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| 5/6/2017 10:00:00 PM

Hace 80 años colapsó el dirigible más grande de la historia

En 1937, llamas acabaron con el colosal zepelín Hindenburg, uno de los símbolos del poderío de los nazis. Conozca los detalles de la tragedia que acabó para siempre con esa modalidad de transporte aéreo.

En 1935, a los líderes alemanes poco les importaba que, después de varios accidentes, los expertos en transporte consideraran al zepelín un medio peligroso y obsoleto. Tampoco los desvelaba que ese año un hidroavión Boeing Clipper, de Pan American, hubiera volado entre San Francisco y Manila más rápido y con menos costo que el asociado al enorme dirigible que se preparaban a presentarle al mundo. Para Adolf Hitler y Joseph Goebbels la aeronave tenía que ser grandiosa, exclusiva, de un lujo incomparable en el transporte comercial de pasajeros y lo consiguieron, aunque con subsidios estatales millonarios.

El Hindenburg Luftschiff Zeppelin-129 o LZ-129 voló por primera vez en marzo de 1936, y desde entonces sorteó sin contratiempos varias decenas de vuelos de prueba. Luego realizó exitosamente 10 trayectos ida y vuelta entre Alemania y Estados Unidos, en los que transportó a más de 1.000 personas sin problemas. La compañía que lo construyó y lo operaba, la Deutsche Zeppelin-Reederei, funcionaba hacía 27 años con un récord de seguridad perfecto y, además, le encargó el mando del Hindenburg a Max Pruss, uno de sus pilotos más experimentados. Nada podía salir mal.

El 3 de mayo de 1937 despegó para el que sería su último y trágico vuelo. Esta ballena del aire, bautizada en honor a Paul von Hindenburg, el presidente alemán que posesionó en el poder a Hitler, tenía 242 toneladas de peso, 245 metros de largo, 40 metros de diámetro, velocidad máxima de 125 kilómetros por hora y espacio para 100 pasajeros. Centenares de personas se congregaron para despedir a sus familiares o admirar esa aeronave gigante nunca vista. Su destino, la base naval de Lakehurst (Nueva Jersey), a 6.500 kilómetros de distancia, recibió tres días después a miles de curiosos que no se querían perder por nada del mundo su llegada.

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La cruz gamada en el timón de cola del Hindenburg simbolizaba el poderío industrial de los nazis. La nave estaba firmemente al tope del transporte transoceánico mundial por su estatus único, sus camarotes y salones de lujo, su cuarto de fumadores (para muchos, una invitación al desastre), sus enormes ventanales que permitían a los pasajeros disfrutar vistas sin igual. Los muchos empresarios y las familias acaudaladas que abordaron ese vuelo tenían por delante un trayecto de 60 horas por el cual pagaron cada uno 450 dólares de la época, equivalentes hoy a más de 7.500 dólares.

Ninguno concebía la posibilidad de que el Hindenburg se convertiría en el titanic del aire. Pero eso fue exactamente lo que sucedió. Cuando realizaba los procedimientos de llegada, el 6 de mayo de 1937, justo hace 80 años, las llamas aparecieron en la parte posterior. Aunque había sido diseñado para volar con helio, un gas inerte, este solo se conseguía en Estados Unidos, que había restringido su exportación. Por eso, los alemanes tuvieron que usar el inestable hidrógeno.

John Iannaccone era casi un adolescente cuando trabajaba en el equipo que asistía el aterrizaje en Lakehurst. Antes de morir en 2005, aseguró: “El mal tiempo no permitió que aterrizara justo cuando llegó, así que le pidieron volar otro rato. Unas 5 o 6 horas después regresó, sobrevoló la base y entonces vimos las llamas. Solo le tomó 34 segundos incendiarse y deshacerse en tierra. La gente corría para alejarse mientras nosotros fuimos a la nave a ver cómo podíamos ayudar. Vimos una pareja de viejitos, en su cabina-camarote y no sabían qué hacer. ‘Hora de irse’, les dijimos’’. En efecto, el equipo de rescate fue heroico pues con una rápida reacción logró asistir y salvar a varias personas que, en medio del caos, estaban paralizadas. Otras tuvieron suerte al saltar desde las ventanas. Así dejaron atrás a sus seres queridos, junto a las memorias achicharradas del coloso.

La noticia de su trágico final le dio la vuelta al mundo. El Hindenburg se llevó consigo la vida de 35 hombres y mujeres de los 100 que lo tripulaban: 13 pasajeros, 22 miembros de la tripulación, y también de un ayudante de los casi 50 que hacían falta en tierra para completar su aterrizaje. La prensa impresa y radial dedicó sus primeras planas al incidente, a sus pérdidas materiales y humanas. Pero, por encima de otros registros, cuando se hizo público el archivo fílmico de la tragedia muchos ciudadanos del mundo la pudieron observar con sus propios ojos en las pantallas de cine de sus ciudades, como nunca antes había sucedido. Por este hecho muchos reconocen ese momento como el que dio vida al video viral que tanto marca la era de las redes sociales.

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Dan Grossman, investigador y creador de airships.net comparte muchos más detalles sobre el histórico evento en Zeppelin Hindenburg: An Illustrated History of LZ-129, un libro que publicó la semana pasada en Reino Unido. Para Grossman, por más que el desenlace trágico tuvo que ver con la muerte de la era del zepelín, sus días estaban contados precisamente por los desarrollos de nuevas aeronaves, que viajaban 83 por ciento más rápido y navegaban casi 3.000 metros más alto. Pero también anota que la Segunda Guerra Mundial aceleró su muerte como medio de transporte.

Los motivos exactos de la tragedia varían según las fuentes. Para algunos científicos tuvo que ver la energía estática; para otros, la mezcla de circunstancias, clima y el hidrógeno. Carl Jablonski, presidente de la Navy Lakehurst Historical Society, aseguró recientemente: “Una llamita se convirtió en una enorme llama que atravesó las 16 cámaras de gas y 7 millones de pies cúbicos de hidrógeno”.

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