desilusión del experto al coronar fue encontrarse con un muro de nubes que no le permitió disfrutar del paisaje. Por un momento su cuerpo fue atravesado por una sensación de terror: el clima había cambiado drásticamente y la temperatura comenzaba a descender vertiginosamente. Además el viento cada vez era más fuerte. Sólo entonces Gao presintió que el viaje emprendido podría tener fatales consecuencias. Durante el descenso Gao fue alcanzado por uno de los guías del grupo de Fischer, quien le informó que algunos de sus compañeros se encontraban en peligro. Pero cuando Gao se dirigió a ver cuál era la situación del otro grupo ya caía una fuerte tormenta de nieve, con vientos de 160 kilómetros por hora y una temperatura de 95 grados bajo cero. El clima hizo la búsqueda más difícil al punto que, al encontrar a Fischer, Gao ya estaba sin fuerzas para continuar. Aunque tenía el equipo de radiocomunicaciones para solicitar ayuda, el frío le impedía realizar cualquier tipo de movimiento. Vencido por el cansancio, decidió romper la regla número uno del montañista y se sentó a descansar. El y Fischer fueron cubiertos lentamente por la nieve hasta quedar semienterrados. El sábado en la mañana, cuando por fin llegó el grupo de rescate al lugar donde ellos estaban, los encontraron al borde de la muerte. Como Fischer estaba comatoso, decidieron seguir las reglas de la montaña y rescatar solamente a Gao. Pero Fischer no fue la primera víctima del Everest. En este operativo de rescate los excursionistas encontraron el cuerpo congelado de otro de sus compañeros, la japonesa Yasuko Namba, quien había muerto la noche anterior. Esta experta se encontraba con un grupo de siete escaladores cerca del refugio South Col. La tormenta les impedía ver el camino hacia el refugio, que estaba entre dos grandes precipicios. Para evitar el peligro prefirieron permanecer inmóviles a sabiendas que esa decisión podría ser fatal. Para el momento en que la noche despejó, sólo los más fuertes pudieron emprender el camino de regreso. Dos del grupo, Namba y Seaborn Weathers, quedaron tendidos en la nieve moribundos. Mientras todo esto ocurría, cerca de la cima otros dos montañistas estaban prácticamente en el mismo problema. Eran Hall y uno de sus clientes, Doug Hansen, quien había ahorrado dinero durante 12 meses para hacer este viaje. Debido a la fatiga de Hansen, Hall disminuyó el ritmo de la caminata y permaneció con su cliente para auxiliarlo. Pensaron que lo mejor era detenerse y esperar a que pasara la tormenta. Pero el frío ya había atravesado el cuerpo de Hansen y en cuestión de horas este comerciante murió. Inmediatamente Hall pidió auxilió por teléfono satelital, pero la ayuda fue interrumpida debido a que él estaba ubicado en un sector de difícil acceso para un helicóptero. Entonces Hall tomó la última decisión de su vida y pidió que lo comunicaran con su esposa, quien se encuentra en el séptimo mes de embarazo. Después de esta llamada Hall luchó durante horas contra la muerte pero la falta de oxígeno y las bajas temperaturas le hicieron perder la batalla. Esa misma noche Andy Harris, uno de los guías de Hall, se extravió del camino y se alejó del grupo más numeroso de montañistas. Nadie lo volvió a ver y aunque todavía su cuerpo no ha sido encontrado los escaladores suponen, por las huellas que encontraron cerca de South Col, que el guía fue sepultado por la nieve antes de llegar al campamento. Otros tres policías de la frontera entre China y Nepal también fueron declarados desaparecidos. Al otro día, cuando el grupo de sobrevivientes estaba a salvo en el refugio y listos para el regreso a casa, vieron llegar de la pendiente un hombre que se arrastraba entre la nieve. Era Seaborn Weathers, el mismo que había sido dado por muerto una noche antes al lado de Yasuko Namba. La historia le dio la vuelta al mundo y creó una discusión en torno al riesgo de este tipo de aventuras. Algunos montañistas profesionales, conscientes de los peligros que pueden surgir allá arriba, comenzaron a criticar a aquellos que en los últimos años se habían lucrado ofreciendo este tipo de planes a gente inexperta y sin ninguna preparación física. Para los que todavía sienten respeto por este deporte, las escenas de los improvisados escaladores con celulares, computadores y una actitud de irreverencia al peligro, eran una clara muestra de que no sabían diferenciar entre escalar el Everest y tener una aventura en Disneylandia. Lo que todos esperan es que el trágico final de este suceso que parecía una divertida e inofensiva experiencia sirva para despertar la conciencia acerca de tener sueños tan altos sin estar preparados para alcanzarlos.

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