Domingo, 31 de agosto de 2014

NADIE RECIBE AL MONSTRUO

| 1988/05/30 00:00

NADIE RECIBE AL MONSTRUO

Un gringo que violó a una niña y le cortó las manos acaba de ser liberado y ningún pueblo de Estados Unidos lo acepta

Que "Jack, el destripador" o "El estrangulador de Boston" permanezcan aún en la memoria la gente, es explicable. El número de crímenes cometidos, sus características y los titulares de prensa que recibieron por cuenta de ello, lo justifican. Pero que un caso de violación cometido hace nueve años en los Estados Unidos amerite todavía seis páginas de una revista como People es poco común.
Lo que hace la diferencia en el caso de Mary Vincent es que su violador, después de pagar más de ocho años de sentencia en la prisión de San Quintin decidió cambiar su papel de victimario por el de víctima y demandar a Mary. A pesar de que un jurado lo encontró culpable de violación, sodomía, mutilación, secuestro e intento de asesinato, Larry Singleton, ahora de 60 años, jura que es inocente y que fue su supuesta víctima quien lo secuestro con el fin de robarlo. Además, Singleton reclama una indemnización por los años que pasó en prisión y la forma humillante como fue tratado en la Corte y en los medios de comunicación.
Para Mary, hoy una mujer de 24 años, con prótesis en las dos manos, que aún se despierta en las noches aterrada y cuya única razón de vivir es su hijo de 18 meses, la vida cambió el 29 de septiembre de 1978, cuando "echaba dedo" en una carretera de California y se subió a la camioneta de Larry Singleton. Hasta entonces una muchacha despreocupada y despierta, Mary no podía siquiera intuir qué clase de hombre había detrás del rostro bonachón del marinero que amablemente la recogió. La apariencia tranquila de Singleton no dejaba traslucir el gran bebedor lleno de frustraciones familiares y capaz de las más violentas reacciones que bullía dentro de él.
Confiada en su casual benefactor, Mary se quedó dormida durante el trayecto y fue sólo cuando despertó y se encontró en un camino completamente desierto a la orilla de un cañón que empezó a intuir que algo no marchaba bien. Singleton, con la excusa de ir al baño, detuvo la camioneta y se bajó. Mary hizo lo mismo buscando estirar un poco las piernas. Estaba amarrándose un zapato cuando Singleton se abalanzó sobre ella, la empujó dentro del vehículo y le dijo: "No grites o te mato".
En cuestión de segundos, Mary estaba tendida en el piso de la camioneta con las manos atadas. Después de obligarla a beber a la par con él y abusar de ella varias veces, Singleton votó finalmente a Mary al borde de la carretera y para liberarla de las ataduras le cortó con un hacha las dos manos.
El destino había decidido, sin embargo, que Mary no moriría allí. Desnuda y con los dos brazos en alto para detener la sangre, alcanzó a recorrer cerca de 5 km antes de que una pareja que se había desviado de la carretera, la encontrara.
A partir de entonces, la vida de Mary ha sido una continua lucha por borrar de su memoria aquel fatídico "accidente", como lo llama, y aprender a convivir con el peso sicológico de su drama y las prótesis metálicas con que los médicos le remplazaron las manos. Después de vivir con sus padres en Las Vegas durante los primeros años y sentirse siempre señalada por quienes conocían su historia, decidió irse a un pequeño pueblo, donde nadie la reconociera. Allí nació su hijo Luke.
El anonimato, sin embargo, ha sido un imposible para Mary. Su caso produjo tal reacción en California que el año pasado cuando Singleton salió libre bajo palabra, distintas comunidades de California se negaron, una tras otra, a aceptarlo dentro de ellas. El hecho llevó nuevamente la historia de Mary a los periódicos.
Convertido prácticamente en un proscrito, Singleton tuvo que volver a San Quintín, ya no como prisionero sino como refugiado. Ahí ha vivido durante el último año de su vida, en un remolque que le permitieron poner en los patios de la prisión. Sin embargo, ya se aproxima el día en que tendrá que dejar definitivamente la penitenciaría, por haber cumplido la totalidad de su condena. Quizás por este motivo, está tratando ahora de voltear la mirada de la opinión hacia él y su propia historia. La tesis de que él es la víctima, tal como la ha planteado, es refutable.
Prácticamente nadie está dispuesto a creer que fue Mary quien lo sedujo. Por mucho que él insista en su versión, los jueces, la mutilación de Mary y los antecedentes alcohólicos de Larry, lo condenan. Sin embargo hay quienes piensan que él tiene algo de razón.
Después de haber purgado su culpa, Singleton tendría teóricamente todo el derecho a reincorporarse nuevamente a la vida normal. Al no permitírsele convivir en ninguna comunidad, él ha dejado de ser el victimario para convertirse en víctima de una sociedad que le impone sus reglas para castigarlo, pero que, después de cumplir con ellas, le dice que no sirven. Que no son suficientes. "¿No es eso acaso ejercer violencia sobre mí?", pregunta Larry.
Si hay lugar a algún tipo de reclamación o no, es algo que sólo puede decidir la Corte del condado de Placer, en California, donde Singleton presentó su demanda. Por ahora, el futuro del pleito es tan incierto como el de sus protagonistas, cuyo único punto ciertamente común es haberse convertido ambos, por el mismo hecho aunque por razones distintas, en personas para las cuales volver a integrarse a la sociedad en que viven es prácticamente un imposible. No importa quién sea declarado en últimas víctima y quién el victimario. Y eso los mantendrá seguramente por mucho tiempo aún, como una historia vigente a los ojos de los demás. No importa que pasen los años.--

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