Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1998/04/06 00:00

MUERTE EN VIDA

Un video del suicidio de un tetrapléjico escandaliza a los españoles y abre polémica sobre las leyes que prohíben la eutanasia.

MUERTE EN VIDA

Los televidentes españoles no podían creer lo que veían esa noche del miércoles en el noticiero de las nueve, el informativo con más rating de España. Eran las imágenes del suicidio de Ramón Sampedro, un gallego de 50 años, que era tetrapléjico desde hacía 25 años. Ese video cerró el último capítulo de la historia de un hombre que para que la justicia le permitiera morir dignamente, abrió uno nuevo en la eterna polémica sobre la eutanasia.
El video fue grabado el 12 de enero de 1998 y aunque se sabía de su existencia, hasta el miércoles pasado nadie lo había visto. Las primeras escenas muestran a Ramona Maneiro, su compañera desde hace dos años, cuando lo asea. Luego, la grabación se corta y empata con la imagen de Sampedro dirigiéndose a los jueces: "Yo me pregunto qué significa para ustedes la libertad. Para mí la libertad no es esto. Esto no es vida, ni vivir dignamente". El video continúa. De repente se oye a una persona que coloca un vaso con un pitillo sobre la mesa de noche. Con un leve movimiento, Sampedro se inclina hacia el vaso y bebe el contenido. Es cianuro mezclado con agua. Después hace un gesto de satisfacción y dice: "Ya va...". Su cuerpo empieza a transpirar. El veneno empieza a hacer efecto.
El cianuro es una sustancia que afecta bruscamente todos los sistemas del cuerpo: debilita el corazón, baja la tensión arterial y provoca náuseas. Doscientos miligramos son suficientes para matar a una persona. Todo este proceso fue el que quedó grabado. Sin embargo los directivos del canal omitieron el momento de la muerte, según afirmaron, como una muestra de respeto para con el suicida y para con el público.
La tragedia
El drama de Sampedro comenzó en 1968, cuando sufrió un accidente mientras disfrutaba del sol y del mar en las playas de Galicia. El joven se lanzó desde una roca, con tan mala suerte que cayó en un lugar poco profundo. Se rompió la séptima vértebra de la columna. Quedó cuadrapléjico. Sólo tenía movimiento en algunos músculos de la cara. El accidente lo dejó postrado, le mató sus ilusiones y sus sueños, lo dejó atado a una silla de ruedas y lo volvió dependiente. Desde entonces se veía a sí mismo como "una cabeza pegada a un cuerpo muerto". Desde entonces, nunca quiso otra cosa que quitarse la vida.
Consciente de que no podía hacerlo solo, el tema de la eutanasia se le convirtió en obsesión. Sólo alguien compasivo podía ayudarlo a salir de lo que consideraba una "humillante esclavitud". Después de analizar el posible escenario de su muerte, entendió que no podría llevar a cabo su deseo sin perjudicar a la persona que lo ayudara a bien morir. En España el Código Penal castiga con sanciones de dos a 10 años de cárcel a quien coopere con el suicidio de otra persona. No había otra salida. Tenía que solicitar un permiso a la justicia. Y así lo hizo hace cinco años. Presentó una solicitud al Tribunal de Barcelona para que le concediera el derecho a morir dignamente. Era la primera vez que un ciudadano pedía un permiso de ese calibre. Su demanda pasó por todas las instancias judiciales y en cada una de ellas fue rechazada. Pero Sampedro no desechó la idea. Por el contrario, le dio impulso para seguir adelante. Nació entonces el libro Cartas desde el Infierno, en el que expresó sus sentimientos y su forma de ver la vida.
La publicación llevó a que, poco a poco, se sumaran a su causa organizaciones como Derecho a Morir Dignamente y fundaciones de tetrapléjicos que veían en Sampedro un símbolo para defender el derecho de las personas sobre su propia vida. La historia de Sampedro puso el debate de la eutanasia al rojo vivo. Todos, Iglesia, Estado, ONG tomaron partido. A pesar del apoyo, Sampedro supo que por las vías legales no iba a obtener ningún resultado. Por eso decidió su muerte en forma clandestina y dejó el testimonio grabado en una cinta, que ha sumido al mundo entero en la perplejidad.
Ideó un plan perfecto para no involucrar a ninguno de sus allegados. Convenció a 11 amigos. A cada uno, y por separado, entregó una llave y encomendó una tarea específica: uno compró el veneno, otro lo analizó, otro preparó la mezcla, otro se lo acercó, otro lo grabó... Así, ninguno podía ser culpado. No había sino una suma de acciones aisladas, ninguna de las cuales por sí sola configuraba el delito. El único con problemas era el que filmaba la escena por no impedir que ingiriera el veneno. La estrategia fue tan bien planeada, que nadie en el círculo sabía qué hacía el otro. De esta manera se mantuvo el secreto. El último paso fue fijar la fecha. Escogió enero. Quería pasar las fiestas navideñas con su familia, en especial con su compañera Ramona Maneiro. Con los últimos brindis de Año Nuevo se alejó de la familia, se trasladó a otro pueblo y allí alquiló un apartamento, el lugar donde murió. Tampoco olvidó un último testimonio. Escribió un manifiesto de dos páginas en el que reitera que, a pesar de su insistencia, la justicia hizo oídos sordos: "Llevo esperando cinco años. Y como tanta desidia me parece una burla, he decidido poner fin a todo esto de la manera más digna, humana y racional".
Las consecuencias
Tras el suicidio de Sampedro, el Tribunal archivó el caso, pero la presión de la opinión los obligó a seguir adelante con el proceso. Se generó todo un movimiento de personas que, bajo el lema de "Yo también ayudé a morir a Ramón Sampedro", lucha para que las cosas no queden a mitad de camino. En el grupo figuran siquiatras, arquitectos, poetas, escritores y compositores, y cantantes como Joan Manuel Serrat.
Pero esta no ha sido la única reacción. A raíz de la divulgación del video, muchas personas han cuestionado la actitud de los medios de comunicación. Para algunos, con ese video se demostró que la muerte es la única salida a los problemas. Otros, por el contrario, aseguran que la divulgación de la cinta ayudará a una mayor comprensión de la dramática dimensión de ese problema.
En medio de la controversia, una cosa quedó clara: el hombre que luchó por su derecho a morir dignamente terminó sus días en la forma más cruel. Mientras las personas condenadas a muerte reciben sedantes que les ayudan a disminuir el sufrimiento, Sampedro tuvo que enfrentarse a una muerte con dolor. Pero con su último gesto quiso crear conciencia sobre la importancia de su lucha, para que la tarea que comenzó no quedara en el olvido. Así se abre una etapa más de una difícil guerra en la que hace falta dar muchas batallas para que el hombre no sea un esclavo de su cuerpo.

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