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| 12/9/2017 10:18:00 PM

Adiós a la mujer que causó el escándalo del siglo

Murió Christine Keeler, la modelo que por tener ‘affaires’ con hombres poderosos de ambos bandos de la Guerra Fría acabó tumbando al gobierno británico de turno.

Desde muy joven, Christine Keeler cargó con la maldición de enloquecer a los hombres. De no ser así, el llamado “escándalo Profumo” que ella protagonizó, y que acabó por tumbar al gobierno conservador del Reino Unido, no hubiera sucedido. La semana pasada, tras pasarse la vida tratando de dejar atrás su leyenda negra, Keeler murió a sus 75 años.

Su historia a la fecha ha inspirado una película con John Hurt, Ian McKellen y Bridget Fonda (Scandal, 1989), un musical de Andrew Lloyd Webber (Stephen Ward, 2013), y una miniserie de la BBC anunciada antes de su muerte para el año próximo. Todo comenzó cuando Christine, una bella adolescente de origen humilde, a los 15 años dejó a su madre y a su padrastro acosador para buscar un futuro en Londres. Llegó a Soho, el distrito rojo de la época, y, según relata en sus memorias, muy pronto perdió su virginidad, quedó embarazada y perdió el bebé. Tres años después, a los 18 años, decidió volverse stripper en un famoso cabaret para mantenerse.

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En ese lugar, entre licor, cigarrillos y hombres, conoció a dos personas que cambiaron su vida. Una era Mandy Rice-Davies, una showgirl como ella que la presentó a Stephen Ward, un osteópata de moda que tenía entre sus clientes a Winston Churchill, Frank Sinatra y Elizabeth Taylor. Ward no tardó en proponerles a las dos hermosas jóvenes que vivieran en su casa. De 19 años, las dos aceptaron y entraron así a hacer parte del círculo social de Ward. Aunque la relación con este no era sexual, sí participaban en bacanales que el médico organizaba para lo más selecto de la alta sociedad británica. Las amigas de Ward tenían que entretener a duques, lores, ministros y otros altos personajes de alcurnia.

En una de estas fiestas, en Cliveden, el espectacular palacete de lord Astor (otro cliente de Ward), Keeler nadaba desnuda en la piscina y llamó la atención de John Profumo, entonces ministro de Defensa. Profumo, un hombre casado, que no le pudo quitar los ojos de encima, al día siguiente pidió sus datos y en julio de 1961 comenzó un affaire con ella. Pero un detalle clave escapaba al ministro. Stephen Ward también había promovido un affaire entre Keeler y el capitán Yevgeny Ivanov, el agregado militar de la embajada soviética, quien era además agente de la KGB, el servicio secreto de los comunistas.

Como era de esperarse, el servicio de seguridad británico, MI5, le seguía de cerca los pasos al espía ruso. En ese proceso los agentes descubrieron que Christine Keeler era al mismo tiempo amante de Ivanov y de Profumo. Como este era el ministro de Defensa británico y la Guerra Fría estaba en su punto más álgido, que una mujer pudiera compartir secretos entre los dos bandos ponía en peligro la seguridad del país.

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El ministro, que no sabía lo de Ivanov, no anticipó el peligro. No contaba con las pasiones desenfrenadas que Keeler desataba con otros amantes. Entre ellos estaba un jamaiquino de raza negra, John Edgecomb, quien obsesionado por ella y nublado por los celos en diciembre de 1962 la buscó en la casa de Ward y como no le abrieron le disparó a la puerta. La Policía lo capturó y un juez lo condenó a siete años de cárcel. Pero del incidente surgieron testimonios de Keeler, que indiscreta reveló detalles sobre sus relaciones tanto con Profumo como con Ivanov.

Pasó lo inevitable. El affaire se hizo público y puso en el ojo del huracán a Profumo, quien interrogado en el Parlamento sobre el asunto simplemente contestó “nunca ha habido nada indebido entre la señorita Keeler y yo”. Esa frase, que cualquiera podía considerar inofensiva, acabó con la carrera de Profumo. Pocos días después se arrepintió y le envió una carta al primer ministro, Harold Macmillan, para confesarle que le había mentido al Parlamento, al gobierno y a su país, y que no merecía el honor de ser ministro ni miembro del Parlamento.

Sorprende que simplemente negar un affaire pudiera tener consecuencias tan graves para la vida de un estadista que se perfilaba como el siguiente primer ministro. Sin embargo, así como en la cultura latina se impone el concepto de que “los caballeros no tienen memoria”, en la cultura anglosajona no hay nada más grave que decir una mentira.

De ahí en adelante el escándalo pasó de ventarrón a tsunami. La teoría detrás de este era bastante absurda. Se suponía que como Profumo sabía secretos nucleares, la Keeler se los podía sacar en la cama y transmitírselos al espía soviético. En realidad, Christine era una joven analfabeta de 19 años que campeaba más en el mundo de la prostitución que en el del espionaje.

En todo caso, por cuenta del escándalo, un año después cayó el gobierno conservador. Keeler, por su parte, también tuvo sus líos con la ley, pero por otros asuntos. Pasó nueve meses en la cárcel por haberles mentido a las autoridades bajo juramento sobre detalles de un ataque que sufrió en su departamento por cuenta de otro de sus descontrolados amantes. Su abogado defensor en ese proceso, el reputado lord Hutchinson, la describió como una joven vulnerable, manipulada y utilizada por varios de los hombres con los que entró en contacto y que, por ende, no debería sufrir una pena.

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Poco antes de morir, según reveló el diario The Express, Keeler confesó que para una joven de la clase trabajadora como ella ser objeto de la atención de los hombres más importantes del Reino Unido no solo había sido emocionante, sino un honor. Si la forma de mantener esa vida era el sexo, con ella no había problema.

El escándalo le costó la vida a Stephen Ward. Lo acusaron de proxenetismo, o sea, de vivir del dinero de prostitutas a su servicio. Esa acusación, para un médico que atendía a la clase alta, resultó en un escándalo tan grande como el de Profumo. La acusación era injusta, pues Ward era más pervertido que proxeneta. Le gustaba organizar orgías para descrestar aristócratas, pero no sacaba ningún beneficio económico. Se llegó incluso a rumorar que a una de sus fiestas asistió el príncipe Felipe de Edimburgo. Cuando el juez lo declaró culpable, prefirió suicidarse. Dejó una nota diciendo “No estoy dispuesto a hacer feliz a los buitres”.

Profumo, por su parte, se sintió tan avergonzado de haber dicho una mentira que pasó el resto de su vida haciendo obras sociales para limpiar su nombre. Llegó a lavar baños en un centro comunal y también apoyó varias causas caritativas. Por todos estos sacrificios quedó finalmente redimido. En 1975 la reina Isabel le otorgó la Excelentísima Orden del Imperio Británico y en 1995 se sentó junto a ella en el cumpleaños 70 de Margaret Thatcher.

El retrato de un escándalo

Como todo gran escándalo, la cultura popular y las artes han registrado el ‘caso Profumo’ de varias maneras. El registro más reciente se verá en la segunda temporada de la serie The Crown. En una escena, la princesa Margarita parece identificar en una foto al príncipe Felipe junto a Keeler, y este lo niega rotundamente cuando la reina lo confronta.

La única cinta dedicada a esta historia es Scandal (1989), en la que Ian McKellen interpreta a Profumo, John Hurt a Stephen Ward, y la bella Joanne Whalley a Keeler. Y en el teatro, Andrew Lloyd Webber compuso la música para el musical Stephen Ward (2013). El experimento creativo entre Dusty Springfield y los Pet Shop Boys también se inspiró en la historia para componer “Nothing Has Been Proved”.

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